Un susurro en la casa vacía: «¿Cuándo empecé a olvidarme de mí?»

—¿Por qué siempre tienes que meterte en todo, mamá?— La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan afilada como el portazo que la siguió. Me quedé quieta, con la mano aún en el pomo de la puerta, sintiendo cómo el silencio se colaba por las rendijas de la casa. El reloj de pared marcaba las siete y media, pero en mi pecho era medianoche.

No era la primera vez que discutíamos. Desde que mi marido, Antonio, murió hace seis años, mi vida se había reducido a cuidar de mis hijos y, últimamente, de mis nietos. Lucía, mi hija mayor, siempre decía que me entrometía demasiado. Pero ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no preocuparme si veía a mi nieto Pablo encerrado en su habitación, con los auriculares puestos y la mirada perdida? ¿O a Lucía llegar cada noche más cansada del hospital, sin fuerzas ni para cenar?

A veces me pregunto cuándo empecé a olvidarme de mí. Recuerdo que de joven soñaba con viajar a Granada, perderme entre los patios de la Alhambra y escribir un libro sobre mujeres como yo: invisibles, pero imprescindibles. Pero los sueños se fueron quedando atrás, primero por los niños, luego por el trabajo de Antonio, después por los nietos…

—Mamá, ¿puedes recoger a Pablo del instituto?— me preguntó Lucía una mañana mientras se ataba el pelo con prisas.
—Claro, hija. No te preocupes.

Y así cada día. Mi vida era una sucesión de favores y rutinas: hacer la compra para todos, preparar la comida que a cada uno le gustaba, escuchar los problemas de mi hijo Sergio —que a sus 40 años aún no sabía si quería quedarse en Madrid o irse a Valencia con su novia—. Nadie preguntaba qué quería yo.

Una tarde de otoño, mientras doblaba la ropa en el salón, escuché a mis nietos discutir por el mando de la tele. Me asomé y vi cómo Pablo empujaba a su hermana pequeña.

—¡Basta ya!— grité más fuerte de lo que pretendía.

Se hizo un silencio incómodo. Los niños me miraron como si fuera una extraña. Me senté en el sofá y sentí una punzada en el pecho: ¿en qué momento me convertí en la abuela gruñona?

Esa noche no pude dormir. Me levanté y recorrí la casa en penumbra. Las fotos familiares llenaban las estanterías: bodas, comuniones, veranos en Benidorm… Pero en ninguna salía yo sola. Siempre estaba al fondo, sujetando un abrigo o sirviendo refrescos.

Al día siguiente, decidí hacer algo diferente. Fui a la biblioteca del barrio y saqué un libro sobre Granada. Me senté en un banco del parque y leí hasta que el sol empezó a caer. Por primera vez en años sentí que hacía algo solo para mí.

Cuando volví a casa, Lucía me esperaba en la cocina.
—¿Dónde estabas? Pablo te ha estado llamando.
—He salido a leer un rato.— contesté sin mirar al suelo.
Ella frunció el ceño.
—¿No podías avisar? Sabes que te necesitamos.

Me mordí la lengua para no gritarle que yo también me necesitaba. Que estaba cansada de ser solo el pegamento que mantenía unida a la familia.

Esa noche escribí una carta que nunca entregué:
«Querida Lucía,
No sé cuándo dejé de ser Carmen para convertirme solo en mamá o abuela. A veces siento que si desapareciera nadie lo notaría, salvo porque faltaría alguien para poner lavadoras o escuchar vuestras penas. Pero yo también tengo sueños. Quiero ver la Alhambra antes de morir. Quiero escribir mi historia. ¿Es egoísta querer vivir algo solo para mí?»

Guardé la carta en el cajón de mi mesilla y lloré en silencio.

Los días siguientes intenté pequeños cambios: salía a caminar sola por el Retiro, me apunté a un taller de escritura en el centro cultural del barrio (aunque era la mayor del grupo con diferencia), incluso rechacé alguna petición de Sergio con una excusa piadosa.

Pero cada paso hacia mí misma parecía alejarme más de mi familia. Lucía empezó a llamarme menos; Sergio dejó de pasar por casa tan a menudo; mis nietos preferían quedarse con su otra abuela los fines de semana.

Una tarde lluviosa, mientras miraba por la ventana las luces de Madrid encendiéndose poco a poco, sentí una mezcla de libertad y culpa tan intensa que tuve que sentarme. ¿Era esto lo que quería? ¿Merecía la pena perder el cariño de los míos por encontrarme a mí misma?

Un domingo cualquiera, Lucía vino a verme sola. Se sentó frente a mí y durante unos minutos ninguna dijo nada.
—Mamá… últimamente estás diferente.— murmuró al fin.
—¿Diferente cómo?
—No sé… más distante. Como si ya no te importáramos.
La miré fijamente.
—Siempre os he querido más que a nada en este mundo. Pero también quiero quererme un poco a mí misma antes de que sea tarde.
Lucía bajó la mirada y suspiró.
—Supongo que nunca pensé que tú también tuvieras derecho a eso.

Nos abrazamos largo rato. No solucionamos nada esa tarde, pero fue un comienzo.

Hoy he comprado un billete para Granada. Iré sola. Quizá escriba ese libro que siempre soñé. O quizá solo camine entre los jardines y respire hondo sabiendo que, por fin, estoy viviendo algo solo para mí.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo hay en España, viviendo vidas prestadas? ¿Es demasiado tarde para empezar a vivir para una misma? ¿Y si nunca lo intentamos?