El silencio de mi hijo: una historia de distancia y corazones rotos

—¿Otra vez no viene, Carmen? —me pregunta mi marido, Antonio, mientras recoge los platos del desayuno con una resignación que ya se ha vuelto costumbre.

Me quedo mirando el móvil, la pantalla en blanco, esperando un mensaje que no llega. El silencio es tan pesado que casi puedo oírlo gritar. Hoy es domingo y, como cada domingo desde hace meses, he preparado cocido madrileño, el favorito de mi hijo Pablo. Pero la mesa sigue puesta para tres y solo estamos dos.

—No ha dicho nada —respondo, intentando que mi voz no tiemble—. Supongo que Lucía no habrá querido.

Antonio suspira. No dice nada más. Sé que le duele tanto como a mí, pero ninguno de los dos sabe cómo arreglar esto. Pablo era nuestro único hijo. Siempre fue cariñoso, atento… hasta que conoció a Lucía.

Recuerdo la primera vez que la trajo a casa. Era una tarde de primavera y yo había horneado una tarta de manzana. Lucía llegó con una sonrisa forzada y un ramo de flores demasiado caro para la ocasión. Desde el primer momento sentí que algo no encajaba. No sé si fue su manera de mirar la casa —como si todo le pareciera pequeño o anticuado— o el modo en que hablaba de su familia, siempre comparando.

—En casa de mis padres siempre hacemos las cosas así —decía—. Mi madre nunca pondría un mantel tan… tradicional.

Pablo intentaba mediar, pero yo notaba cómo se tensaba cada vez que Lucía abría la boca. Con el tiempo, las visitas se hicieron menos frecuentes. Primero fueron los compromisos de trabajo, luego los viajes y, finalmente, las excusas vagas: “Estamos muy cansados”, “Tenemos cosas que hacer”, “Quizá el mes que viene”.

La última vez que vinieron fue en Navidad. Lucía se pasó toda la cena mirando el móvil y Pablo apenas habló. Cuando les pregunté si vendrían en Reyes, Lucía contestó sin mirarme:

—Si Pablo tiene días libres, preferimos hacer algo en familia.

Me dolió más de lo que quise admitir. ¿Acaso nosotros no éramos familia? Desde entonces, cada vez que intento llamarle, Pablo responde con monosílabos o me dice que está ocupado. A veces ni siquiera contesta.

Esta mañana, mientras recogía la mesa vacía, Antonio me miró con tristeza:

—¿Crees que hemos hecho algo mal?

No supe qué decirle. Repaso mentalmente cada conversación, cada gesto, buscando el momento exacto en que todo empezó a torcerse. ¿Fue culpa mía por no aceptar a Lucía? ¿O es ella quien ha puesto a Pablo en mi contra?

Una tarde de abril, decidí ir a verles sin avisar. Cogí el tren hasta Alcalá de Henares y llamé al portero automático con el corazón en un puño.

—¿Sí? —la voz de Lucía sonó fría al otro lado.

—Soy Carmen… la madre de Pablo.

Hubo un silencio incómodo antes de que abriera la puerta. Subí las escaleras temblando. Cuando entré en el piso, todo olía a ambientador caro y a distancia. Pablo me abrazó rápido y volvió enseguida al ordenador.

—Estamos muy liados, mamá —me dijo sin mirarme—. ¿No podías haber avisado?

Lucía me ofreció un café sin azúcar y se sentó frente a mí con los brazos cruzados.

—Pablo tiene mucho trabajo últimamente —dijo—. Y yo también estoy agotada.

Intenté sonreír, pero sentí que sobraba en aquella casa. Me fui antes de la merienda, inventando una excusa cualquiera. En el tren de vuelta lloré en silencio.

Desde entonces no he vuelto a presentarme sin avisar. Pero tampoco han venido ellos. Las semanas pasan y la distancia crece como una grieta imposible de cerrar.

A veces pienso en llamar a Lucía y pedirle perdón por lo que sea que haya hecho mal. Pero luego recuerdo sus palabras:

—Siempre queréis algo de Pablo. Si tiene tiempo libre, debería pasarlo conmigo y con los niños.

Los niños… mis nietos. Apenas los conozco. Los veo por videollamada en Navidad o cuando Pablo se acuerda de mandarme una foto por WhatsApp. El pequeño, Diego, ni siquiera sabe decir “abuela”.

Antonio intenta animarme:

—Ya vendrán, Carmen. Son jóvenes, tienen su vida…

Pero yo sé que no es solo cuestión de tiempo. Hay algo roto entre nosotros y no sé cómo arreglarlo.

El otro día me encontré con Marisa en el mercado.

—¿Qué tal tu hijo? —me preguntó con esa curiosidad disfrazada de amabilidad.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicar ese vacío? ¿Cómo contarle que mi hijo ya no me llama mamá sino Carmen? Que mi casa le resulta incómoda y mi comida demasiado tradicional.

A veces pienso en escribirle una carta a Pablo. Decirle todo lo que siento: el miedo a perderle para siempre, la rabia por sentirme desplazada, la tristeza de ver cómo mi familia se deshace poco a poco.

Pero luego me detengo. ¿Y si solo consigo alejarle más?

Esta noche, mientras recojo los platos del cocido intacto, Antonio me abraza por detrás.

—No estás sola —me susurra—. Yo también echo de menos a nuestro hijo.

Nos sentamos juntos en el sofá y miramos fotos antiguas: Pablo pequeño en la playa de Benidorm, Pablo soplando las velas de su décimo cumpleaños rodeado de primos y abuelos…

Me pregunto si alguna vez volveremos a ser esa familia feliz o si todo esto es solo una etapa más del olvido.

¿De verdad es tan difícil entenderse entre generaciones? ¿O es el orgullo lo que nos separa? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?