No soy tu niñera, soy tu madre: Confesiones de una abuela madrileña
—Mamá, ¿puedes venir a recoger a los niños al colegio?—. La voz de Lucía, mi nuera, suena como una orden disfrazada de pregunta. Son las cinco y media de la tarde, estoy sentada en la mesa de la cocina, con una taza de café frío entre las manos. Miro por la ventana y veo cómo el sol se esconde tras los tejados de Lavapiés. Me duele la espalda, las piernas me pesan, pero sé que si digo que no, mañana habrá reproches.
—Claro, Lucía. Ahora mismo salgo—. Mi voz suena tranquila, pero por dentro siento una punzada de rabia y tristeza. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó cómo estoy? ¿Cuándo fue la última vez que alguien se preocupó por mí?
Me llamo Carmen, tengo 68 años y vivo en Madrid. Desde que mi hijo Alberto se casó con Lucía, mi vida ha cambiado más de lo que imaginaba. No me malinterpreten: adoro a mis nietos, Pablo y Sofía, son la luz de mis días. Pero últimamente siento que he dejado de ser la madre de Alberto para convertirme en la niñera oficial de la familia.
Recuerdo el día en que nació Pablo. Lucía estaba agotada y yo me ofrecí a ayudar. Lo hice con gusto, con ese amor incondicional que solo una abuela puede sentir. Pero lo que empezó siendo un apoyo puntual se ha convertido en una obligación diaria. Si alguna vez me niego o pongo una excusa, Lucía me mira con esos ojos fríos y dice: —Bueno, si no puedes, tendré que buscar a alguien más—. Como si fuera tan fácil sustituirme.
Alberto trabaja muchas horas en una gestoría del centro. Llega tarde, cansado, y apenas habla conmigo. Cuando intento contarle cómo me siento, me responde: —Mamá, Lucía también está muy agobiada. Nos haces un favor enorme—. Y yo me callo, porque no quiero ser una carga.
Hoy, mientras espero en la puerta del colegio, veo a otras abuelas en la misma situación. Nos miramos con complicidad y resignación. Una de ellas, Pilar, me susurra:
—A veces pienso que somos invisibles. Solo existimos para cuidar a los demás.
Asiento en silencio. Recuerdo cuando era joven y mi madre venía a ayudarme con Alberto. Pero ella siempre ponía límites: —Carmen, hoy no puedo, tengo cosas que hacer—. Yo lo entendía y la respetaba. ¿Por qué ahora nadie respeta mis límites?
Pablo sale corriendo del colegio y se lanza a mis brazos.
—¡Abuela! ¿Hoy hay croquetas para cenar?
Sonrío y le acaricio el pelo.
—Claro que sí, cariño.
De camino a casa, Sofía me cuenta que quiere apuntarse a ballet. Me habla con esa ilusión contagiosa de los niños pequeños. Siento una mezcla de ternura y culpa: ¿y si algún día no puedo estar para ellos? ¿Quién les escuchará entonces?
Al llegar a casa de Alberto y Lucía, preparo la cena mientras los niños hacen los deberes. Lucía llega tarde, como siempre, y apenas me saluda.
—¿Ya están bañados?— pregunta sin mirarme.
—Sí, todo listo— respondo mientras recojo los platos.
Lucía se encierra en el dormitorio y yo recojo los juguetes del salón. Me siento sola en medio del bullicio familiar. Cuando Alberto llega, me da un beso rápido en la mejilla y se pone a ver las noticias.
Esa noche vuelvo a mi piso caminando despacio por las calles iluminadas de Madrid. El frío me cala los huesos y pienso en mi madre, en cómo supo hacerse respetar sin dejar de ser generosa.
Al día siguiente decido hablar con Lucía. Estoy nerviosa, pero sé que tengo que hacerlo.
—Lucía, necesito hablar contigo un momento— le digo mientras recoge la cocina.
Ella suspira, como si ya estuviera cansada antes de empezar.
—Dime.
—Estoy cansada. Me encanta cuidar de Pablo y Sofía, pero también necesito tiempo para mí. No soy solo su abuela; también soy Carmen.
Lucía frunce el ceño.
—¿Y ahora qué hacemos? Yo trabajo todo el día…
—Podemos buscar una solución juntas. Quizá podríamos contratar a alguien unas horas a la semana o repartirnos mejor las tareas.
Por primera vez veo un atisbo de comprensión en su mirada.
—No sabía que te sentías así… Pensé que te hacía ilusión estar con ellos.
—Me hace ilusión, pero también me canso. No quiero dejar de ser su abuela por estar agotada todo el tiempo.
Lucía asiente en silencio. No sé si esto cambiará algo, pero al menos he dicho lo que siento.
Esa noche llamo a mi amiga Pilar y le cuento lo ocurrido.
—Has hecho bien, Carmen. Nosotras también tenemos derecho a vivir nuestra vida.
Cuelgo el teléfono y me siento un poco más ligera. Quizá mañana sea diferente. Quizá empiecen a verme no solo como la abuela útil, sino como la mujer que soy.
A veces me pregunto: ¿Cuándo dejamos de ser personas para convertirnos solo en ayuda? ¿Cuándo aprenderán nuestros hijos a vernos de verdad? ¿Vosotros también os sentís así alguna vez?