Te elijo a pesar de todo: una historia de amor, traición y perdón en una familia española

—¿Por qué no llegas nunca a casa a la hora que dices, Alejandro? —le pregunté aquella noche, con la voz temblorosa y la mirada clavada en el reloj de la cocina. Eran las once y media, y el silencio de nuestro piso en Salamanca era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

Él dejó las llaves sobre la mesa y suspiró, cansado, como si la pregunta le pesara más que el día entero en el bufete. —No empieces otra vez, Lucía. Estoy harto de tus sospechas —me respondió, sin mirarme.

Pero yo ya lo sabía. Lo supe mucho antes de encontrar aquel mensaje en su móvil, mucho antes de que su perfume cambiara y de que empezara a dormir dándose la vuelta. Lo supe porque el amor, cuando se rompe, hace ruido aunque nadie lo escuche.

Mi madre siempre decía que los matrimonios españoles son como las casas viejas: aguantan grietas, humedad y hasta terremotos, pero a veces basta una puerta mal cerrada para que todo se venga abajo. Y yo sentía que nuestra puerta estaba abierta de par en par, dejando entrar el frío de la desconfianza.

La primera vez que vi a Marta fue en una cena de empresa. Ella era todo lo que yo ya no era: joven, risueña, sin ojeras ni cicatrices. Alejandro me la presentó con una sonrisa nerviosa. «Es solo una compañera», dijo. Pero sus ojos decían otra cosa.

Esa noche lloré en silencio en el baño mientras mi hija dormía. Sí, porque después de años de tratamientos, lágrimas y pruebas dolorosas, por fin habíamos conseguido ser padres. Pero ni siquiera ese milagro fue suficiente para salvarnos.

—Mamá, ¿por qué lloras? —me preguntó Sofía una mañana, al verme con los ojos hinchados.

—Es que a veces las mamás también se cansan —le respondí, acariciándole el pelo.

La soledad fue creciendo como una mancha de humedad en las paredes. Mis amigas me decían que aguantara, que todos los hombres son iguales, que pensara en Sofía. Mi hermana Carmen me gritó una tarde en la cocina:

—¡No seas tonta, Lucía! ¿Vas a dejar que te humille así? ¡Tienes derecho a ser feliz!

Pero yo no sabía qué era la felicidad. Solo conocía el miedo: miedo a estar sola, miedo a romper mi familia, miedo al qué dirán en el barrio.

Una tarde de invierno, mientras recogía los juguetes del salón, encontré una carta escondida entre los cojines del sofá. Era de Marta. «No puedo seguir así», decía. «Te quiero, pero no quiero hacer daño a nadie». Sentí un nudo en el estómago y las manos me temblaron tanto que casi no pude guardar la carta.

Esa noche enfrenté a Alejandro. No hubo gritos ni portazos. Solo lágrimas y verdades dichas a media voz.

—¿La amas? —le pregunté.

Él bajó la cabeza. —No lo sé. Solo sé que contigo ya no soy feliz.

Me sentí morir. Pero también sentí algo nuevo: rabia. Rabia por haberme perdido a mí misma intentando salvar lo insalvable.

Pasaron semanas en las que apenas nos hablábamos. Sofía empezó a tartamudear y la profesora me llamó preocupada. Mi madre vino desde Zamora para ayudarme y me abrazó como cuando era niña.

—Hija, nadie te va a juzgar si decides marcharte —me susurró.

Pero yo no quería marcharme. Quería entender si era posible perdonar. Si podía mirar a Alejandro sin ver solo su traición.

Un domingo por la tarde, mientras Sofía pintaba en el suelo del salón, me senté frente a Alejandro.

—No quiero vivir así —le dije—. Pero tampoco quiero que Sofía crezca pensando que el amor es resignación o mentira.

Él lloró por primera vez desde que todo empezó. Me pidió perdón entre sollozos y me confesó que tenía miedo: miedo a ser un mal padre, miedo a perderme, miedo a no saber quién era sin mí.

Decidimos ir a terapia de pareja. No fue fácil. Hubo reproches, silencios incómodos y muchas dudas. Pero poco a poco aprendimos a hablarnos sin herirnos, a mirarnos sin rencor.

Un día, después de una sesión especialmente dura, Alejandro me llevó al parque donde nos dimos nuestro primer beso.

—Te elegiría otra vez —me dijo—. Pero esta vez quiero hacerlo bien.

No sé si el perdón es olvido o simplemente aceptar que nadie es perfecto. Solo sé que elegí quedarme porque quise darme otra oportunidad: a mí misma y a él.

Hoy nuestra familia no es perfecta. Hay días en los que dudo y noches en las que el pasado vuelve como un eco lejano. Pero también hay risas sinceras y abrazos nuevos.

A veces me pregunto si hice lo correcto al perdonar. ¿Se puede reconstruir lo roto o solo aprendemos a vivir entre las grietas? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?