¿Perdí a mi nieta por unos dulces?

—¡No quiero que le des más dinero ni dulces a Anabel! —gritó Sergio, mi yerno, con la voz temblorosa, mientras cerraba la puerta de la cocina de un portazo. El eco retumbó en las paredes de la casa, tan viejas como mis recuerdos. Yo me quedé allí, con las manos manchadas de harina y el corazón encogido, mirando la bandeja de rosquillas que acababa de sacar del horno.

Nunca pensé que un día como ese, tan normal, pudiera acabar así. Era sábado, y como cada semana, mi nieta Anabel venía a pasar la tarde conmigo. Tenía solo siete años, pero ya era la alegría de mi vida. Le encantaba ayudarme a amasar, reírse cuando le salían churros torcidos y, sobre todo, escuchar mis historias de cuando su madre era pequeña y corría entre los olivos del campo.

Aquel día, mientras Anabel decoraba las rosquillas con azúcar glas, me pidió si podía llevarse algunas para sus amigas del colegio. «Claro que sí, mi niña», le dije, «y toma estos cinco euros para que te compres un zumo en el recreo». No pensé que hacía nada malo; siempre he creído que los abuelos estamos para consentir un poco a los nietos, para darles lo que a veces los padres no pueden o no quieren.

Pero Sergio, su padre, no lo vio así. Cuando vino a recogerla y vio el paquete de rosquillas y el billete en la mano de Anabel, se puso furioso. «¡No quiero que le des más dinero ni dulces! ¡Luego soy yo el malo cuando le niego algo!», me gritó delante de la niña. Anabel se quedó paralizada, con los ojos llenos de lágrimas. Yo intenté explicarle que solo quería hacerle un pequeño regalo, pero él no quiso escucharme. Se llevó a Anabel casi a rastras, sin despedirse.

Esa noche no pude dormir. Me sentía humillada, incomprendida. ¿Tan mal estaba lo que hice? ¿No era eso lo que hacían las abuelas? Al día siguiente llamé a mi hija Lucía para intentar aclararlo todo. «Mamá, Sergio está muy enfadado. Dice que siempre te metes en cómo educamos a Anabel», me dijo con voz cansada. «Quizá deberías dejar pasar un tiempo».

Pasaron los días y nadie volvió a llamarme. La casa se me hizo enorme y fría sin las risas de Anabel. Cada vez que veía su taza favorita en el armario o encontraba uno de sus dibujos bajo el sofá, sentía una punzada en el pecho. En el pueblo todos sabían lo que había pasado; las vecinas murmuraban en la tienda y me miraban con lástima.

Una tarde, mientras recogía huevos en el corral, vi a Lucía acercarse por el camino. Venía sola. Me abrazó fuerte, pero noté que estaba tensa.

—Mamá, Sergio no quiere que veas a Anabel por ahora —me dijo sin rodeos—. Dice que no respetas nuestras normas y que eso confunde a la niña.

—¿Y tú qué piensas? —le pregunté con la voz rota.

Lucía bajó la mirada.

—No quiero discutir más en casa. Estoy agotada… Dame tiempo, por favor.

Se fue antes de que pudiera decirle cuánto la necesitaba cerca. Me quedé allí, entre las gallinas y el olor a heno, sintiéndome más sola que nunca.

Los días se hicieron semanas. Empecé a dudar de mí misma: ¿había sido demasiado blanda con mis hijos? ¿Había criado a Lucía para que ahora me diera la espalda? Recordé los sacrificios de toda una vida: levantarme antes del alba para ordeñar vacas, coserles disfraces para el carnaval del pueblo, ahorrar cada peseta para sus estudios… ¿De qué servía todo eso si ahora no podía ver a mi nieta?

Una mañana recibí una carta con la letra temblorosa de Anabel:

«Abuela María: Te echo mucho de menos. Ojalá pueda ir pronto a tu casa y hacer rosquillas contigo. Mamá dice que tengo que portarme bien y obedecer a papá. Yo te quiero mucho. No estés triste. Anabel».

Lloré como una niña al leerla. Guardé la carta bajo mi almohada y cada noche la releía antes de dormir.

En el pueblo algunos decían que debía pedir perdón a Sergio aunque no tuviera razón; otros opinaban que los padres de hoy son demasiado estrictos y no entienden lo importante que es la familia extensa en los pueblos. Mi hermana Pilar vino a verme un domingo:

—María, no puedes dejar que esto te hunda —me dijo—. Habla con Sergio cara a cara. Dile lo que sientes.

Pero yo no tenía fuerzas para enfrentarme a él. Me sentía vieja y cansada; temía empeorar las cosas.

El tiempo siguió pasando. Las fiestas patronales llegaron sin Anabel corriendo por la plaza ni pidiéndome ir juntas a ver los fuegos artificiales. La soledad se volvió rutina; hasta las gallinas parecían menos alegres.

Un día recibí una llamada inesperada: era Lucía.

—Mamá… Sergio ha aceptado que veas a Anabel si prometes respetar nuestras normas —me dijo—. Nada de dinero ni dulces sin permiso.

Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo. ¿Era eso lo que quedaba después de tanto amor? ¿Una relación vigilada y llena de condiciones?

La primera vez que Anabel volvió a casa fue distinta: ya no corrió a abrazarme como antes; me miró con timidez y preguntó si podía ayudarme en la cocina solo si su padre lo permitía. Yo asentí en silencio, tragándome las ganas de llorar.

Ahora vivo con miedo de equivocarme otra vez; cada gesto es medido, cada palabra pensada dos veces. Pero sigo esperando que algún día podamos volver a ser como antes.

A veces me pregunto: ¿de verdad merecen la pena tantas reglas cuando se trata del amor familiar? ¿O estamos perdiendo algo esencial por miedo a equivocarnos? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?