El último adiós: Un reencuentro marcado por el pasado
—¿De verdad crees que puedes aparecer así, después de todo? —le espeté a Luis nada más abrir la puerta. Mi voz temblaba, no sabía si de rabia o de miedo. Él bajó la mirada, como si la culpa pesara más que nunca sobre sus hombros. Detrás de mí, en el pasillo, escuché los pasos inquietos de nuestro hijo, Daniel, que tenía apenas nueve años y demasiadas preguntas para su corta edad.
Era una tarde fría de noviembre en Madrid. El cielo plomizo parecía reflejar mi ánimo. Llevaba tres años criando sola a Daniel desde que Luis se marchó con otra mujer, dejándonos con promesas rotas y un vacío imposible de llenar. Ahora, tras un diagnóstico médico que le dejaba poco tiempo, Luis quería despedirse de su hijo. Me lo pidió por teléfono, con una voz quebrada que no reconocí al principio.
—Carmen, por favor… sólo quiero verle una vez más. Sé que no merezco tu perdón, pero él… él tiene derecho a despedirse —me suplicó.
Durante días, la rabia me devoró por dentro. ¿Por qué tenía que ser yo quien facilitara ese encuentro? ¿Por qué tenía que ser fuerte otra vez, cuando él fue tan cobarde? Pero cada vez que miraba a Daniel, veía en sus ojos la misma mezcla de tristeza y esperanza que yo sentía. No podía negarle ese último adiós.
El día llegó demasiado pronto. Preparé a Daniel con palabras sencillas: “Papá quiere verte. Está enfermo.” Él no preguntó mucho, sólo asintió y se abrazó a mí con fuerza. En ese momento supe que debía dejar a un lado mi dolor por él.
Luis entró en casa como un fantasma del pasado. Había envejecido; sus ojos ya no brillaban como antes. Daniel se quedó quieto, mirándole desde el sofá.
—Hola, campeón —dijo Luis con voz temblorosa.
Daniel no respondió al principio. Yo me mantuve cerca, lista para intervenir si algo iba mal. Luis se arrodilló frente a él y sacó una pequeña caja de madera.
—Esto es para ti —le dijo—. Es el reloj de tu abuelo. Quiero que lo tengas tú.
Daniel lo tomó entre sus manos, sin saber muy bien qué hacer. Yo sentí un nudo en la garganta; ese reloj había sido motivo de tantas discusiones entre Luis y su padre…
—¿Por qué te vas? —preguntó Daniel de repente, con esa sinceridad brutal que sólo tienen los niños.
Luis tragó saliva y me miró buscando ayuda, pero yo sólo pude encogerme de hombros. Era su momento para ser valiente.
—A veces los mayores cometemos errores muy grandes —dijo él—. Me equivoqué mucho contigo y con mamá. Ahora estoy enfermo y no puedo quedarme mucho tiempo más… pero quiero que sepas que siempre te he querido.
Daniel bajó la cabeza. Yo sentí cómo mi corazón se rompía otra vez, pero esta vez era distinto: era por mi hijo, no por mí.
—¿Vas a volver algún día? —insistió Daniel.
Luis negó con la cabeza y le abrazó con torpeza. Yo aparté la mirada para no llorar delante de ellos.
Después de unos minutos eternos, Luis se levantó y me miró a los ojos por primera vez desde que entró en casa.
—Gracias, Carmen —susurró—. No sé cómo compensarte todo esto.
No respondí. No había palabras suficientes para tanto dolor acumulado. Le acompañé hasta la puerta; antes de salir, se giró una última vez.
—Cuídale mucho… Y cuídate tú también.
Cerré la puerta despacio y me apoyé contra ella, sintiendo cómo las lágrimas caían sin control. Daniel vino corriendo y se abrazó a mí con fuerza.
—¿Mamá? ¿Tú también te vas a ir algún día? —me preguntó con voz temblorosa.
Le besé la frente y le prometí que siempre estaría a su lado. Pero en mi interior sabía que nada dura para siempre; sólo podemos intentar hacerlo lo mejor posible mientras estamos aquí.
Esa noche, mientras Daniel dormía abrazado al reloj de su abuelo, me pregunté si alguna vez lograría perdonar del todo a Luis o si el rencor sería mi única compañía en las noches frías de Madrid.
¿Es posible dejar atrás el pasado cuando las heridas siguen abiertas? ¿O sólo aprendemos a vivir con ellas?