Entre cuatro paredes: Cómo sobreviví a la casa de mis suegros
—¿Otra vez has dejado los platos sin fregar, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumbó en el pasillo como un trueno inesperado.
Me quedé paralizada, con la esponja aún en la mano. El reloj marcaba las siete de la mañana y ya sentía el peso del día sobre los hombros. No era la primera vez que Carmen encontraba algo que reprocharme. Desde que Sergio, mi marido, y yo nos mudamos a casa de sus padres en Vallecas, cada día era una batalla silenciosa.
Al principio todo parecía sencillo. «Solo serán unos meses, hasta que encontremos piso», me prometió Sergio mientras descargábamos las cajas en aquel salón repleto de fotos familiares. Pero los meses se convirtieron en años. El alquiler en Madrid era imposible y nuestros sueldos apenas daban para sobrevivir. Así que cada mañana me despertaba con la sensación de estar invadiendo un territorio ajeno.
—No te preocupes, mamá, lo hago yo —intervino Sergio, intentando calmar el ambiente.
Pero Carmen ya había girado sobre sus talones, murmurando algo sobre la juventud y la falta de educación. Me mordí el labio para no responder. No quería más discusiones. Había aprendido a callar, a hacerme pequeña entre esas cuatro paredes.
El verdadero problema no eran los platos ni el desorden. Era esa mirada constante, ese juicio silencioso que me perseguía incluso cuando estaba sola en el baño. Carmen tenía una habilidad especial para aparecer en el momento menos oportuno: cuando hablaba por teléfono con mi madre, cuando intentaba leer un libro en el sofá, cuando cocinaba mi propia comida porque no soportaba más lentejas.
—¿No te gusta mi comida? —me preguntó una tarde, cruzada de brazos en la puerta de la cocina.
—Claro que sí, Carmen, solo que hoy me apetecía algo diferente —mentí, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
—Pues aquí siempre hemos comido lo mismo y nadie se ha muerto —sentenció.
Mi suegro, Antonio, era más discreto pero igual de presente. Se pasaba el día viendo la televisión y apenas hablaba conmigo, pero su silencio era otra forma de recordarme que no pertenecía a esa casa. A veces lo escuchaba discutir con Carmen por mi culpa:
—Déjala en paz, mujer. Bastante tiene con lo suyo.
—¡Lo suyo! Lo suyo es vivir aquí sin aportar nada —respondía ella, sin bajar la voz.
Yo sí aportaba. Pagábamos parte de los gastos y yo me encargaba de limpiar y cocinar cuando podía. Pero nada era suficiente. Me sentía como una invitada incómoda en mi propia vida.
Las cosas empeoraron cuando empecé a trabajar desde casa. Mi despacho improvisado era la mesa del comedor y cada vez que tenía una videollamada importante, Carmen entraba sin avisar:
—¿Vas a tardar mucho? Tengo que poner la mesa.
O peor aún:
—¿Por qué hablas tan alto? Se te oye desde la calle.
Empecé a evitar salir de mi habitación. Me refugiaba entre las sábanas, escuchando música con auriculares para no oír las discusiones del salón. Sergio intentaba mediar, pero siempre acabábamos peleando nosotros también.
—No puedo más —le dije una noche entre lágrimas—. Siento que me estoy volviendo invisible.
—Lucía, aguanta un poco más. Pronto encontraremos algo —me suplicó él, acariciándome el pelo.
Pero yo ya no era la misma. Había dejado de ver a mis amigas porque no soportaba las preguntas: «¿Todavía seguís en casa de tus suegros?». Mi madre me llamaba cada semana y yo le mentía: «Estamos bien, solo es cuestión de tiempo».
El día que todo estalló fue un domingo cualquiera. Carmen entró en nuestra habitación sin llamar y me encontró llorando en silencio.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó, sin pizca de ternura.
—Nada —respondí, limpiándome las lágrimas con rabia.
—Si no estás a gusto aquí, ya sabes dónde está la puerta —dijo antes de marcharse.
Esa noche le pedí a Sergio que nos fuéramos aunque fuera a una habitación compartida o a casa de algún amigo. Pero él dudó:
—¿Y si esperamos un poco más? Mis padres solo quieren ayudarnos…
Sentí cómo se rompía algo dentro de mí. ¿Ayudarnos? ¿Eso era ayudar?
Al día siguiente hice las maletas y me fui a casa de mi hermana Ana en Carabanchel. Sergio se quedó con sus padres. Durante semanas apenas hablamos. Yo lloraba cada noche pensando si había hecho bien o si estaba traicionando a mi marido por no aguantar más.
Con el tiempo entendí que nadie tiene derecho a decidir cómo debes vivir tu vida ni cuánto espacio mereces. Volví a ser yo misma poco a poco: recuperé mis amistades, encontré un trabajo mejor y hasta volví a sonreír sin miedo a ser juzgada.
Sergio y yo seguimos juntos, pero ya no vivimos bajo el mismo techo que sus padres. A veces pienso en Carmen y Antonio y me pregunto si alguna vez entendieron lo que supuso para mí vivir entre sus cuatro paredes.
¿De verdad es tan difícil aceptar a alguien diferente en tu familia? ¿Cuántas Lucías habrá ahora mismo sintiéndose invisibles en casas ajenas?