Cerré los ojos a sus mentiras hasta que la vida me obligó a abrirlos
—¿De verdad crees que no lo sé, Luis? ¿Que no me doy cuenta de tus ausencias, de tus mensajes a deshoras?—. Mi voz temblaba, pero no era de miedo, sino de rabia contenida. Él ni siquiera levantó la vista del móvil. —No empieces otra vez, Marta. Sabes que todo lo hago por el trabajo—.
Mentira. Otra más. Pero yo asentí, como tantas veces, tragándome el orgullo y la tristeza. Lo hacía por mis hijos, por esa familia que había soñado construir en nuestro piso de Vallecas, con las paredes llenas de dibujos y las risas de Lucía y Sergio corriendo por el pasillo. Cerré los ojos a sus mentiras porque tenía miedo a quedarme sola, miedo a romper algo que, en el fondo, ya estaba hecho pedazos.
Durante años fui la esposa perfecta: comida caliente, ropa planchada, sonrisa puesta aunque por dentro me sintiera vacía. Mis amigas —Rosa y Carmen— me decían que no podía seguir así, que merecía algo mejor. Pero yo solo veía a mis hijos y pensaba: «Aguanta un poco más, Marta. Por ellos».
Todo cambió un martes cualquiera. Salía del supermercado cargada con las bolsas cuando un coche frenó tarde en el paso de cebra. Sentí el golpe en la pierna y luego el asfalto frío en la mejilla. Recuerdo el sonido de las sirenas, las voces lejanas y la cara asustada de una señora que me sujetaba la mano.
Desperté en el hospital con la pierna escayolada y un dolor sordo en el alma. Luis llegó tarde, con cara de fastidio más que de preocupación. —No te preocupes, ya me encargo yo de los niños— dijo, pero supe que mentía. Esa noche, mientras fingía dormir, le oí hablar bajito por teléfono en el pasillo: —No puedo ir hoy, se ha hecho daño… Sí, sí, te llamo mañana—.
Las semanas siguientes fueron una lección brutal de realidad. Desde mi cama en casa, veía pasar los días entre analgésicos y soledad. Luis salía temprano y volvía tarde. Los niños venían a verme antes de irse al colegio, pero era Rosa quien les preparaba el desayuno y les ayudaba con los deberes. Carmen venía cada tarde con una bolsa de croquetas caseras y una sonrisa cálida: —No estás sola, Marta. Aquí estamos—.
Una tarde escuché a Lucía llorar en la cocina. Me arrastré como pude hasta la puerta y la vi abrazada a Rosa: —Papá nunca está. Mamá está triste— sollozaba mi niña. Sentí una punzada tan fuerte que casi me desmayé. ¿Eso era lo que les estaba enseñando? ¿A conformarse con migajas de amor?
Luis apenas entraba en mi habitación. Cuando lo hacía, era para preguntarme si había visto sus llaves o para decirme que tenía una reunión importante. Una noche le pregunté si podía quedarse un rato conmigo. Me miró como si le pidiera la luna: —Estoy cansado, Marta. Mañana madrugo—.
Fue Carmen quien me ayudó a ducharme por primera vez tras el accidente. Mientras me secaba el pelo, me miró a los ojos: —¿Hasta cuándo vas a seguir así? No eres invisible, Marta. Tienes derecho a ser feliz—.
Esa noche no dormí. Repasé cada momento en el que había elegido callar, cada vez que había puesto las necesidades de todos por encima de las mías. Recordé cómo Luis se reía con otra mujer al teléfono mientras yo lloraba en silencio en la cocina; cómo mis hijos buscaban cariño en los brazos de otras personas porque yo ya no tenía fuerzas para dárselo.
El día que me quitaron la escayola fue también el día en que decidí levantarme de verdad. Llamé a Luis al trabajo: —Tenemos que hablar cuando llegues— le dije con voz firme.
Esa tarde se sentó frente a mí con gesto impaciente. —¿Qué pasa ahora?—
Le miré a los ojos por primera vez en mucho tiempo: —Se acabó, Luis. No quiero seguir viviendo así. No quiero que nuestros hijos aprendan que amar es aguantar mentiras y soledad—.
No gritó ni suplicó. Solo se encogió de hombros y murmuró: —Haz lo que quieras—.
Me sentí ligera por primera vez en años. Llamé a Rosa y Carmen y les conté mi decisión entre lágrimas y risas nerviosas. Ellas me abrazaron fuerte: —Estamos contigo—.
El proceso fue duro: abogados, papeles, miradas curiosas de los vecinos del bloque. Pero cada día sentía cómo volvía a respirar un poco más hondo. Lucía y Sergio lloraron al principio, pero pronto entendieron que mamá estaba más alegre, más presente.
Hoy vivo con mis hijos en un piso pequeño cerca del Retiro. Trabajo media jornada en una librería y por las tardes vamos juntos al parque o hacemos deberes en la mesa del salón. Luis sigue siendo su padre, pero ya no tiene poder sobre mi vida ni sobre mi felicidad.
A veces me pregunto por qué tardé tanto en abrir los ojos; por qué nos cuesta tanto elegirnos a nosotras mismas cuando todo nos grita que lo hagamos.
¿Vosotros también habéis cerrado los ojos alguna vez ante una verdad dolorosa? ¿Qué os hizo despertar al final?