¿Por qué no hay cocido, mamá?

—¿Por qué no hay cocido, mamá? —La voz de Felipe retumbó en el comedor como un portazo. Era Nochebuena y, por primera vez en veinte años, la mesa estaba casi vacía. Solo quedábamos Darío y yo, sentados frente a dos platos de sopa insípida. Felipe había venido solo, sin su hermana Lucía, y su enfado era tan palpable como el silencio que nos envolvía.

Me quedé mirándole, con la cuchara suspendida en el aire. Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que ya no tenía fuerzas para preparar aquel cocido que tanto amaba? ¿Cómo decirle que desde que Lucía se fue a Barcelona y él se instaló con su novia en Lavapiés, la casa se había llenado de una quietud insoportable?

—No tenía ganas, hijo —susurré, evitando su mirada.

Felipe bufó y se levantó de la mesa. Oí cómo se encerraba en su antiguo cuarto, ahora convertido en trastero. Darío me miró de reojo, pero no dijo nada. Últimamente hablábamos poco. Nos cruzábamos en el pasillo como dos desconocidos, cada uno atrapado en sus pensamientos.

Recordé aquellos años en los que la casa era un hervidero de risas, discusiones y carreras por el pasillo. El olor del cocido impregnaba las cortinas y los abrigos colgados tras la puerta. Lucía protestaba porque no le gustaba la morcilla; Felipe se peleaba por el último trozo de chorizo. Darío llegaba tarde del trabajo, pero siempre encontraba tiempo para sentarse con nosotros y preguntar cómo había ido el día.

Ahora todo eso parecía un sueño lejano. La rutina se había vuelto monótona: Darío leía el periódico en silencio, yo veía telenovelas sin prestar atención. Los domingos salíamos a pasear por el parque de El Retiro, pero apenas intercambiábamos palabras. A veces me preguntaba si seguíamos juntos por costumbre o por miedo a la soledad.

Aquella noche, después de que Felipe se marchara dando un portazo, Darío rompió el silencio:

—¿Por qué no le has hecho cocido? Sabes que le hace ilusión.

Sentí una punzada de rabia.

—¿Y a ti te hace ilusión algo últimamente? —le espeté—. Porque yo ya no sé ni qué nos hace ilusión.

Darío bajó la mirada. Durante unos segundos pensé que iba a llorar, pero solo suspiró y se fue al dormitorio. Me quedé sola en la cocina, mirando los restos de sopa fría. Me sentí vieja y cansada.

Al día siguiente, recibí un mensaje de Lucía: “Mamá, ¿estás bien? Felipe me ha dicho que estabas rara.” Dudé antes de contestar. ¿Cómo explicarle a mi hija que me sentía invisible? Que la casa era demasiado grande para dos personas que apenas se hablaban.

Decidí salir a la calle. Caminé sin rumbo por las calles de Vallecas, observando a las familias que llenaban las terrazas, riendo y compartiendo tapas. Sentí una punzada de envidia. ¿En qué momento mi vida se había reducido a esperar llamadas de mis hijos?

Esa tarde, al volver a casa, encontré a Darío sentado en el sofá con una caja de fotos antiguas. Me senté a su lado en silencio. Sacó una foto de cuando nos fuimos de viaje a Asturias con los niños pequeños. Los cuatro sonreíamos bajo la lluvia.

—¿Te acuerdas? —me preguntó Darío con voz temblorosa.

Asentí. Me invadió una tristeza dulce, casi reconfortante.

—Echo de menos aquellos días —dije al fin.

Darío me miró con los ojos húmedos.

—Yo también. Pero no podemos vivir siempre en el pasado, Carmen.

Nos quedamos callados un rato, pasando fotos entre los dedos. De repente sentí ganas de abrazarle, como hacía años que no hacía. Lo hice torpemente, pero él me devolvió el gesto con fuerza inesperada.

Esa noche hablamos durante horas. Hablamos de nuestros miedos, de lo solos que nos sentíamos sin los niños, del vacío que había dejado su marcha. Lloramos juntos por primera vez desde que Lucía se fue a Barcelona.

Al día siguiente decidí preparar cocido. No porque Felipe viniera —sabía que tardaría en volver— sino porque quería recuperar algo mío, algo nuestro. Mientras cocinaba, Darío entró en la cocina y me abrazó por detrás.

—¿Te ayudo con las patatas? —me preguntó sonriendo.

Por primera vez en mucho tiempo sentí esperanza. Quizá podíamos aprender a vivir solos, a encontrar nuevas rutinas y pequeñas alegrías. Quizá el vacío no era solo ausencia, sino también espacio para algo nuevo.

Esa tarde llamé a Lucía y le propuse venir un fin de semana con su pareja. Felipe escribió un mensaje corto: “Perdona por ayer, mamá.” Sonreí al leerlo.

Mientras el aroma del cocido llenaba la casa otra vez, pensé en todo lo que habíamos perdido… y en lo que aún podíamos recuperar.

¿Es posible reinventarse cuando todo lo que te daba sentido desaparece? ¿O solo aprendemos a convivir con el vacío hasta que deja de doler?