Veinticinco inviernos lejos de casa: El precio de un padre ausente
—¿Por qué no puedo quedarme esta noche, Lucía? —pregunté, con la maleta aún en la mano, el pasillo oliendo a café recalentado y a ese perfume barato que nunca soporté.
Mi hija ni siquiera me miró. Se limitó a encogerse de hombros, como si mi presencia fuera una molestia más, como si yo no hubiera cruzado media Europa durante veinticinco años para que ella tuviera ese piso en Triana, ese sofá nuevo, esa vida sin sobresaltos.
—Papá, es que… —empezó, pero su voz se apagó. Desde la cocina, escuché a su marido, Andrés, susurrando algo que no alcancé a entender. Me sentí un intruso en mi propia familia.
No era la primera vez. Desde que volví de Alemania, cada visita era más corta, más fría. Había trabajado en una fábrica de Stuttgart desde los treinta hasta los cincuenta y cinco. Cada euro que ganaba lo mandaba a Sevilla: para la hipoteca, para los estudios de Lucía y de mi hijo Álvaro, para que no les faltara nada. Yo dormía en una pensión compartida con otros españoles, soñando con el día en que volvería a casa y todo sería como antes.
Pero no fue así. La primera vez que llamé al timbre del piso que yo mismo había pagado, Lucía tardó en abrirme. Me abrazó rápido, como si tuviera prisa. Álvaro ni siquiera estaba; se había ido a Madrid por trabajo y apenas me llamaba una vez al mes.
—¿Te quedas mucho tiempo por aquí? —me preguntó Lucía esa tarde, mientras recogía los platos con una rapidez casi ansiosa.
—No lo sé… Pensaba quedarme hasta que encontrara algo —mentí. En realidad, no tenía a dónde ir. Mi piso de soltero ya no existía; lo vendí para pagar la entrada del suyo.
Esa noche dormí en un hostal del centro. Me sentí ridículo: un hombre mayor arrastrando una maleta vieja por las calles de su propia ciudad. Al día siguiente intenté hablar con Lucía.
—¿He hecho algo mal? —le pregunté mientras ella preparaba café.
—No, papá… Es solo que… —se quedó callada. Andrés entró en la cocina y me miró con esa mezcla de lástima y fastidio que nunca supe descifrar.
—Aquí estamos muy apretados —dijo él—. Y con los niños… ya sabes.
No dije nada. Me tragué el orgullo y salí a la calle. Caminé hasta el parque donde solía llevar a Lucía y Álvaro cuando eran pequeños. Me senté en un banco y miré a las familias pasar: padres jugando con sus hijos, abuelos recogiendo a los nietos del colegio. Me pregunté si alguna vez volvería a sentirme parte de algo así.
Los días pasaron lentos. Intenté llamar a Álvaro varias veces, pero siempre tenía prisa o estaba reunido. Cuando por fin me contestó, le propuse vernos.
—Papá, ahora no puedo —me dijo—. Tengo mucho lío en el trabajo. Ya te llamo yo.
Colgué y sentí una punzada en el pecho. Recordé todas las noches en Alemania en las que me imaginaba volviendo a casa, rodeado de mis hijos, celebrando juntos la Navidad o cualquier domingo tonto. Pero la realidad era otra: yo era un extraño para ellos.
Un domingo cualquiera me armé de valor y fui a casa de Lucía sin avisar. Llamé al timbre y escuché risas dentro. Cuando abrió la puerta, vi a toda la familia reunida: Andrés, los niños, incluso los suegros de Lucía.
—Papá… hoy estamos con la familia de Andrés —me dijo ella, incómoda—. ¿Por qué no vienes otro día?
Me quedé helado. ¿Acaso yo no era familia? ¿En qué momento me convertí en un invitado incómodo?
Esa noche volví al hostal y lloré como no lo hacía desde niño. Pensé en mi mujer, Carmen, que murió cuando Lucía tenía diez años y Álvaro ocho. Pensé en todo lo que sacrifiqué para que ellos tuvieran lo que yo nunca tuve: estabilidad, oportunidades, una casa propia.
Pero ahora esa casa era solo una dirección más en Sevilla; un lugar donde yo no era bienvenido.
Intenté buscar trabajo para distraerme, pero nadie quería contratar a un hombre mayor sin papeles actualizados ni experiencia reciente en España. Los amigos de mi juventud ya no estaban o habían cambiado tanto que apenas nos reconocíamos.
Un día recibí una llamada inesperada de Álvaro.
—Papá… ¿puedes prestarme algo de dinero? Estoy pasando un mal momento —me dijo sin rodeos.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Solo me buscaban cuando necesitaban algo?
—Claro, hijo —respondí—. Lo que necesites.
Le hice la transferencia sin pensarlo dos veces. Pero después colgué y me sentí vacío. ¿Eso era todo lo que significaba para ellos? ¿Un cajero automático?
Pasaron semanas sin noticias. Un día decidí ir al cementerio a visitar la tumba de Carmen. Me senté junto a su lápida y hablé en voz baja:
—Carmen… ¿en qué fallé? ¿Fue por irme tan lejos? ¿Por perderme sus cumpleaños, sus problemas del instituto? ¿Por pensar que el dinero podía sustituir el cariño?
Las lágrimas caían sin control. Sentí una mano en el hombro: era una señora mayor que también visitaba a su marido fallecido.
—A veces los hijos no entienden los sacrificios hasta que son padres —me dijo con dulzura.
Esa frase me acompañó durante días. Empecé a escribir cartas para Lucía y Álvaro, contándoles todo lo que sentía: mi soledad, mis miedos, mi amor incondicional por ellos pese a todo.
No sé si algún día las leerán o si entenderán lo que quise hacer por ellos. Pero necesitaba decirlo, aunque fuera en papel.
Hoy sigo durmiendo en un pequeño piso alquilado cerca del río Guadalquivir. Camino cada tarde por las calles de Sevilla viendo familias reírse juntas y preguntándome si algún día mis hijos comprenderán mi sacrificio o si siempre seré ese padre ausente al que sólo recuerdan cuando necesitan algo.
¿De verdad es tan difícil perdonar las ausencias cuando el amor fue tan grande? ¿Cuántos padres más estarán ahora mismo sintiendo este mismo vacío?