La casa junto al Ebro: El precio de mis sueños

—¡No puedes hacer esto, mamá! —gritó Marta, mi hija mayor, mientras dejaba caer las llaves sobre la mesa de la cocina, con un golpe seco que retumbó por toda la casa.

Yo estaba sentada junto a la ventana, mirando el río Ebro que serpenteaba tranquilo bajo el cielo gris de Zaragoza. El viento traía el olor a tierra mojada y a cañas. Había soñado con este momento durante más de cuarenta años: tener una casa donde reunir a mis hijos y nietos, donde los domingos fueran largos y las risas llenaran el salón. Pero ahora, en vez de alegría, sentía un nudo en el estómago.

—Marta, hija, sólo quiero que estemos todos juntos —susurré, intentando que mi voz no temblara.

—¿Juntos? ¿Después de todo lo que ha pasado entre tú y tía Carmen? ¿Después de lo que le hiciste a papá? —replicó ella, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

Mi hijo pequeño, Luis, entró en ese momento con su hija Lucía en brazos. La niña me miró con esos ojos enormes y oscuros que tanto me recordaban a su abuelo. Luis intentó calmar los ánimos:

—Marta, no es el momento…

Pero Marta no se detuvo. —¡Siempre lo mismo! Mamá decide y los demás tenemos que callar. ¿Por qué no le preguntas a Carmen si quiere venir? ¿O a papá si le parece bien?

Sentí cómo la culpa me apretaba el pecho. Mi marido, Antonio, había muerto hacía dos años. Nunca le confesé que vendí las joyas de mi madre para poder comprar el terreno junto al Ebro. Él siempre soñó con volver a su pueblo en Soria, pero yo insistí en quedarnos cerca del río donde crecí. ¿Fue egoísmo o simplemente el deseo de cumplir un sueño propio?

Carmen, mi hermana pequeña, llevaba años sin hablarme. Todo empezó por una discusión absurda sobre la herencia de nuestra madre: una casa vieja en el centro de Zaragoza que acabamos vendiendo para pagar las deudas de mi hijo mayor, Javier. Carmen nunca me perdonó haber tomado esa decisión sin consultarla.

Ahora, con la nueva casa terminada y las paredes aún oliendo a pintura fresca, los viejos resentimientos salían a flote como troncos arrastrados por la corriente del río.

Esa noche apenas dormí. Escuchaba el rumor del agua y pensaba en mi infancia: los veranos pescando con mi padre, los paseos en bicicleta con Carmen, las meriendas de pan con chocolate bajo los chopos. ¿En qué momento dejamos de hablarnos? ¿Cuándo se rompió todo?

Al día siguiente, decidí invitar a Carmen. Cogí el teléfono y marqué su número con manos temblorosas.

—¿Sí? —su voz sonaba fría, distante.

—Carmen… soy yo. Sofía.

Hubo un silencio largo.

—¿Qué quieres?

—He terminado la casa junto al Ebro. Me gustaría que vinieras… que vinierais todos. Los niños preguntan por ti.

Escuché cómo suspiraba al otro lado.

—No sé si puedo perdonarte —dijo finalmente—. No por la casa, sino por todo lo demás.

—Lo sé —respondí—. Pero quiero intentarlo. No quiero que mis nietos crezcan sin conocer a su tía.

Colgó sin decir adiós. Me quedé mirando el teléfono como si esperara que sonara de nuevo.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Marta seguía enfadada conmigo; Luis intentaba mediar pero se notaba cansado; Javier ni siquiera contestaba mis mensajes. Sólo Lucía parecía feliz correteando por el jardín, recogiendo flores silvestres para hacerme coronas.

Una tarde, mientras preparaba tortilla de patatas para cenar, Marta entró en la cocina y se sentó frente a mí.

—Mamá… ¿por qué nunca nos contaste lo de las joyas? ¿Por qué siempre has tenido que cargar tú sola con todo?

Me detuve un momento, cuchillo en mano.

—Porque tenía miedo —admití—. Miedo de que pensarais que era una egoísta. Miedo de perderos.

Marta bajó la mirada. —A veces siento que nunca te hemos conocido de verdad.

Me acerqué y le cogí la mano.

—Todavía estamos a tiempo, hija.

El domingo siguiente preparé una comida para toda la familia. Puse la mesa en el porche, con vistas al río. Al mediodía llegaron Luis y Lucía; luego Javier apareció con su mujer y sus dos hijos pequeños. Marta vino sola; su marido estaba trabajando en Madrid.

Cuando ya pensaba que Carmen no vendría, vi su coche aparcar junto al portón. Bajó despacio, con una bolsa en la mano y los ojos brillantes de emoción contenida.

—Hola —dijo simplemente.

Nadie habló durante unos segundos. Luego Lucía corrió hacia ella y le dio un abrazo tan fuerte que Carmen rompió a llorar.

La comida transcurrió entre silencios incómodos y miradas furtivas. Pero cuando saqué el flan casero —la receta de nuestra madre— todos sonrieron por primera vez en mucho tiempo.

Al caer la tarde, Carmen se acercó a mí mientras recogíamos los platos.

—No sé si podré olvidar todo lo que pasó —me dijo—. Pero quiero intentarlo… por los niños.

La abracé fuerte, sintiendo cómo algo dentro de mí se liberaba al fin.

Ahora, sentada junto al Ebro mientras cae la noche y escucho las risas de mis nietos jugando en el jardín, me pregunto: ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por nuestros sueños? ¿Vale la pena si eso significa herir a quienes más amamos?

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestros sueños tenían un precio demasiado alto?