Entre dos fuegos: Una Navidad que partió mi vida

—¡Siempre igual, Lucía! ¡Siempre tienes que ser el centro de atención y estropearlo todo!—. La voz de mi madre, Carmen, retumbó en el salón, ahogando el murmullo de los villancicos y el tintinear de las copas. Mi padre, Antonio, bajó la mirada hacia su plato de cordero, mientras mi hermana Marta apretaba los labios, incómoda. Yo, sentado entre mi madre y mi esposa, sentí cómo el aire se volvía irrespirable.

Lucía, mi mujer desde hace seis años, se quedó helada. Sus ojos, normalmente tan vivos, se llenaron de lágrimas contenidas. —No entiendo por qué dices eso, Carmen. Solo he intentado ayudar—. Su voz tembló, pero no se rompió.

La mesa estaba llena de comida típica: turrones, polvorones, langostinos… pero nadie tenía hambre ya. Mi sobrino Diego dejó de jugar con su cochecito y me miró asustado. El árbol de Navidad, con sus luces parpadeantes, parecía burlarse de nosotros.

—¿Ayudar?—replicó mi madre, levantándose de golpe—. ¡Desde que entraste en esta familia, nada vuelve a ser igual! Las Navidades ya no son lo que eran. Siempre hay discusiones, siempre hay tensión…

Sentí una punzada en el pecho. Sabía que mi madre nunca había aceptado del todo a Lucía. Para ella, nadie era suficiente para su hijo. Pero esta vez había cruzado una línea.

—Mamá, basta—dije en voz baja, intentando no perder los nervios—. No es justo lo que estás diciendo.

Ella me miró con esos ojos oscuros que tantas veces me habían hecho sentir culpable de niño. —¿Vas a defenderla a ella antes que a tu propia madre?—

Lucía se levantó despacio. —No quiero ser motivo de más discusiones. Me voy a casa—susurró.

La seguí hasta el recibidor. —No te vayas así, por favor—le pedí, sintiendo cómo la rabia y la impotencia me ahogaban.

—No puedo más, Pablo. Cada año es lo mismo. No sé qué he hecho para que tu madre me odie tanto—me dijo entre sollozos.

La puerta se cerró tras ella con un golpe seco. Volví al salón y vi a mi madre sentada en su butaca favorita, con la barbilla alta y los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—¿Estás contenta ahora?—le pregunté, sin poder evitar el reproche.

Ella no contestó. Mi padre intentó mediar: —Carmen, quizá te has pasado…

Pero ella le cortó: —¡No entiendes nada! Yo solo quiero lo mejor para esta familia.

La noche continuó entre silencios incómodos y miradas esquivas. Marta intentó cambiar de tema hablando del trabajo, pero nadie la escuchaba. Cuando por fin me marché, sentí que algo se había roto para siempre.

Al llegar a casa encontré a Lucía sentada en el sofá, abrazada a una manta. Me senté a su lado y la abracé en silencio.

—¿Por qué nunca va a aceptarme?—me preguntó con voz rota.

No supe qué decirle. Recordé las veces que mi madre me había repetido que yo era su niño, su orgullo… y cómo nunca había soportado perder el control sobre mi vida. Recordé también cómo Lucía había intentado integrarse: aprendiendo las recetas de mi abuela, ayudando en todo… pero nada era suficiente.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre me llamaba cada día para preguntarme si iba a ir a comer el domingo. Lucía me pedía que no la dejara sola en casa otra vez. Yo sentía que me partía en dos.

Una tarde, Marta vino a verme al trabajo. —Pablo, mamá está fatal. Dice que la familia se está desmoronando por culpa de Lucía—me confesó.

—¿Y tú qué piensas?—le pregunté.

Marta suspiró.—Creo que mamá nunca va a cambiar. Pero tampoco puedes sacrificar tu matrimonio por ella.

Esa noche hablé con Lucía.—No quiero perderte—le dije—pero tampoco quiero perder a mi familia.

Ella me miró con tristeza.—A veces hay que elegir, Pablo.

La frase me golpeó como un mazazo. ¿De verdad tenía que elegir? ¿No era posible construir un puente entre los dos mundos?

El domingo llegó y fui solo a casa de mis padres. Mi madre me recibió con un abrazo largo y silencioso. Durante la comida apenas hablamos. Al despedirme, le dije:

—Mamá, tienes que entender que Lucía es mi familia ahora también. Si no puedes aceptarla… no sé si podré seguir viniendo.

Vi el miedo en sus ojos por primera vez.—¿Me vas a abandonar por ella?—

—No quiero abandonar a nadie. Pero tampoco puedo permitir que sigas haciéndole daño.

Salí de allí sintiéndome más solo que nunca.

Esa noche Lucía me abrazó fuerte.—Gracias por defenderme—me susurró.

Pero yo no podía dejar de pensar en la mirada herida de mi madre y en la tristeza de Lucía. ¿Por qué el amor tiene que doler tanto? ¿Es posible reconciliar dos mundos cuando ambos se niegan a ceder?

A veces me pregunto si hice lo correcto o si simplemente elegí el mal menor. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede realmente unir una familia rota o solo queda aprender a vivir entre dos fuegos?