Mi marido pagaba las deudas de su exmujer a mis espaldas: el día que mi mundo se vino abajo

—¿Por qué tienes que irte otra vez tan tarde, Sergio? —le pregunté mientras recogía los platos de la cena, intentando que mi voz no temblara. Él ni siquiera me miró. Se limitó a encogerse de hombros y a murmurar algo sobre un asunto del trabajo. Pero yo ya sabía que mentía. Lo supe por la forma en que evitó mis ojos, por ese silencio incómodo que se instaló entre nosotros desde hacía semanas.

No era la primera vez que notaba algo raro. Llamadas a deshoras, mensajes que borraba antes de que yo pudiera verlos, salidas repentinas con excusas cada vez más absurdas. Durante años pensé que Sergio y yo éramos un equipo, que no había secretos entre nosotros. Pero esa noche, mientras lavaba los platos con las manos temblorosas, sentí por primera vez el peso de la desconfianza.

La gota que colmó el vaso llegó un viernes cualquiera. Sergio había dejado su portátil abierto en la mesa del salón. No suelo fisgonear, pero algo me empujó a mirar. Un correo con el asunto “Transferencia confirmada” llamó mi atención. Lo abrí. Era un justificante bancario: 1.200 euros transferidos a nombre de Lucía Gómez. Su exmujer.

El corazón se me encogió. ¿Por qué le mandaba dinero? ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso seguía sintiendo algo por ella? ¿Y por qué no me lo había contado?

Esa noche no pude dormir. Cuando Sergio llegó, fingí estar dormida. Pero en mi cabeza no dejaban de girar las preguntas y los miedos. Al día siguiente, decidí enfrentarlo.

—¿Me puedes explicar por qué le envías dinero a Lucía? —le solté nada más despertarnos.

Sergio se quedó helado. Tardó unos segundos en reaccionar.

—No es lo que piensas, Marta —dijo al fin, bajando la mirada—. Lucía está pasando por un mal momento… tiene muchas deudas y…

—¿Y tú eres su salvador ahora? ¿Y yo qué? ¿No merezco saberlo? —mi voz se quebró.

—No quería preocuparte —susurró—. Pensé que era lo correcto ayudarla… después de todo lo que vivimos juntos.

—¿Lo correcto para quién? ¿Para ella o para ti? —le espeté, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.

A partir de ese momento, todo cambió entre nosotros. Empecé a dudar de cada palabra, de cada gesto. Me preguntaba si alguna vez había sido sincero conmigo o si siempre había una parte de él reservada para Lucía.

Las discusiones se volvieron diarias. Yo le reprochaba su falta de honestidad; él me acusaba de no entender su sentido del deber. Nuestra hija, Paula, empezó a notar la tensión en casa. Una noche la escuché llorar en su habitación y sentí una punzada de culpa: estábamos destruyendo nuestra familia por culpa de un secreto.

Intenté hablar con Lucía. La llamé, temblando, sin saber qué esperaba encontrar al otro lado del teléfono.

—Marta… no quería causarte problemas —me dijo ella, con voz cansada—. Sergio solo intentaba ayudarme porque estoy al borde del embargo… No hay nada más entre nosotros, te lo juro.

Pero sus palabras no me consolaron. Sentí rabia hacia ella, hacia Sergio y hacia mí misma por haber confiado ciegamente durante tanto tiempo.

Las semanas pasaron y la situación empeoró. Descubrí que Sergio no solo le había dado dinero una vez: llevaba meses haciéndolo, incluso pidiendo un préstamo a espaldas mías para cubrir las deudas de Lucía. Nuestra cuenta común empezó a resentirse; tuvimos que dejar de lado las vacaciones familiares y posponer la reforma del baño porque “no llegábamos”.

Una tarde, mi madre vino a casa y me encontró llorando en la cocina.

—Hija, nadie merece vivir con esa angustia —me dijo mientras me abrazaba—. Habla con él, pero piensa también en ti y en Paula.

Esa noche esperé a que Paula se durmiera y enfrenté a Sergio por última vez.

—No puedo seguir así —le dije—. Si no confías en mí lo suficiente como para contarme la verdad desde el principio, ¿qué nos queda?

Sergio rompió a llorar como nunca antes lo había visto.

—No quería perderte… Pensé que si te lo contaba te enfadarías y…

—¿Y no ves que el silencio es peor? —le respondí, sintiendo cómo se me rompía el alma.

Decidimos ir a terapia de pareja. Fue duro escuchar verdades incómodas: sobre sus miedos, sobre mi necesidad de control, sobre cómo ambos habíamos dejado de comunicarnos realmente hacía tiempo. Pero también fue el principio de una lenta reconstrucción.

Hoy sigo sin saber si podré volver a confiar plenamente en Sergio. A veces lo miro y me pregunto si hay más secretos escondidos tras esa mirada triste. Pero también sé que nadie es perfecto y que todos arrastramos heridas del pasado.

¿Hasta dónde llega el deber con una expareja? ¿Dónde están los límites entre la compasión y la traición? ¿Es posible reconstruir la confianza después de una mentira así?

A veces me sorprendo mirando a Sergio mientras juega con Paula y me pregunto: ¿vale la pena luchar por lo que fuimos o es mejor dejarlo ir antes de perderme a mí misma?