El silencio entre nosotros: cómo perdí a mis nietos

—¿Por qué no me llamas ya, Lucía? —mi voz temblaba mientras miraba la pantalla del móvil, esperando que el icono de WhatsApp se iluminara con su foto sonriente. Pero nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. El silencio era tan denso en mi piso de Vallecas que podía escuchar el tictac del reloj de pared, ese que colgó mi difunto marido, Antonio, hace más de veinte años.

Hasta hace poco, Lucía y yo éramos inseparables. Venía cada sábado a comer cocido madrileño y a escuchar mis historias de cuando era niña en Toledo. Su risa llenaba la casa y sus abrazos me hacían sentir menos sola desde que Antonio se fue. Pero desde hace tres meses, Lucía desapareció de mi vida como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.

Al principio pensé que sería por los exámenes de la universidad. «Abuela, estoy hasta arriba de trabajos», me decía en notas de voz apresuradas. Pero después ni eso. Intenté llamarla, escribirle, incluso le mandé una foto antigua nuestra en el Retiro. Silencio absoluto.

Fue entonces cuando empecé a notar algo raro en Carmen, mi nuera. Siempre fue cordial, pero distante. Desde que mi hijo Sergio se casó con ella, sentí que me miraba como si fuera una intrusa en su vida perfecta. Cuando llamaba a casa para hablar con Lucía, Carmen contestaba con frases cortas: «Ahora no puede, está ocupada» o «Ya te llamará ella». Pero nunca lo hacía.

Un domingo decidí ir sin avisar. Llevé una tarta de manzana y mi mejor sonrisa. Al abrirme la puerta, Carmen me miró con sorpresa y algo de fastidio.

—¿Qué haces aquí, Pilar? —preguntó, sin invitarme a pasar.
—Vengo a ver a Lucía. Hace mucho que no sé nada de ella.
—Está estudiando —respondió seca—. No quiere distracciones.

Sentí un nudo en el estómago. Detrás de Carmen vi a Lucía en el salón, con los cascos puestos y la mirada perdida en la pantalla del portátil. Quise llamarla, pero Carmen cerró la puerta casi en mi cara.

Volví a casa caminando despacio, sintiendo el peso de los años en las piernas y el alma. ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué me apartaban así?

Las semanas pasaron y la angustia crecía. En el mercado, las vecinas preguntaban por Lucía y yo fingía normalidad: «Está muy ocupada con los estudios». Pero por dentro me moría de preocupación.

Una tarde, mientras regaba las plantas del balcón, recibí una llamada inesperada. Era Sergio.

—Mamá, tenemos que hablar —dijo con voz grave—. Carmen está molesta porque dices cosas delante de Lucía que no nos gustan.
—¿Qué cosas? —pregunté desconcertada.
—Que criticas cómo educamos a nuestra hija. Que le metes ideas antiguas en la cabeza.

Me quedé helada. ¿Eso era todo? ¿Por contarle a Lucía cómo era la vida antes? ¿Por decirle que no todo se consigue con un clic?

—Sergio, solo intento compartir mi experiencia…
—Mamá, tienes que entender que las cosas han cambiado. Deja que Lucía crezca a su manera.

Colgó antes de que pudiera responderle. Me senté en la cocina y lloré como hacía años que no lloraba. Me sentí vieja, inútil y fuera de lugar en un mundo que ya no entendía.

Pasaron los días y cada vez me costaba más salir de casa. El silencio se convirtió en mi única compañía. Empecé a dudar de mí misma: ¿habría sido demasiado insistente? ¿Demasiado crítica?

Un día recibí una carta manuscrita por debajo de la puerta. Era de Lucía:

«Abuela,
Sé que mamá y papá están enfadados contigo, pero yo te echo mucho de menos. No sé cómo manejar esto. Mamá dice que me haces dudar de todo lo que me enseñan aquí y eso le molesta. Yo solo quiero verte y escuchar tus historias. Ojalá pudiera ir a tu casa como antes.
Te quiero mucho,
Lucía»

Leí la carta una y otra vez, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza. Al menos sabía que no me había olvidado.

Intenté hablar con Carmen para aclarar las cosas, pero fue imposible. Me cerró la puerta en todas las formas posibles: llamadas sin contestar, mensajes ignorados, incluso bloqueó mi número en el móvil de Lucía.

La Navidad llegó y por primera vez en mi vida cené sola. Miré la silla vacía donde siempre se sentaba Lucía y brindé por ella en silencio.

A veces pienso en lo fácil que es perderse entre generaciones, en cómo los malentendidos pueden levantar muros imposibles de derribar. Echo de menos a mi nieta cada día y me pregunto si algún día podré volver a abrazarla sin miedo ni reproches.

¿De verdad es tan difícil entendernos entre abuelos y nietos? ¿Cuándo dejamos de escucharnos en familia?