Bendita culpa: el día que olvidé a mi abuela

—Lucía, ¿has visto a tu abuela últimamente? —me preguntó Carmen, la vecina del tercero, con esa voz entre preocupada y acusadora que sólo las vecinas de toda la vida saben usar.

Me quedé helada, con la bolsa de la compra a medio llenar y el móvil vibrando en el bolsillo. No supe qué contestar. ¿Cuándo fue la última vez que vi a la abuela Rosario? ¿La semana pasada? ¿Hace dos? Carmen me miraba fijamente, esperando una respuesta que no tenía.

—Es que… —balbuceé—, he estado liada con el trabajo y los niños…

—Lucía, lleva tres días sin comer. No ha salido ni a por el pan. Yo le he tocado la puerta, pero no responde. ¿Por qué no subes ahora?

Sentí un nudo en el estómago. Dejé la compra en el suelo y subí las escaleras corriendo, con el corazón golpeando tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos. Al llegar a la puerta del piso de mi abuela, llamé con fuerza.

—¡Abuela! ¡Soy yo, Lucía!

Nada. Silencio. Volví a llamar, más fuerte esta vez. Al otro lado, escuché un leve arrastrar de pies y el clic tembloroso del cerrojo. Cuando se abrió la puerta, vi a Rosario: encogida en su bata de flores, los ojos hundidos y el pelo más blanco que nunca.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —murmuró.

Eran las seis de la tarde.

Entré sin pedir permiso y recorrí el piso con la mirada: platos sin lavar, migas en la mesa, una taza de café frío. El olor a soledad era casi físico. Me senté a su lado y le cogí la mano.

—Abuela, ¿has comido hoy?

—No tenía hambre —respondió, apartando la mirada.

Mentía. Lo supe al instante. Me sentí una miserable. ¿En qué momento dejé de preocuparme por ella? ¿Cuándo se volvió tan invisible?

Esa noche no dormí. Llamé a mi hermana Marta, que vive en Valencia y siempre tiene una excusa para no venir.

—¿Y qué quieres que haga yo desde aquí? —me espetó al teléfono—. Bastante tengo con mis cosas. Habla con mamá.

Pero mamá y yo llevábamos meses sin hablarnos desde aquella discusión absurda por la herencia del abuelo. El orgullo nos había separado como un muro de ladrillos fríos.

Al día siguiente, fui al trabajo con los ojos hinchados de llorar. Nadie preguntó nada; en la oficina todos tenemos problemas y nadie quiere cargar con los de los demás. Durante la pausa del café, le conté a mi compañera Ana lo de mi abuela.

—En mi pueblo pasa igual —me dijo—. Los viejos se quedan solos porque todos estamos demasiado ocupados. Pero luego nos arrepentimos cuando ya es tarde.

Sus palabras me dolieron como un puñal. Decidí que no podía dejar que eso pasara con Rosario.

Esa tarde volví al piso de mi abuela con comida caliente y una bolsa llena de magdalenas, sus favoritas. Me senté a su lado mientras cenaba en silencio.

—¿Por qué no me llamaste? —le pregunté.

—No quería molestar —susurró.

Me sentí aún peor. ¿En qué momento le enseñamos a nuestros mayores que son una molestia?

Los días siguientes intenté organizarme mejor: trabajo por las mañanas, niños por las tardes, abuela por las noches. Pero el cansancio me vencía y empecé a discutir con mi marido, Diego.

—No puedes hacerlo todo tú sola —me dijo una noche mientras recogía los platos—. ¿Por qué no pides ayuda a tu madre?

—Porque no me habla —contesté seca.

Él suspiró y se fue al salón sin decir nada más. Sentí que todo se desmoronaba: mi matrimonio, mi familia, mi propia salud mental.

Una tarde, mientras ayudaba a Rosario a bañarse, ella me miró con esos ojos llenos de historias y me dijo:

—No te culpes, hija. Yo también fui hija y sé lo difícil que es estar en medio de todo.

Lloré en silencio mientras le secaba el pelo. Pensé en todas las veces que había dejado pasar una llamada suya porque estaba «ocupada»; en las veces que preferí quedarme viendo una serie antes que visitarla; en los domingos vacíos sin su tortilla de patatas ni sus historias de cuando era joven en Salamanca.

Un domingo decidí invitar a toda la familia a comer en casa de Rosario. Llamé a mamá después de meses sin hablarle.

—Mamá… tenemos que hablar —dije al teléfono, con voz temblorosa.

Hubo un silencio largo al otro lado.

—¿Está bien tu abuela? —preguntó finalmente.

—No mucho. Pero creo que nos necesita a todas.

El domingo llegaron todos: mamá, Marta desde Valencia (por fin), mis hijos corriendo por el pasillo y Diego cargando con las bolsas del súper. Rosario sonreía como hacía años que no la veía sonreír.

Comimos juntas, reímos, discutimos (como siempre), pero por primera vez en mucho tiempo sentí que estábamos sanando algo roto.

Esa noche, mientras recogía los platos con mamá en silencio, ella me miró y dijo:

—Gracias por no rendirte con nosotras.

Me abracé a ella y lloramos juntas en la cocina, rodeadas del olor a café y magdalenas recién hechas.

Hoy sigo luchando por encontrar tiempo para todos: para mis hijos, para Diego, para mí misma… y para Rosario. No siempre lo consigo. A veces vuelvo a fallarles. Pero ya no dejo que el orgullo o la rutina me separen de quienes amo.

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa culpa silenciosa por no estar lo suficiente para quienes os necesitan? ¿Qué haríais si mañana os dijeran que vuestra abuela lleva tres días sin comer?