Mentiras en la Gran Vía: El precio de la confianza

—¿Vas a tardar mucho en volver? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras recogía los platos de la cena.

Luis sonrió, ese gesto tranquilo que siempre me había parecido reconfortante. —Solo dos días, Clara. El curso es en Madrid, regreso el viernes por la noche. No te preocupes.

No te preocupes. Cuántas veces había escuchado esas palabras en los últimos años. Y siempre las creí. Así era nuestra vida: él viajaba por trabajo, yo cuidaba de los niños y de la casa en nuestro piso de Chamberí. La rutina era nuestro refugio y también nuestra condena.

Esa noche, después de acostar a los niños, me quedé sola en el salón, mirando las luces de la ciudad por la ventana. Me pregunté si alguna vez Luis sentía lo mismo que yo: esa mezcla de soledad y resignación, ese miedo sordo a que la costumbre nos estuviera robando algo esencial.

El jueves por la tarde, mientras revisaba el correo del AMPA del colegio, una notificación apareció en mi móvil: «Personas que quizá conozcas». Era una foto reciente, subida por un compañero de Luis. En ella, mi marido sonreía en una terraza de la Gran Vía, con una copa en la mano. A su lado, una mujer joven, morena, con una risa luminosa y una mano apoyada en su brazo.

Sentí un frío repentino en el estómago. No reconocía a esa mujer. ¿Quién era? ¿Por qué estaba tan cerca de él? ¿Por qué no me había hablado de ella?

Intenté convencerme de que no era nada. Quizá solo una compañera del curso. Pero algo en la mirada de Luis, en su postura relajada, me hizo dudar. Esa noche apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía esa imagen: Luis y esa mujer, compartiendo algo que yo desconocía.

El viernes por la tarde, cuando Luis llegó a casa, los niños corrieron a abrazarlo. Yo me quedé en la cocina, fingiendo estar ocupada con la cena. Él entró y me besó en la mejilla.

—¿Qué tal todo? —preguntó.

—Bien —respondí, evitando mirarle a los ojos—. ¿Y el curso?

—Intenso —dijo—. Pero ha merecido la pena.

No mencionó a la mujer. No mencionó nada fuera de lo habitual. Sentí una punzada de rabia y tristeza.

Esa noche, después de acostar a los niños, no pude más.

—He visto una foto tuya en Madrid —dije, intentando mantener la voz firme—. Estabas con una mujer. No la conozco.

Luis se quedó quieto. Su silencio fue peor que cualquier mentira.

—Es solo una compañera del curso —dijo al fin—. Se llama Marta. No es nada.

—¿Nada? —repetí—. ¿Por qué no me hablaste de ella?

Luis suspiró y se sentó a mi lado.

—Clara… últimamente siento que estamos distantes. Que solo hablamos de los niños o del trabajo. Marta… no sé, me escuchó. Me hizo sentir importante otra vez.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Me has engañado? —pregunté con un hilo de voz.

Luis negó con la cabeza.

—No físicamente. Pero sí he pensado en ello. Y lo siento. No quería hacerte daño.

Las lágrimas me ardían en los ojos. Me levanté y salí al balcón, buscando aire entre las luces de Madrid.

Durante días apenas hablamos. Luis intentó acercarse, pero yo necesitaba entender qué había fallado entre nosotros. Recordé las tardes en las que esperaba su llamada y solo recibía mensajes cortos; las noches en las que compartíamos cama pero no palabras; los silencios cada vez más largos.

Una tarde, mi hermana Lucía vino a verme.

—¿Por qué no hablas con él? —me dijo—. A veces nos olvidamos de cuidar lo que tenemos cerca porque creemos que siempre estará ahí.

Pensé en mis padres, en cómo su matrimonio se fue apagando poco a poco hasta que un día mi madre hizo las maletas y se fue sin mirar atrás.

Esa noche busqué a Luis en el salón.

—¿Aún quieres estar conmigo? —le pregunté sin rodeos.

Luis me miró con los ojos llenos de culpa y miedo.

—Sí —susurró—. Pero no sé cómo arreglar esto.

Nos sentamos juntos y hablamos durante horas: de nuestros miedos, de nuestras frustraciones, de todo lo que habíamos callado por miedo a herirnos o a romper esa frágil paz cotidiana.

No fue fácil. Hubo reproches, lágrimas y silencios incómodos. Pero también hubo verdad por primera vez en mucho tiempo.

Decidimos darnos otra oportunidad. Buscar ayuda profesional. Aprender a escucharnos antes de que fuera demasiado tarde.

A veces pienso en Marta y siento celos, rabia y tristeza. Pero también sé que nuestra historia no se rompió solo por ella: fue el resultado de años de descuidos y silencios acumulados.

Ahora intento mirar a Luis con otros ojos; intento recordar por qué le elegí y si aún somos capaces de reconstruir lo perdido.

¿Se puede volver a confiar después de una traición? ¿O las grietas siempre permanecen bajo la superficie, esperando el momento para romperlo todo otra vez?