Ya no reconozco al hombre con el que me casé: Mi matrimonio se rompió entre silencios y la sombra de su madre

—¿Otra vez lentejas, Carmen?— La voz de mi suegra retumba en la cocina como una sentencia. —En mi casa, Luis siempre comía caliente y variado. No sé cómo puedes conformarte con esto.

Luis, sentado a la mesa, ni siquiera levanta la vista del móvil. Los niños se miran entre sí, incómodos. Yo respiro hondo y sonrío, como si no me importara. Pero por dentro, algo se rompe. Otra vez.

Me llamo Carmen y llevo quince años casada con Luis. Cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca, éramos inseparables. Compartíamos sueños, risas y hasta los silencios eran cómodos. Pero desde hace un año, todo cambió. Desde que su madre, Doña Pilar, se vino a vivir con nosotros tras quedarse viuda, mi matrimonio se ha ido desmoronando poco a poco.

Al principio pensé que era temporal. Que el duelo la tenía irritable y que Luis necesitaba apoyarla. Pero pronto su presencia se volvió asfixiante. Pilar opina sobre todo: cómo visto a los niños, cómo cocino, cómo limpio la casa. Y lo peor es que Luis ha empezado a repetir sus palabras como si fueran propias.

—Mamá tiene razón, Carmen. Los niños deberían ir más abrigados— me dice una tarde de enero mientras visto a Lucía y a Marcos para el colegio.

—Luis, estamos en Madrid, no en Burgos. No hace falta bufanda para 12 grados— le respondo, intentando sonar tranquila.

Pero él solo suspira y se va al trabajo sin despedirse.

Las noches son las peores. Cuando los niños duermen y Pilar se encierra en su cuarto a ver la novela, el silencio entre nosotros es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Antes hablábamos de todo: del trabajo, de los amigos, de nuestros planes para el verano. Ahora solo hablamos de lo imprescindible: facturas, deberes de los niños, la compra.

Una noche, incapaz de soportar más la distancia, me acerco a Luis en la cama.

—¿Tú eres feliz?— le pregunto en voz baja.

Él tarda en responder. —No lo sé— dice al fin. —No sé si te quiero como antes.

Siento un frío recorrerme el cuerpo. Me doy la vuelta y lloro en silencio para que no me oiga.

Al día siguiente, Pilar comenta durante el desayuno:

—Luis siempre fue muy reservado. Pero contigo está más callado que nunca. ¿No será que le agobias?

A veces pienso que disfruta viendo cómo me desmorono poco a poco.

Intento hablar con Luis varias veces, pero siempre tiene prisa o está cansado. Cuando le propongo ir a terapia de pareja, se ríe.

—¿Para qué? Si el problema es que no sabes llevarte bien con mi madre.

Me siento sola en mi propia casa. Los niños empiezan a notar la tensión. Lucía me pregunta si estoy enfadada con papá. Marcos se encierra más en sí mismo.

Un sábado por la tarde, mientras recojo la ropa del tendedero, escucho a Pilar hablando por teléfono en el salón:

—Esta chica no sabe cuidar de una familia como Dios manda. Si Luis me hiciera caso…

Me tiemblan las manos y dejo caer una camiseta al suelo. Salgo al balcón y respiro hondo para no gritar.

Esa noche decido hablar con mis padres. Mi madre me escucha en silencio y luego me abraza fuerte.

—Hija, nadie tiene derecho a hacerte sentir menos en tu propia casa. Ni siquiera la familia política.

Sus palabras me dan fuerzas para enfrentarme a Luis una vez más.

—No puedo más— le digo una noche mientras los niños duermen. —O ponemos límites a tu madre o esto se acaba.

Luis me mira como si no me reconociera.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy pidiendo que luchemos por nosotros— respondo con lágrimas en los ojos.

Pero él solo se encoge de hombros y sale de la habitación.

Los días pasan y nada cambia. Pilar sigue criticando todo lo que hago; Luis sigue ausente; los niños cada vez más tristes.

Empiezo a buscar piso por mi cuenta. No quiero que mis hijos crezcan pensando que es normal vivir así, sin respeto ni cariño.

Una tarde, mientras preparo la merienda, Lucía se acerca y me abraza fuerte.

—Mamá, ¿por qué ya no sonríes?

No sé qué contestar. Me arrodillo y la abrazo con todas mis fuerzas.

Esa noche tomo una decisión. Al día siguiente reúno a Luis y a Pilar en el salón.

—Me voy— anuncio con voz firme aunque por dentro esté temblando. —Necesito recuperar mi vida y enseñarles a mis hijos que nadie debe dejarse pisotear.

Luis no dice nada; solo baja la cabeza. Pilar murmura algo sobre lo desagradecida que soy.

Recojo mis cosas y las de los niños mientras ellos lloran y me preguntan si papá vendrá con nosotros. No sé qué responderles.

Ahora vivimos en un piso pequeño pero lleno de paz. Los primeros días fueron duros; los niños echaban de menos a su padre y yo lloraba por las noches pensando si había hecho lo correcto.

Pero poco a poco volvimos a reír juntos. Aprendí a poner límites y a valorarme otra vez.

A veces Luis llama para hablar con los niños. Me pregunta si algún día podremos volver a ser una familia.

No tengo respuesta aún. Solo sé que ya no soy la mujer insegura que aguantaba críticas en silencio.

¿Debería darle otra oportunidad? ¿O es mejor enseñarles a mis hijos que el amor propio está por encima de todo?

¿Vosotros qué haríais? ¿Os quedaríais luchando o también os marcharíais para empezar de nuevo?