El peso invisible del amor: Cuidar a mi madre en casa

—¡Mamá, por favor, no te levantes sola! —grité desde la cocina, al oír el golpe sordo contra las baldosas del baño. Corrí, con el corazón en un puño, y la encontré en el suelo, temblando y con la mirada perdida. Esa noche, mientras esperaba a que la ambulancia llegara, supe que ya nada volvería a ser igual.

Me llamo Lucía, tengo cuarenta y siete años y vivo en un piso pequeño en Vallecas. Hasta hace poco, mi vida era rutinaria: trabajo de administrativa en una gestoría, salgo a correr los domingos y ceno con mis amigas los viernes. Pero desde que mi madre, Carmen, vino a vivir conmigo tras aquella caída, todo ha cambiado. El piso se ha encogido, mi tiempo se ha evaporado y mi paciencia… bueno, mi paciencia se ha puesto a prueba como nunca.

—No quiero ser una carga, hija —me repite cada mañana mientras le ayudo a vestirse.
—No lo eres, mamá —le miento, porque la quiero y porque sé que necesita oírlo.

Pero la verdad es que sí lo es. Y esa verdad me duele más de lo que puedo admitir.

Mi madre siempre fue una mujer fuerte. Crió sola a mis dos hermanos y a mí cuando mi padre nos dejó por una mujer más joven. Trabajó limpiando casas ajenas para que nosotros pudiéramos estudiar. Ahora, verla tan frágil, tan dependiente, me desgarra por dentro. Pero también me irrita. Me irrita su terquedad, su negativa a aceptar ayuda profesional, su manía de corregirme hasta cómo doblo las toallas.

—¿Por qué no contratas a alguien? —me preguntó mi hermano Luis por teléfono.
—¿Y con qué dinero? —le respondí, conteniendo las ganas de gritarle que él nunca está.
—Yo tengo mucho lío con los niños y el trabajo…

Siempre tiene lío. Siempre tiene excusas. Mi hermana Marta vive en Barcelona y llama una vez por semana, como si eso bastara para tranquilizar su conciencia.

Las noches son lo peor. Mi madre se despierta varias veces, desorientada. A veces me llama por el nombre de mi tía fallecida. Otras veces llora en silencio. Yo me levanto, la arropo y le susurro que todo está bien, aunque sé que no lo está. A la mañana siguiente voy al trabajo con ojeras y el humor por los suelos. Mis compañeras me miran con lástima.

—¿Por qué no la llevas a una residencia? —me sugirió Ana, mi jefa, un día en la máquina de café.
—Ella no quiere —respondí, bajando la mirada.

Pero la verdad es que yo tampoco quiero. Me siento culpable solo de pensarlo. En España todavía pesa mucho eso de cuidar a los padres en casa. Mi madre me lo recuerda cada vez que puede:

—En mis tiempos, los hijos cuidaban de sus padres hasta el final.

A veces pienso que me estoy perdiendo la vida. Mis amigas han dejado de invitarme a salir porque casi siempre digo que no puedo. Mi pareja me dejó hace seis meses; dijo que necesitaba una vida menos complicada. Yo también la necesito, pero no sé cómo conseguirla sin traicionar a mi madre… o a mí misma.

El otro día discutimos fuerte. Ella insistía en fregar los platos y yo le quité el estropajo de las manos.
—¡Déjame hacer algo útil! —gritó.
—¡No puedes! —le respondí yo, más alto aún.
Se echó a llorar y yo también. Nos abrazamos en medio de la cocina como dos náufragas aferradas a la misma tabla.

Por las noches me asaltan pensamientos oscuros: ¿y si un día pierdo los nervios? ¿Y si enfermo yo también? ¿Quién cuidará entonces de las dos?

He buscado ayuda en foros y grupos de apoyo, pero casi todos cuentan lo mismo: hermanos ausentes, servicios sociales saturados, culpa y soledad. A veces me pregunto si hay salida para esto o si solo queda aguantar hasta el final.

Hoy he vuelto a discutir con Luis por teléfono.
—No puedes seguir así —me dijo.
—¿Y qué propones? ¿Vienes tú una semana?
Silencio al otro lado.

Esta tarde he salido al balcón mientras mi madre dormía la siesta. He visto a una vecina paseando con su nieta y he sentido una punzada de envidia. ¿Cuándo fue la última vez que pensé solo en mí?

Al volver al salón, mi madre me miró con esos ojos grandes y cansados.
—Gracias por cuidarme, hija —susurró.
Me senté a su lado y le cogí la mano. Sentí amor y rabia al mismo tiempo. Amor por todo lo que fue y es para mí; rabia porque nadie nos preparó para esto.

A veces sueño con una vida distinta: viajar, enamorarme otra vez, dormir ocho horas seguidas… Pero despierto y vuelvo a ser Lucía, la hija cuidadora en un piso pequeño de Vallecas.

¿Es egoísta querer recuperar mi vida? ¿Dónde está el límite entre el amor y el sacrificio? ¿Alguien más se siente así?