Espejos Rotos: Doce Años de Mentiras
—¿Por qué huele a perfume de mujer en tu camisa, Luis? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía la prenda entre mis manos. Él ni siquiera me miró a los ojos; se limitó a encogerse de hombros, como si no entendiera la gravedad de mi pregunta. En ese instante, sentí cómo el suelo bajo mis pies se abría y caía en un abismo de dudas y sospechas.
No era la primera vez que notaba algo raro. Desde hace meses, Luis llegaba tarde a casa, siempre con excusas vagas: reuniones interminables, atascos en la M-30, cenas de trabajo. Pero esa noche, mientras nuestra hija Lucía dormía en su habitación, el silencio de nuestro piso en Vallecas se volvió insoportable. Me senté en el sofá, abrazando mis rodillas, y sentí cómo las lágrimas me quemaban las mejillas.
Recordé el día de nuestra boda en la iglesia de San Cayetano, rodeados de toda la familia. Mi madre, Mercedes, lloraba de emoción; mi padre, Antonio, me apretaba la mano con orgullo. Doce años después, ese recuerdo se sentía como una película ajena. ¿En qué momento se rompió todo?
Al día siguiente, no pude evitar espiarle el móvil. No me siento orgullosa, pero la desconfianza ya era un monstruo que me devoraba por dentro. Encontré mensajes con una tal Marta: frases cariñosas, fotos juntos en una terraza del centro. Sentí náuseas. El corazón me latía tan fuerte que pensé que Lucía podría oírlo desde su habitación.
—¿Por qué me haces esto? —le grité esa noche, enfrentándole por fin.
Luis no negó nada. Bajó la cabeza y murmuró:
—No sé… Me siento vacío. No quería hacerte daño.
Vacío. Yo también me sentía vacía ahora. Pero tenía que ser fuerte por Lucía. Ella no tenía culpa de nada. Durante días, fingí normalidad delante de ella: le preparaba el desayuno, le ayudaba con los deberes, le leía cuentos antes de dormir. Pero cada vez que me miraba con esos ojos grandes y confiados, sentía que le estaba fallando.
La noticia no tardó en llegar a mis padres. Mi madre vino corriendo a casa, con su bolso enorme y su abrigo de cuadros.
—Carmen, hija, ¿cómo has podido dejar que esto pase? —me reprochó entre lágrimas.
—No lo he dejado pasar, mamá. Simplemente… ha pasado —le respondí, agotada.
Mi padre fue más duro:
—Ese hombre nunca me gustó del todo. Ahora tienes que pensar en Lucía y en ti.
Pero yo no quería escuchar reproches ni consejos vacíos. Lo único que necesitaba era un poco de paz para pensar. Las discusiones con Luis se volvieron diarias: sobre el piso, sobre la custodia de Lucía, sobre el dinero. Cada conversación era una batalla campal.
Una tarde, mientras recogía a Lucía del colegio, me encontré con Marta en la puerta. Era más joven que yo, con el pelo rubio y una sonrisa falsa.
—Hola, Carmen —me dijo con voz suave—. Siento mucho todo esto.
No supe qué contestar. Solo quería desaparecer. Lucía tiró de mi mano:
—¿Quién es esa señora?
—Nadie importante —le susurré.
Las semanas pasaron entre abogados y papeles interminables. La familia de Luis me culpaba a mí: decían que estaba demasiado centrada en el trabajo o que ya no cuidaba como antes la casa. Mis amigas intentaban animarme con frases hechas: “Eres fuerte”, “Esto te hará mejor persona”, “El tiempo lo cura todo”. Pero yo solo quería volver a sentirme yo misma.
Una noche, después de dejar a Lucía en casa de mis padres para poder llorar sin testigos, me miré al espejo del baño y apenas me reconocí. Tenía ojeras profundas y el pelo revuelto. Recordé cómo era antes: alegre, llena de sueños. ¿Dónde había quedado esa Carmen?
Empecé a salir a caminar por el Retiro al atardecer. El aire fresco me ayudaba a pensar. Un día me crucé con Raquel, una antigua compañera del instituto.
—¡Carmen! ¿Eres tú? —me abrazó fuerte—. ¿Qué tal te va?
No pude evitar romper a llorar en sus brazos.
Raquel me invitó a tomar un café y hablamos durante horas. Me contó cómo había superado su propio divorcio y cómo había vuelto a empezar desde cero.
—No eres menos por lo que te ha pasado —me dijo—. Eres más fuerte ahora.
Poco a poco empecé a reconstruirme: retomé mis clases de pintura en el centro cultural del barrio; empecé a salir con amigas los viernes; incluso me atreví a viajar sola un fin de semana a Granada para visitar la Alhambra y perderme entre sus jardines.
Lucía también cambió: al principio estaba triste y callada, pero poco a poco volvió a reír y a jugar como antes. Un día me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Mamá, yo siempre estaré contigo.
A veces todavía duele ver a Luis con Marta por el barrio o escuchar los comentarios maliciosos de algunos vecinos. Pero ya no me siento rota; ahora sé que puedo volver a empezar.
¿De verdad merecemos cargar con las culpas ajenas? ¿Cuántas veces tenemos que rompernos para aprender a reconstruirnos?