Cuando el amor y los secretos chocan: La historia de Lucía y Sergio

—¿Por qué tienes que trabajar tanto últimamente? —le pregunté a Lucía mientras ella recogía su bolso, lista para salir una vez más a las nueve de la noche.

Ella me miró con cansancio y una pizca de fastidio. —Sergio, ya te lo he dicho mil veces. El bufete está hasta arriba y si quiero que me asciendan, tengo que darlo todo.

No respondí. Solo la observé mientras salía por la puerta, dejando tras de sí un aroma a perfume caro y una estela de dudas que no me dejaban dormir. Esa noche, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Chamberí con furia. Me levanté a por un vaso de agua y vi su móvil vibrando sobre la mesa del salón. La pantalla se iluminó con un mensaje: “¿Lo has pensado? No podemos esperar mucho más”.

El corazón me dio un vuelco. No era la primera vez que notaba a Lucía distante, pero nunca imaginé que pudiera haber algo más. Dudé unos segundos, pero la curiosidad pudo conmigo. Desbloqueé el móvil —ella nunca cambiaba el código— y leí la conversación. Era con alguien llamado Álvaro. Hablaban de dinero, de una transferencia pendiente y de algo que tenían que decidir juntos cuanto antes.

Me senté en el sofá, temblando. ¿Me estaba engañando? ¿O era algo peor? Mi mente volaba: deudas, apuestas, negocios turbios…

A la mañana siguiente, Lucía volvió tarde. Sus tacones resonaron en el pasillo mientras yo fingía dormir. Se metió en la cama sin decir palabra. Yo apenas pude pegar ojo.

Durante días, la tensión creció entre nosotros. Yo no podía dejar de pensar en ese mensaje. En la comida familiar del domingo, mi madre notó mi nerviosismo.

—¿Estás bien, hijo? —me preguntó mientras servía cocido.

—Sí, mamá, solo cansado del trabajo —mentí.

Mi padre intervino: —No me gusta cómo te trata esa chica. Siempre tan ocupada, siempre con prisas…

Sentí rabia y vergüenza. ¿Y si tenían razón? ¿Y si Lucía no era quien yo creía?

Esa noche, decidí enfrentarla. Cuando llegó a casa, le mostré el móvil y le pregunté directamente:

—¿Quién es Álvaro? ¿Qué está pasando?

Lucía se quedó helada. Por un momento pensé que iba a negarlo todo, pero bajó la mirada y suspiró.

—Sergio… no es lo que piensas. Álvaro es mi hermano. No quería contártelo porque sé cómo eres con el dinero y las familias…

Me quedé en silencio, esperando más explicaciones.

—Mi hermano tiene problemas económicos desde hace meses. Le presté dinero del fondo común… nuestro fondo para la entrada del piso. Pensaba devolvérselo antes de que te dieras cuenta, pero no ha podido todavía.

Sentí una mezcla de alivio y traición. No era una infidelidad, pero sí una mentira enorme sobre nuestro futuro juntos.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté con voz rota.

—Porque sabía que te enfadarías. Porque siempre has dicho que tu familia primero y yo… yo solo quería ayudarle.

La discusión duró horas. Gritos, reproches, lágrimas. Al final, Lucía se fue a dormir al sofá y yo me quedé mirando al techo, preguntándome si alguna vez podríamos volver a confiar el uno en el otro.

Los días siguientes fueron un infierno. En el trabajo no podía concentrarme; mis amigos notaban mi mal humor y mi madre insistía en que volviera a casa unos días. Pero yo solo pensaba en Lucía y en todo lo que habíamos construido juntos: las vacaciones en Cádiz, las cenas improvisadas en Malasaña, los planes para comprar nuestro propio piso…

Una tarde, recibí un mensaje de Álvaro: “Perdona por todo esto. No quería meterme entre vosotros”. Dudé si responderle o no. Al final le llamé y quedamos en una cafetería cerca de Sol.

Álvaro era más joven que Lucía, con ojeras profundas y manos temblorosas. Me contó su versión: perdió el trabajo durante la pandemia, intentó montar un negocio online que fracasó y ahora debía dinero a medio mundo.

—Lucía solo intentaba ayudarme —me dijo con voz rota—. No quería que sufriera más.

Salí de allí aún más confundido. ¿Era justo culpar a Lucía por querer ayudar a su hermano? ¿O tenía razón yo al sentirme traicionado?

Esa noche hablamos largo y tendido. Lloramos los dos. Decidimos ir a terapia de pareja para intentar reconstruir la confianza perdida.

Hoy escribo esto desde el mismo piso donde todo ocurrió. Lucía y yo seguimos juntos, pero nada es igual. Ahora hablamos más, compartimos las cuentas y no hay secretos… o eso quiero creer.

A veces me pregunto: ¿es posible perdonar del todo cuando alguien te miente por amor? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?