Cada vez que mi yerno vuelve a casa, tengo que esconderme: El dolor de una abuela española
—¡Carmen, por favor, vete al cuarto antes de que llegue Alejandro!—. La voz de mi hija Lucía me atraviesa como un cuchillo. Estoy en la cocina, removiendo el cocido, y el aroma me recuerda a los domingos de mi infancia en Vallecas, cuando la casa estaba llena de risas y nadie tenía que esconderse. Pero ahora, cada vez que el reloj marca las siete y media, mi corazón se encoge. Sé que en cualquier momento la llave girará en la cerradura y yo tendré que desaparecer, como si fuera un fantasma en mi propia casa.
Me seco las manos en el delantal y miro a mi nieto, Pablo, que juega en el suelo con sus coches. Tiene apenas cuatro años y su risa es lo único que me da fuerzas para seguir aquí. Me agacho y le susurro: —Abuela va a su cuarto un ratito, ¿vale?—. Él me mira con esos ojos grandes y me abraza fuerte. —No te vayas, abuela—. Siento un nudo en la garganta.
Subo las escaleras despacio, escuchando cómo Lucía recoge los juguetes y apaga la tele. Cuando Alejandro entra, su voz resuena por toda la casa: —¿Ya está todo recogido? ¿Dónde está Pablo?—. Me encierro en mi habitación, sentada en la cama, con las manos temblorosas. Escucho los pasos de Alejandro, su tono seco, las respuestas cortas de Lucía. Y yo aquí, esperando a que pase el temporal.
No siempre fue así. Cuando Lucía se quedó embarazada, yo era la persona más feliz del mundo. La ayudé en todo: la acompañé a las revisiones, le preparé caldos cuando tenía náuseas, le tejí mantitas para el bebé. Pero desde que Alejandro entró en nuestras vidas, todo cambió. Al principio pensé que era cosa mía, que me estaba volviendo paranoica. Pero poco a poco empecé a notar cómo él me miraba con desconfianza, cómo evitaba cualquier conversación conmigo.
Una tarde, cuando Pablo tenía apenas seis meses, escuché a Alejandro decirle a Lucía: —Tu madre está demasiado encima. No quiero que interfiera en nuestra familia—. Desde entonces, Lucía empezó a ponerme límites: que si no podía quedarme hasta tan tarde, que si mejor no le daba ciertos alimentos al niño, que si no debía opinar sobre cómo lo educaban.
Pero lo peor llegó hace un año, cuando me quedé sin trabajo y no podía pagar el alquiler de mi piso. Lucía me ofreció venir a vivir con ellos «temporalmente». Yo acepté porque no tenía otra opción y porque no podía soportar la idea de estar lejos de Pablo. Pero Alejandro puso una condición: —Mientras yo esté en casa, quiero tranquilidad—. Eso significaba que yo debía desaparecer cada vez que él cruzaba la puerta.
A veces escucho cómo le habla a Lucía cuando cree que no puedo oírles:
—No quiero que tu madre esté siempre metida en medio. Esta es nuestra casa.—
—Alejandro, es mi madre… Está aquí porque nos necesita.—
—Pues que busque otra solución.—
Me duele escuchar esas palabras. Me siento como una intrusa en la vida de mi propia hija. Y lo peor es ver cómo Lucía se va apagando poco a poco. Antes era alegre, espontánea; ahora vive pendiente de no molestar a Alejandro, de no hacerle enfadar.
Una noche escuché llorar a Lucía en la cocina. Me acerqué despacio y la abracé por detrás. Ella se giró y me miró con los ojos llenos de lágrimas:
—Mamá, no sé qué hacer… No quiero perderte ni perder a Pablo… Pero Alejandro no va a cambiar.—
No supe qué decirle. Solo pude acariciarle el pelo como cuando era niña y prometerle que todo iría bien, aunque ni yo misma me lo creía.
Los días pasan lentos y pesados. Por las mañanas llevo a Pablo al parque mientras Lucía trabaja desde casa. Es nuestro momento especial: jugamos al escondite entre los árboles del Retiro, le compro un polo de limón en el quiosco y le cuento historias de cuando su madre era pequeña. A veces me pregunta por qué no ceno con ellos o por qué siempre estoy «en mi cuarto» cuando llega papá. No sé qué responderle.
Una tarde de otoño, mientras recogíamos hojas secas para hacer una manualidad, Pablo me dijo:
—Abuela, ¿por qué papá no te quiere?—
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Le abracé fuerte y le dije:
—A veces los mayores tenemos problemas y nos cuesta entendernos… Pero yo siempre te voy a querer.—
Esa noche no pude dormir. Pensé en irme, buscarme una habitación aunque fuera pequeña y oscura; pensé en dejarles tranquilos para siempre. Pero entonces recordé la mirada de Lucía y el abrazo de Pablo. ¿Cómo iba a abandonarles?
Un día todo estalló. Era sábado y Alejandro llegó antes de lo esperado. Yo estaba en el salón jugando con Pablo cuando entró sin avisar.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no quiero verte cuando llego a casa.—
Lucía salió corriendo de la cocina:
—¡Basta ya! ¡No puedes tratar así a mi madre!—
Alejandro se puso rojo de rabia:
—¡Esta es mi casa! Si no te gusta, os podéis ir las dos.—
Pablo empezó a llorar y yo sentí que el mundo se venía abajo. Cogí mis cosas y subí al cuarto mientras escuchaba gritos y portazos.
Esa noche Lucía vino a mi habitación y se tumbó a mi lado.
—Mamá… No puedo más.—
La abracé fuerte y lloramos juntas hasta quedarnos dormidas.
Al día siguiente tomamos una decisión: buscaríamos un piso pequeño para las tres generaciones. No sería fácil; los alquileres están por las nubes y mi pensión apenas da para nada. Pero preferíamos vivir apretadas antes que seguir escondiéndonos.
Hoy escribo esto desde una habitación diminuta pero llena de luz. Pablo juega en el suelo mientras Lucía prepara la cena cantando bajito una canción antigua que le cantaba yo de niña.
A veces echo de menos mi antigua vida; otras veces pienso que al fin hemos recuperado algo parecido a la felicidad.
¿De verdad es tan difícil encontrar un sitio donde todas las generaciones puedan convivir sin miedo ni vergüenza? ¿Cuántas abuelas más tendrán que esconderse para no molestar?