Mamá, ¿por qué ahora?

—Lucía, ¿puedes venir ahora?— La voz de mi madre, Carmen, temblaba al otro lado del teléfono. Eran las tres de la madrugada y yo acababa de cerrar los ojos después de un turno de doce horas en el hospital.

—¿Te pasa algo?— pregunté, el corazón acelerado por el susto.

—No puedo dormir. Siento que me falta el aire. Ven, por favor.

Me levanté sin pensar. Mi marido, Álvaro, murmuró medio dormido:

—¿Otra vez tu madre? Lucía, no puedes seguir así…

Pero yo ya estaba poniéndome los vaqueros y buscando las llaves del coche. Mientras conducía por las calles vacías de Salamanca, sentía una mezcla de preocupación y rabia. No era la primera vez que mi madre me llamaba a horas intempestivas. Desde que murió mi padre hace dos años, parece que su vida gira en torno a la mía. Y la mía… gira en torno a ella.

Cuando llegué, Carmen estaba sentada en el sofá, con la bata puesta y el pelo revuelto. No parecía enferma, solo asustada.

—¿Quieres que llame a una ambulancia?— pregunté, intentando mantener la calma.

—No, hija, ya estoy mejor. Solo necesitaba verte. ¿Te importa quedarte un rato?

Me senté a su lado y le cogí la mano. Por dentro hervía de cansancio y frustración. Pensaba en mis hijos, en Álvaro, en las horas de sueño perdidas y en cómo al día siguiente tendría que volver al hospital con ojeras y mal humor.

Mi madre empezó a hablarme de sus recuerdos con papá, de cómo la casa se le hacía enorme y vacía. Yo asentía, pero mi mente estaba lejos. Me sentía atrapada entre la culpa y el agotamiento.

A la mañana siguiente, mientras preparaba café en su cocina, Carmen me miró con ojos tristes:

—Sé que te molesta que te llame tanto… pero es que me siento tan sola…

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que su soledad se estaba comiendo la mía? Que cada vez que sonaba el teléfono yo sentía una punzada de ansiedad, una obligación imposible de rechazar.

En casa, Álvaro me recibió con un silencio tenso. Los niños ya estaban en el colegio. Me senté a su lado en el sofá.

—No puedes seguir así, Lucía —dijo él finalmente—. Tu madre está bien. Solo quiere atención. Pero tú también tienes derecho a vivir.

Le miré con lágrimas en los ojos. ¿Cómo elegir entre mi madre y mi propia vida? En España nos enseñan desde pequeños que la familia es lo primero. Que los padres lo han dado todo por nosotros y debemos devolverles el favor cuando envejecen. Pero nadie habla del precio: matrimonios rotos, hijos desatendidos, carreras truncadas por una culpa que nunca desaparece.

Esa semana intenté hablar con mi madre sobre buscar actividades para mayores o apuntarse al centro de día del barrio.

—¿Y si me pasa algo allí? ¿Quién me va a cuidar como tú? —me respondió con voz temblorosa.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿Por qué todo tenía que recaer sobre mí? Mi hermano Sergio vive en Barcelona y apenas llama una vez al mes. Cuando le pedí ayuda, me contestó:

—Lucía, tú estás ahí. Yo tengo mi vida aquí montada…

Así pasaron los meses: llamadas nocturnas, visitas urgentes por dolores imaginarios, discusiones con Álvaro y mis hijos preguntando por qué siempre tenía que irme corriendo a casa de la abuela.

Un día exploté. Después de una guardia especialmente dura, mi madre volvió a llamarme porque no encontraba las llaves del gas.

—¡Mamá! ¡Tienes que aprender a apañarte sola! No puedo dejarlo todo cada vez que te entra el miedo —le grité por teléfono.

Hubo un silencio largo al otro lado.

—Perdona hija… No quería molestarte…

Colgué sintiéndome la peor persona del mundo. Esa noche no dormí pensando en cómo habíamos llegado hasta aquí: dos mujeres solas, atrapadas por el amor y la culpa.

Al día siguiente fui a verla con un ramo de flores y una propuesta:

—Mamá, te quiero mucho. Pero necesito que busques ayuda fuera de mí. Podemos ir juntas al centro de día o buscar una psicóloga para que hables con alguien…

Al principio se negó rotundamente. Lloró y me acusó de querer deshacerme de ella. Pero poco a poco fue cediendo. Empezó a ir al centro dos veces por semana y conoció a otras mujeres en su situación.

Yo también busqué ayuda: terapia para aprender a poner límites sin sentirme mala hija. Álvaro y yo recuperamos poco a poco nuestra complicidad y mis hijos dejaron de mirarme con reproche cada vez que salía corriendo.

A veces todavía me llama por las noches solo para oír mi voz. Pero ahora sé decirle: “Mamá, hoy no puedo ir. Mañana hablamos”. Y aunque duele, sé que es lo mejor para las dos.

Me pregunto si otras hijas e hijos sienten este peso invisible sobre los hombros: ¿Hasta dónde llega nuestro deber? ¿Cuándo empieza nuestro derecho a vivir nuestra propia vida?