Siempre la Segunda: La Historia de Marta y su Lucha por la Dignidad
—¿Otra vez solo lentejas, Marta? —me preguntó mi marido, Luis, mientras abría la bolsa que su madre nos había dado al despedirnos. Yo asentí en silencio, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta, quemando como el café recién hecho que nunca me ofrece mi suegra cuando vamos a su casa.
No era la primera vez. Ni la segunda. Era la enésima vez que salíamos de casa de Carmen, mi suegra, con una bolsa de comida que parecía más una limosna que un regalo. Mientras tanto, a Lucía, mi cuñada, le entregaba sobres con dinero, ropa nueva para los niños y hasta las llaves del apartamento en la playa de Torrevieja. Yo lo veía todo desde la cocina, mientras fregaba los platos después de la comida familiar, escuchando las risas y los «¡gracias, mamá!» de Lucía.
—No te pongas así —me susurró Luis una vez en el coche—. Ya sabes cómo es mi madre.
Pero yo ya no podía más. Cada domingo era igual: Lucía llegaba tarde, con sus tacones resonando en el suelo de mármol, y Carmen la recibía con un abrazo largo y cálido. A mí me saludaba con dos besos rápidos y un «¿qué tal en el trabajo?», sin esperar respuesta. Durante la comida, Lucía contaba sus problemas económicos —que si el coche se le había estropeado, que si necesitaba una tablet nueva para su hija— y Carmen asentía con preocupación maternal. Yo intentaba hablar de mis hijos o de mi trabajo en la farmacia del barrio, pero nadie parecía escucharme.
Recuerdo una tarde especialmente dura. Era el cumpleaños de mi hijo Pablo. Habíamos invitado a toda la familia a casa. Carmen llegó con un paquete pequeño envuelto en papel reciclado. Lucía apareció media hora después con una bicicleta nueva para Pablo y una tarta de chocolate. Carmen se deshizo en elogios hacia Lucía: «¡Qué detallazo! Eres la mejor tía del mundo». A mí solo me dedicó una sonrisa forzada.
Esa noche lloré en silencio en el baño. Me preguntaba si era yo la que estaba equivocada, si acaso era demasiado sensible o si simplemente no era suficiente para Carmen. Luis intentaba consolarme, pero siempre acabábamos discutiendo.
—Marta, no puedes compararte con Lucía. Mamá siempre ha sido así —me decía él.
Pero yo sí podía compararme. Porque cada vez que necesitábamos ayuda —cuando Luis se quedó en paro, cuando tuve que reducir horas en la farmacia para cuidar a los niños— Carmen nos daba «lo que le sobraba»: un tupper de lentejas, un jersey viejo de Lucía o algún electrodoméstico estropeado. A Lucía le pagó el máster, le ayudó con la entrada del piso y hasta le regaló el coche familiar cuando se sacó el carnet.
Un día decidí hablarlo con mi madre. Ella me miró con tristeza y me dijo:
—Hija, hay suegras que nunca aceptan a las nueras como a las hijas propias. Pero tú vales mucho más de lo que crees.
Aquellas palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a Carmen. La siguiente vez que fuimos a su casa, esperé a que Lucía saliera al balcón a fumar y Luis bajara al coche a por algo que había olvidado.
—Carmen —le dije mirándola a los ojos—, ¿puedo preguntarle algo?
Ella levantó la vista del móvil, sorprendida por mi tono.
—Claro, dime.
—¿Por qué trata usted tan diferente a Lucía y a nosotros? Sé que ella es su hija, pero Luis también es su hijo. Y yo… yo intento ser parte de esta familia desde hace años.
Carmen suspiró y dejó el móvil sobre la mesa.
—Marta, no te lo tomes así… Yo os quiero igual —dijo sin mucha convicción—. Pero Lucía está sola con la niña y necesita más ayuda.
—Nosotros también hemos pasado momentos difíciles —repliqué—. Y nunca nos ha ofrecido ni la mitad de lo que le da a ella.
Carmen se encogió de hombros.
—No sé qué decirte. Cada madre hace lo que puede.
Sentí una mezcla de alivio y decepción. Al menos lo había dicho en voz alta. Cuando Luis volvió al salón, notó el ambiente tenso pero no preguntó nada.
A partir de ese día decidí poner límites. Dejé de ir cada domingo a casa de Carmen. Empecé a decir «no» cuando me pedían favores o ayuda para organizar las comidas familiares. Me centré en mis hijos y en mi trabajo. Al principio Luis se enfadó conmigo; decía que estaba exagerando y que estaba creando problemas donde no los había.
Pero poco a poco empezó a entenderme. Vio cómo Pablo y Claudia se sentían más tranquilos en casa, cómo yo recuperaba la sonrisa y dejaba de llorar por las noches. Incluso empezó a defenderme ante su madre cuando ella hacía algún comentario hiriente.
Un día Carmen llamó para decirnos que quería vernos. Dudé antes de contestar, pero finalmente accedí. Nos recibió con su habitual frialdad, pero noté algo diferente en su mirada.
—He estado pensando en lo que me dijiste —admitió mientras servía café—. Quizá tienes razón y no he sido justa contigo ni con Luis.
No fue una disculpa completa, pero fue un comienzo. Desde entonces las cosas han mejorado un poco: ya no espero grandes gestos ni regalos caros, pero al menos siento que mi voz cuenta algo más en esta familia.
A veces me pregunto si fui egoísta por exigir igualdad o si simplemente defendí mi dignidad y la de mis hijos. ¿Cuántas mujeres callan por miedo a parecer desagradecidas? ¿Cuántas veces aceptamos las sobras por no querer incomodar? Yo ya no quiero vivir así.
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que te daban solo las migajas? ¿Hasta cuándo hay que aguantar antes de decir basta?