Lágrimas en la Cocina: Cuando Madre e Hija Nos Quedamos Solas
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué se van así? —La voz de Ariana temblaba, sus ojos hinchados y rojos, mientras apretaba la taza de café como si fuera lo único que la mantenía en pie.
No supe qué responderle. Yo misma llevaba horas preguntándome lo mismo. El móvil seguía sobre la mesa, con esa pantalla negra que parecía burlarse de mí. Veinte años de matrimonio y todo se reducía a un mensaje: “No puedo más. Me voy. Lo siento.” Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara. Dos horas después, escuché la puerta cerrarse y supe que no volvería.
Ariana sollozaba a mi lado. Su novio, ese chico de sonrisa fácil y promesas eternas, le había escrito por Instagram: “Necesito tiempo para mí. No me busques.” Así, sin más. Ni una llamada, ni una explicación. Solo un mensaje cobarde.
—No entiendo nada, mamá. ¿Qué hemos hecho mal?
La pregunta me atravesó como un cuchillo. ¿Qué habíamos hecho mal? ¿Acaso amar demasiado? ¿Confiar? ¿Ser vulnerables? Miré a mi hija y sentí una mezcla de rabia y ternura. Ella tenía solo diecinueve años y ya conocía el sabor amargo del abandono. Yo, con cuarenta y cinco, me sentía igual de perdida.
El reloj marcaba las tres de la madrugada. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del pequeño piso en Vallecas donde vivíamos desde hacía años. Todo parecía más gris esa noche.
—¿Te acuerdas cuando papá me enseñó a montar en bici en el parque? —preguntó Ariana de repente, rompiendo el silencio.
Asentí, tragando saliva. Recordé a Luis, mi marido, corriendo detrás de ella, riendo, mientras yo grababa con el móvil. ¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo dejó de mirarme como antes?
—¿Crees que volverán? —insistió Ariana.
No quise mentirle. —No lo sé, cariño. Pero aunque vuelvan… ¿de verdad los queremos de vuelta?
Ariana bajó la mirada. Sus lágrimas caían sobre la mesa de madera, formando pequeños charcos que ninguna de las dos se atrevía a limpiar.
Pasaron los días y la rutina se volvió insoportable. El silencio pesaba en casa como una losa. Mi madre llamaba todos los días desde Salamanca:
—Marina, hija, ¿cómo estáis?
—Bien, mamá —mentía yo—. Estamos bien.
Pero no estábamos bien. Yo apenas comía, Ariana no salía de su habitación. Las vecinas del bloque cuchicheaban en el portal:
—¿Has visto a Luis? Dicen que se ha ido con otra…
—Pobre Marina, con lo buena mujer que es…
Un día, al volver del supermercado, encontré a Ariana sentada en el suelo del baño, abrazando sus rodillas.
—No puedo más, mamá —susurró—. Me duele todo.
Me arrodillé junto a ella y la abracé fuerte. Lloramos juntas durante minutos eternos. En ese abrazo entendí que solo nos teníamos la una a la otra.
Esa noche preparé tortilla de patatas, su plato favorito. Puse la mesa con esmero y encendí una vela.
—¿Celebramos algo? —preguntó Ariana con una sonrisa triste.
—Sí —respondí—. Que seguimos aquí.
Poco a poco intentamos reconstruirnos. Empecé a buscar trabajo porque la pensión que Luis me dejó apenas alcanzaba para pagar las facturas. Encontré un puesto limpiando oficinas en el centro. No era lo que soñaba, pero me devolvió cierta dignidad.
Ariana empezó terapia en el centro de salud del barrio. Al principio no quería ir:
—No estoy loca —protestaba.
—No es cuestión de estar loca —le dije—. Es cuestión de sanar.
Yo también fui a terapia grupal para mujeres separadas. Allí conocí a Carmen y a Lucía, dos mujeres que habían pasado por lo mismo. Compartir el dolor lo hacía más llevadero.
Una tarde de domingo, mientras paseábamos por El Retiro, Ariana me tomó de la mano:
—Gracias por no dejarme caer, mamá.
Sentí un nudo en la garganta. —Gracias a ti por seguir luchando conmigo.
A veces Luis llamaba para preguntar por Ariana. Nunca preguntó por mí. Su voz sonaba lejana, casi desconocida.
—¿Te arrepientes de haberte casado con él? —me preguntó Ariana una noche.
Me quedé pensando largo rato antes de responder:
—No me arrepiento porque gracias a él te tengo a ti. Pero sí me arrepiento de haberme olvidado de mí misma durante tantos años.
El tiempo fue curando las heridas poco a poco. Ariana volvió a sonreír y a salir con sus amigas. Yo aprendí a vivir sola y hasta me apunté a clases de pintura en el centro cultural del barrio.
Un día recibí un mensaje de Luis: “¿Podemos hablar?”
Sentí miedo y rabia al mismo tiempo. Dudé en responderle, pero finalmente escribí: “No tengo nada que decirte.”
Esa noche dormí tranquila por primera vez en meses.
Hoy miro a mi hija y veo una mujer fuerte, capaz de levantarse después de cada caída. Yo también he aprendido a quererme un poco más cada día.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto soltar lo que nos hace daño? ¿Por qué seguimos esperando explicaciones que nunca llegan? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese vacío tras una despedida inesperada?