Amar a Contracorriente: Mi Vida Junto a Fernando

—¿De verdad vas a casarte con él, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, cortando el aire como un cuchillo. Mi padre ni siquiera levantó la vista del periódico, pero sus nudillos blancos sobre la mesa decían más que cualquier palabra.

Tenía veintiséis años y acababa de aceptar la propuesta de Fernando, un hombre de cincuenta y dos. No era rico, ni famoso, ni tenía nada que ofrecerme más allá de su ternura y una mirada que me hacía sentir única. Pero para mi familia, para mis amigas, para los vecinos del barrio de Chamberí donde crecí, aquello era un escándalo.

—No lo entiendes, mamá —susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. Fernando me quiere de verdad. Me escucha. Me respeta. ¿No es eso lo que siempre me pedisteis?

Mi madre se echó a llorar. Mi padre salió de la cocina sin decir nada. Aquella noche dormí en casa de mi amiga Marta, que tampoco entendía nada pero al menos me ofreció su sofá y un poco de silencio.

Los días siguientes fueron un desfile de miradas torcidas y susurros a mis espaldas. En el trabajo, mis compañeras del centro de salud cuchicheaban cuando pasaba por el pasillo. «¿Has visto? La niña con el donjuán ese… seguro que busca herencia», decían. Yo apretaba los dientes y seguía adelante.

Fernando intentó convencerme de que no hiciera caso. «La gente siempre habla, Lucía. Lo importante es lo que sentimos nosotros», me decía mientras me acariciaba el pelo en su pequeño piso de Lavapiés. Pero yo sentía el peso del mundo sobre los hombros.

La boda fue pequeña. Solo vinieron Marta, mi primo Sergio y la tía Pilar, la oveja negra de la familia. Mi madre no apareció. Mi padre me mandó un mensaje frío: «Haz lo que quieras». Cuando salimos del juzgado, Fernando me abrazó fuerte y me susurró al oído: «Ahora empieza lo difícil».

Y tenía razón.

Los primeros meses fueron una mezcla de felicidad y miedo. Fernando cocinaba para mí, me leía poemas de Machado por las noches y juntos paseábamos por El Retiro como dos adolescentes enamorados. Pero cada vez que sonaba el teléfono y veía el nombre de mi madre, el corazón se me encogía.

Un día, mientras preparábamos la cena, recibí una llamada inesperada. Era mi hermana Laura.

—Lucía, mamá está mal —me dijo entre sollozos—. No para de llorar desde que te fuiste. Dice que la has traicionado.

Sentí una punzada de culpa tan fuerte que tuve que sentarme en el suelo. Fernando se arrodilló a mi lado y me tomó la mano.

—Ve a verla —me dijo—. Yo estaré aquí cuando vuelvas.

Fui a casa de mis padres temblando. Mi madre abrió la puerta con los ojos hinchados y me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

—¿Por qué me haces esto? —me preguntó entre lágrimas—. ¿Por qué él?

No supe qué decirle. Solo pude llorar con ella.

Durante meses intenté tender puentes entre mi familia y Fernando, pero todo eran reproches y silencios incómodos. Mi padre no quería ni oír hablar de él. Mis amigas dejaron de invitarme a las cenas. En el barrio, las vecinas me miraban como si fuera una traidora.

Una tarde, mientras paseábamos por la Gran Vía, Fernando se detuvo frente a un escaparate y me miró con tristeza.

—¿Te arrepientes? —me preguntó en voz baja.

Negué con la cabeza y le abracé fuerte.

—Nunca —le susurré—. Prefiero esto a vivir una mentira toda mi vida.

Pero no era fácil. Había noches en las que lloraba en silencio mientras Fernando dormía. Me preguntaba si algún día mi familia aceptaría nuestra relación o si siempre seríamos los raros, los señalados.

Un día recibí una carta anónima en el buzón: «Vergüenza debería darte». La rompí en mil pedazos pero no pude evitar sentirme herida.

La gota que colmó el vaso llegó cuando mi padre enfermó gravemente. Laura me llamó llorando: «Papá pregunta por ti».

Fui al hospital con el corazón en un puño. Cuando entré en la habitación, mi padre apenas podía hablar pero me miró con lágrimas en los ojos.

—Solo quiero que seas feliz —susurró—. Perdóname por no entenderlo antes.

Lloré como nunca lo había hecho. Le prometí que cuidaría de Fernando y que intentaría ser feliz, aunque el mundo entero estuviera en contra.

Mi padre murió esa noche. Mi madre se refugió en su dolor y durante meses apenas hablamos. Fernando fue mi único apoyo, mi refugio en medio de la tormenta.

Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Mi madre aceptó venir a cenar a casa una vez al mes. Mis amigas volvieron a escribirme tímidos mensajes preguntando cómo estaba. Incluso algunas vecinas dejaron de mirarme mal cuando veían lo feliz que era con Fernando.

Hoy, cinco años después, sigo casada con él. No tenemos hijos pero tenemos una vida llena de pequeños momentos: desayunos tranquilos en la terraza, tardes de cine en casa y paseos interminables por Madrid.

A veces pienso en todo lo que perdí por elegir este camino: amigos, familia, tranquilidad. Pero también pienso en todo lo que gané: libertad, amor verdadero y la certeza de haber sido fiel a mí misma.

¿Vale la pena luchar contra todos por amor? ¿O es mejor conformarse con lo que esperan los demás? Yo elegí mi propio camino… ¿Y tú?