Ya no veo futuro con tu hijo: el día que mi nuera destrozó mi familia
—Ya no veo ningún beneficio en seguir con tu hijo, Carmen. Me voy.
La voz de Lucía retumbó en el salón, entre las paredes que aún olían a la pintura que Sergio y ella eligieron juntos hace nueve años, cuando compraron la casa con tanta ilusión. Yo estaba sentada en la mesa, con la taza de café temblando entre mis manos. Mi nieta, Paula, jugaba en su habitación sin saber que el mundo de los adultos acababa de romperse en mil pedazos.
No supe qué decir. ¿Cómo se responde a una frase así? ¿Cómo se le explica a una madre que su hijo ya no es suficiente para la mujer que prometió quererle en la salud y en la enfermedad?
Lucía llevaba ocho años de baja por maternidad, aunque en realidad nunca dejó de trabajar. Sostenía la casa, cuidaba a Paula, y cuando Sergio perdió el empleo en la fábrica de automóviles de Valladolid, fue ella quien se puso a limpiar casas para que no nos faltara nada. Yo siempre le agradecí ese esfuerzo, aunque a veces sentía que mi hijo se hundía un poco más cada día.
—¿Y Sergio? —pregunté, intentando que mi voz no se quebrara.
—Sergio ya no lucha, Carmen. No busca trabajo, no habla, no sonríe. Yo no puedo con todo. No puedo ser madre, esposa y sostén de esta familia mientras él se esconde detrás de sus silencios.
Recordé entonces las noches en las que Sergio llegaba tarde a casa, con los ojos rojos y el aliento a cerveza. Decía que buscaba trabajo, pero yo sabía que pasaba horas en el bar del barrio, mirando la tele sin ver nada. La crisis nos golpeó fuerte, pero a él le arrancó el alma.
—¿Has pensado en Paula? —le susurré.
—Por ella lo hago, Carmen. No quiero que crezca viendo a su padre derrotado. No quiero que piense que esto es lo normal.
Me quedé sola en el salón cuando Lucía subió a preparar la maleta. Escuché el sonido de la cremallera y el llanto ahogado de Paula al enterarse de que se iban a casa de su abuela materna. Sergio no estaba. Había salido temprano, como siempre, diciendo que iba a una entrevista. Yo sabía que era mentira.
Esa noche, cuando Sergio volvió, le esperé en la cocina. No hizo falta decir nada. Me miró y supo que Lucía se había ido. Se sentó a mi lado y lloró como un niño pequeño. No recuerdo haber visto nunca a mi hijo tan roto.
—Mamá, ¿qué he hecho mal? —me preguntó entre sollozos.
No supe qué responderle. ¿Fue culpa suya por rendirse? ¿O de Lucía por no aguantar más? ¿O mía, por no haber visto venir el desastre?
Los días siguientes fueron un infierno. Sergio apenas comía, no salía de casa. Yo intentaba animarle, pero él solo repetía que todo era culpa suya. Paula venía los fines de semana, pero ya no era la niña alegre de antes. Me preguntaba cuándo volverían a ser una familia. Yo le mentía, le decía que todo se arreglaría.
Una tarde, Lucía vino a recoger a Paula y me pidió hablar a solas. Nos sentamos en el banco del parque, lejos de oídos indiscretos.
—Carmen, sé que me odias —me dijo sin rodeos.
—No te odio, Lucía. Solo no entiendo cómo hemos llegado hasta aquí.
—Yo tampoco. Pero no puedo seguir así. Sergio necesita ayuda, y yo ya no puedo dársela. He pedido cita para que le vea un psicólogo. Si tú puedes convencerle de ir, tal vez haya esperanza.
Me aferré a esa palabra: esperanza. Esa noche, le hablé a Sergio del psicólogo. Al principio se negó, pero cuando vio el dibujo que Paula le había dejado —un dibujo de los tres juntos, sonriendo—, aceptó ir.
El camino fue largo. Meses de terapia, de recaídas, de silencios incómodos en las comidas familiares. Lucía no volvió, pero poco a poco Sergio empezó a salir del pozo. Encontró un trabajo a media jornada en una tienda de electrodomésticos. No era mucho, pero era un comienzo.
Paula sigue preguntando por qué sus padres ya no viven juntos. Yo le digo que a veces los adultos se pierden y tienen que encontrarse a sí mismos antes de poder cuidar a los demás.
A veces me pregunto si podríamos haber hecho algo diferente. Si el amor basta para sostener una familia cuando todo lo demás se derrumba. O si, al final, todos somos responsables de nuestras propias ruinas.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede reconstruir una familia rota o hay heridas que nunca sanan?