Mi madre ya no está: Crónica de una hija sola en Madrid

—¿Otra vez te vas, mamá? —le pregunté con la voz quebrada, mientras intentaba que mis hijos no notaran el temblor en mis manos.

Mi madre, Carmen, se ajustó el abrigo rojo y evitó mirarme a los ojos. Desde que se divorció de mi padre, parecía otra persona: más joven, más libre, más ajena. Yo, en cambio, sentía que cada día envejecía diez años. Mis hijos, Mateo y Sofía, correteaban por el pasillo del piso pequeño en Carabanchel, ajenos al abismo que se abría entre su madre y su abuela.

—Lucía, cariño, no puedo quedarme hoy. Quedé con Javier para ir al teatro —me dijo, como si fuera lo más natural del mundo.

No supe qué responder. Recordé cuando era yo la que salía con amigas y mi madre me esperaba despierta. Ahora los papeles se habían invertido y yo era la que suplicaba compañía. Pero ella tenía una nueva vida: cenas, viajes a Toledo, clases de salsa. Y yo tenía pañales, facturas y noches en vela.

Esa noche, después de acostar a los niños, me senté en la cocina con una copa de vino barato. Lloré en silencio. No era solo la soledad: era la traición. ¿Cómo podía mi madre dejarme sola justo ahora? ¿Por qué su felicidad tenía que significar mi abandono?

Al día siguiente, en el parque, vi a otras madres charlando animadamente mientras sus madres cuidaban de los nietos. Sentí una punzada de envidia tan fuerte que tuve que apartar la mirada. ¿Por qué yo no podía tener eso? ¿Por qué mi madre había decidido ser joven justo cuando yo necesitaba que fuera mayor?

Una tarde, después de recoger a los niños del colegio, llamé a mi madre. Necesitaba ayuda para llevar a Mateo al médico.

—Hoy no puedo, Lucía —me respondió con voz alegre—. Estoy en Segovia con unas amigas. ¿No puedes pedirle a tu vecina?

Colgué sin despedirme. Me sentí invisible. Como si mi dolor no importara. Como si mis hijos fueran una carga de la que todos huían.

Esa noche discutí con mi marido, Álvaro. Él trabajaba hasta tarde y apenas veía a los niños. Yo le reproché su ausencia; él me reprochó mi amargura.

—No puedes depender tanto de tu madre —me dijo—. Tienes que aprender a apañártelas sola.

Pero yo no quería apañármelas sola. Quería a mi madre.

Pasaron semanas así: yo sola con los niños, mi madre cada vez más distante. Un día recibí una invitación para su cumpleaños. Dudé si ir. Al final fui, por los niños.

La casa estaba llena de gente desconocida: amigos nuevos de mi madre, su novio Javier, mujeres con las que hacía yoga. Me sentí fuera de lugar. Cuando por fin pude hablar con ella a solas, le solté todo lo que llevaba dentro:

—¿Por qué ya no eres mi madre? ¿Por qué has decidido empezar de cero justo ahora?

Ella me miró largo rato antes de responder:

—Lucía, llevo toda la vida cuidando de los demás. Ahora quiero cuidarme yo un poco.

No supe si gritar o llorar. Me marché antes del postre.

Esa noche no dormí. Pensé en todas las veces que mi madre había renunciado a sí misma por nosotros. Pensé en lo injusto que era exigirle que siguiera haciéndolo ahora que por fin podía respirar.

Pero también pensé en mí: en lo sola que me sentía, en lo mucho que necesitaba un abrazo suyo, una tarde de ayuda, una palabra amable.

Un domingo cualquiera, mientras doblaba ropa en silencio, Sofía se acercó y me preguntó:

—Mamá, ¿por qué la abuela ya no viene?

No supe qué decirle. Solo la abracé muy fuerte.

Poco a poco empecé a buscar apoyo en otros sitios: una vecina que se ofreció a recoger a Mateo del cole; un grupo de madres del parque; incluso Álvaro empezó a llegar antes algunos días para ayudarme con la cena.

Un día recibí un mensaje de mi madre: “¿Te apetece tomar un café?” Dudé antes de responder. Pero fui.

Nos sentamos en una terraza de Lavapiés. Ella parecía nerviosa.

—Lucía —me dijo—, sé que te he fallado. Pero también necesito vivir mi vida. No quiero perderte.

Lloramos juntas por primera vez en mucho tiempo. No resolvimos nada esa tarde, pero algo cambió entre nosotras: dejamos de exigirnos tanto y empezamos a escucharnos más.

Ahora mi madre viene algunos domingos a casa. A veces trae a Javier; otras veces viene sola y juega con los niños mientras yo descanso un rato. No es perfecto, pero es real.

A veces sigo sintiendo rabia y soledad. Pero también entiendo mejor a mi madre: ambas estamos aprendiendo a ser libres y responsables al mismo tiempo.

¿Es posible perdonar sin olvidar? ¿Podemos reconstruir lo que se rompió sin volver atrás? A veces me pregunto si todas las familias españolas esconden heridas como la nuestra.