La herencia de la discordia: Un piso, tres generaciones y un silencio que duele
—¿Así que ya está? ¿Ni siquiera me lo consultaste? —La voz de Carmen retumbó en el salón, tan fría como la tarde de noviembre que se colaba por la ventana.
Me quedé sentada en mi butaca, con las manos temblorosas sobre el regazo. Lucía, mi nieta, miraba al suelo, incapaz de sostener la mirada de su madre. El papel del notario aún estaba sobre la mesa, como una sentencia irrevocable.
—Carmen, hija, no es lo que piensas…
—¿No es lo que pienso? ¡Has regalado el piso a Lucía! ¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti?
El silencio se hizo espeso. Sentí cómo la distancia entre nosotras crecía, como si cada palabra fuera un ladrillo más en el muro que nos separaba.
No sé en qué momento empecé a temerle a la soledad. Quizá fue cuando murió tu padre, Carmen. O cuando te fuiste a Madrid a buscarte la vida y yo me quedé aquí, en este piso de Lavapiés, viendo cómo los años se me escurrían entre los dedos. Lucía venía a verme cada semana; me traía pan del bueno, me ayudaba con la compra, me escuchaba hablar de los años setenta y de cómo tu padre y yo bailábamos en las verbenas del barrio.
No fue una decisión fácil. El notario me miró con esos ojos cansados y me preguntó si estaba segura. Yo asentí. Pensé que así aseguraba el futuro de Lucía, que no tendría que hipotecarse hasta los sesenta como tantos jóvenes ahora. Pensé que tú lo entenderías, Carmen. Que verías que era por amor.
Pero tu reacción fue un portazo. Un silencio largo y cruel. No respondes a mis llamadas. No vienes a verme. Ni siquiera en Navidad.
Lucía intenta mediar. «Abuela, mamá necesita tiempo», me dice mientras me acaricia la mano. Pero yo veo el dolor en sus ojos también. La culpa la corroe. «Quizá deberíamos devolverle el piso», susurra a veces. Pero ya nada es tan sencillo.
Las vecinas cuchichean en el portal. «¿Has visto lo que ha hecho Nora?», murmuran entre ellas. En la panadería, Antonia me mira con compasión. «Las familias son complicadas, hija», dice mientras me da el cambio.
Por las noches no duermo. Repaso cada conversación con Carmen desde que era niña: sus rabietas, sus risas, sus sueños de ser artista antes de que la vida la hiciera administrativa en una oficina gris. ¿En qué momento dejamos de entendernos?
Un día recibo una carta suya. Reconozco su letra al instante: apretada, nerviosa.
«Mamá,
No puedo creer que hayas tomado esa decisión sin mí. Siento que nunca fui suficiente para ti. Siempre Lucía primero, siempre los demás antes que yo. No sé si podré perdonarte.
Carmen»
Lloro sobre el papel como no lloraba desde que era niña. ¿De verdad he sido tan injusta? ¿He repetido los errores de mi propia madre?
Intento escribirle una respuesta:
«Carmen,
Te quiero más que a nada en este mundo. No quise hacerte daño. Solo quise proteger a Lucía como te protegí a ti tantas veces. Pero entiendo tu dolor y lo siento con toda mi alma.
Mamá»
No sé si servirá de algo. Lucía insiste en que hablemos las tres juntas, pero Carmen se niega.
Los días pasan lentos. El piso está más silencioso que nunca. A veces creo oír tus pasos por el pasillo, Carmen, como cuando eras pequeña y venías corriendo a mi cama después de una pesadilla.
Una tarde de abril, Lucía llega llorando. «Mamá dice que no quiere saber nada más ni de ti ni de mí», solloza. La abrazo fuerte, sintiendo su temblor contra mi pecho.
—¿Hemos hecho mal, abuela?
No sé qué responderle.
El barrio sigue su curso: los niños juegan en la plaza, los bares llenos de risas y cañas al atardecer. Pero yo me siento apartada del mundo, atrapada entre el pasado y un futuro incierto.
He pensado en vender el piso y repartir el dinero entre las dos, pero Lucía se niega: «Eso no arreglará nada».
A veces sueño con Carmen pequeña, con su pelo revuelto y sus ojos llenos de vida. Me despierto llorando y preguntándome si algún día podré abrazarla otra vez.
¿Es posible reparar un corazón roto por amor mal entendido? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? Porque yo ya no sé si hice lo correcto o si perdí para siempre a mi hija por intentar proteger a mi nieta.