Azulejos Rotos y Promesas Quebradas: La Venganza de Un Inquilino

—¿Así que no me vas a devolver la fianza, verdad, Tomás? —le pregunté, apretando los puños mientras él revisaba el baño con su eterna cara de desprecio.

—Sergio, hay manchas de cal en la mampara. Eso cuesta dinero. Además, el grifo gotea. Lo siento, pero la fianza se queda aquí —respondió sin mirarme a los ojos, como si yo fuera invisible.

En ese instante, sentí cómo la rabia me subía por el pecho. No era solo por los 800 euros; era por los tres años de humillaciones, de arreglar cosas que no me correspondían, de escucharle decir que «los jóvenes de hoy no sabéis lo que es ganarse la vida». Era por todas las veces que mi madre me decía que aguantara, que «en España está muy difícil encontrar piso». Era por las noches sin calefacción porque Tomás tardaba semanas en arreglar la caldera.

Salí del baño y cerré la puerta tras de mí con un portazo. Mi novia, Lucía, me miró desde el salón, sentada entre cajas de mudanza.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz temblorosa.

—Lo de siempre. No piensa devolvernos ni un euro —le respondí, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

Lucía suspiró y bajó la mirada. Llevábamos semanas ahorrando hasta el último céntimo para poder mudarnos a un piso mejor, lejos de ese barrio donde los vecinos se espiaban unos a otros y los caseros eran reyes absolutos. Pero ahora, sin la fianza, todo se complicaba.

Esa noche no dormí. Daba vueltas en la cama mientras Lucía lloraba en silencio. Recordé a mi padre, que siempre decía que «en este país el que no llora no mama». Y pensé en todas las veces que había callado para evitar problemas.

A la mañana siguiente, mientras Lucía iba a trabajar, me quedé solo en el piso vacío. Miré alrededor: las paredes desconchadas, el suelo levantado por la humedad, el baño con los azulejos viejos que yo mismo había limpiado mil veces. Y entonces lo vi claro: si Tomás quería quedarse con mi dinero por una excusa absurda, yo también podía jugar sucio.

Bajé al trastero y cogí el mazo que usaba mi abuelo para partir leña en el pueblo. Subí al baño y cerré la puerta con llave. El primer golpe retumbó como un trueno. El segundo hizo saltar trozos de azulejo por todas partes. Golpe tras golpe, sentía cómo se liberaba toda la rabia acumulada durante años: los contratos abusivos, las subidas de alquiler sin motivo, las amenazas veladas de «si no te gusta, ya vendrá otro».

Cuando terminé, el baño era un campo de batalla. Los azulejos hechos añicos, el lavabo rajado, el espejo caído al suelo. Me senté en el borde de la bañera y respiré hondo. Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a alivio.

Lucía volvió al mediodía y se quedó paralizada al ver el desastre.

—¿Pero qué has hecho? ¡Estás loco! —gritó.

—Estoy harto de que nos tomen el pelo —le respondí—. Si quiere quedarse con mi dinero, que al menos tenga motivos.

Ella se echó a llorar y salió corriendo del piso. Me quedé solo entre los escombros, preguntándome si había ido demasiado lejos.

Al día siguiente recibí una llamada de Tomás.

—¿Qué coño has hecho en el baño? ¡Esto te va a costar caro! ¡Te voy a denunciar! —vociferó.

—Haz lo que quieras —le contesté—. Yo también tengo fotos de cómo estaba el piso cuando entré. Y si quieres guerra, la tendrás.

Colgué y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Sabía que podía meterme en un lío gordo, pero ya no podía dar marcha atrás.

Durante las semanas siguientes viví con miedo: cartas del seguro, llamadas amenazantes del casero, mensajes de mi madre suplicándome que «no hiciera locuras» porque «en este país siempre pierde el pobre». Mis amigos decían que estaba loco, que nadie se enfrenta a un casero en España y sale ganando.

Pero algo había cambiado dentro de mí. Empecé a hablar con otros inquilinos del barrio y descubrí historias aún peores: desahucios exprés, amenazas físicas, alquileres en negro. Nos reunimos varias veces en un bar cercano y fundamos una pequeña asociación para defender nuestros derechos.

Un día recibí una carta del juzgado: Tomás me denunciaba por daños y perjuicios. Pero yo también tenía pruebas: fotos del estado del piso antes y después, mensajes donde él reconocía no haber arreglado nada en años.

El juicio fue tenso. Tomás llegó con su abogado y su traje caro; yo fui con Lucía y dos vecinos como testigos. El juez escuchó ambas partes y pidió tiempo para deliberar.

Semanas después llegó la sentencia: debía pagar una parte de los daños, pero Tomás también tenía que devolverme parte de la fianza por no haber cumplido con sus obligaciones como arrendador. No era una victoria total, pero tampoco una derrota.

Lucía y yo nos mudamos a un piso pequeño pero luminoso cerca del Retiro. Empezamos de cero, con menos dinero pero más dignidad. Seguí colaborando con la asociación y ayudando a otros inquilinos a defenderse.

A veces me pregunto si mereció la pena romper aquellos azulejos. Si la rabia justifica perderlo todo por un momento de venganza. Pero luego pienso en todas las veces que callamos por miedo y me digo:

¿Hasta cuándo vamos a dejar que nos pisoteen? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta?