Cuando el secreto sonó en el móvil de Lucía
—¿Por qué tienes que irte ya, Lucía? —pregunté mientras ella recogía su bolso apresurada, con esa sonrisa nerviosa que últimamente me parecía forzada.
—Mi madre me ha llamado, dice que necesita ayuda con unas cosas —respondió sin mirarme a los ojos. Yo asentí, aunque algo dentro de mí no encajaba. Era sábado por la tarde y llevábamos meses sin vernos. Habíamos planeado una merienda tranquila en su piso de Lavapiés, pero Lucía parecía inquieta, como si quisiera que me fuera cuanto antes.
Mientras ella iba al baño, su móvil vibró sobre la mesa. Sin pensarlo, lo cogí para dárselo cuando saliera. La pantalla mostraba un nombre: «Sergio». Mi corazón dio un vuelco. Sergio era mi marido. Dudé un segundo, pero la curiosidad pudo más. Deslicé el dedo y contesté.
—¿Lucía? ¿Estás sola? —La voz de Sergio sonó baja, casi susurrante.
Me quedé helada. No podía articular palabra. El silencio se hizo eterno hasta que él repitió:
—¿Lucía?
—No, soy Marta —dije finalmente, con la voz temblorosa.
Al otro lado solo se oyó un jadeo ahogado y luego el clic de la llamada cortada. Sentí cómo el aire se volvía denso, irrespirable. Lucía salió del baño y me encontró con el móvil aún en la mano, la cara pálida y los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué pasa? —preguntó, aunque creo que ya lo sabía.
—Era Sergio —susurré—. ¿Por qué te llama a ti?
Lucía bajó la mirada. Por un instante pensé que iba a negarlo todo, a inventar una excusa absurda. Pero no lo hizo. Se sentó frente a mí y empezó a llorar.
—Marta… No sé cómo ha pasado… No quería hacerte daño…
Las palabras se mezclaban con sollozos y yo solo podía pensar en las noches que Sergio llegaba tarde del trabajo, en las veces que Lucía cancelaba nuestros planes en el último minuto. Todo cobraba sentido de golpe, como si una venda se despegara de mis ojos.
—¿Desde cuándo? —pregunté con voz ronca.
—Desde hace unos meses… Fue un error, te lo juro…
Me levanté de la mesa y salí corriendo del piso, sin mirar atrás. Bajé las escaleras como si huyera de un incendio. El aire frío de Madrid me golpeó la cara y sentí náuseas. Caminé sin rumbo durante horas, repasando cada detalle de los últimos meses: las miradas esquivas, los silencios incómodos, las mentiras piadosas.
Esa noche no volví a casa. Me refugié en el piso de mi hermana Carmen, en Chamberí. Ella me recibió sin hacer preguntas y me dejó llorar en su hombro hasta quedarme dormida.
Los días siguientes fueron una pesadilla. Sergio intentó llamarme mil veces; me mandó mensajes suplicando que hablara con él. Lucía también lo intentó, pero yo no podía soportar ni oír sus nombres. Mi madre vino desde Toledo para estar conmigo y mi padre no paraba de repetir: «Nadie merece tus lágrimas».
En el trabajo fingía normalidad, pero por dentro estaba rota. Mis compañeros notaban mi tristeza; incluso don Manuel, el jefe de departamento, me preguntó si necesitaba unos días libres. Pero yo prefería ocuparme la mente con informes y reuniones antes que enfrentarme al vacío de mi casa.
Una tarde, después de una semana sin ver a Sergio, él apareció en la puerta del trabajo. Me esperó bajo la lluvia con cara de derrota.
—Marta, por favor… Solo quiero hablar —dijo cuando me acerqué.
No tenía fuerzas para discutir en plena calle así que acepté ir a una cafetería cercana. Nos sentamos frente a frente, como dos desconocidos.
—No sé qué decirte —empecé—. No entiendo nada.
Sergio bajó la cabeza y empezó a hablar atropelladamente:
—No hay excusa para lo que hice. Me sentía solo… Tú estabas tan ocupada con tu trabajo, con tus cosas… Y Lucía siempre estaba ahí…
Sentí rabia al oírle justificar su traición. ¿Acaso yo no tenía derecho a tener una vida? ¿A trabajar y perseguir mis sueños?
—¿Y pensaste que acostarte con mi mejor amiga era la solución? —le espeté.
Él se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Por un momento sentí lástima, pero enseguida recordé todo el dolor que me había causado.
—No sé si podré perdonarte alguna vez —dije finalmente—. Y no sé si quiero hacerlo.
Salí de la cafetería sintiéndome más ligera pero también más sola que nunca.
Las semanas pasaron y poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Cambié los muebles del salón, pinté las paredes de azul claro y adopté un gato callejero al que llamé Pepe. Carmen venía a cenar los viernes y mi madre me mandaba tuppers llenos de croquetas y lentejas para que no me olvidara de comer.
Lucía intentó acercarse varias veces. Me escribió cartas larguísimas pidiéndome perdón y explicando lo mucho que lamentaba todo lo ocurrido. Pero yo no podía perdonarla todavía; su traición dolía tanto como la de Sergio.
Un día encontré una foto antigua de las tres: Lucía, Sergio y yo en la playa de Cádiz, riendo bajo el sol del verano pasado. La miré largo rato antes de romperla en pedazos.
Hoy sigo preguntándome cómo pude no ver las señales, cómo es posible que dos personas tan importantes para mí me hayan traicionado así. Pero también he aprendido a quererme más y a ponerme en primer lugar.
A veces me despierto en mitad de la noche preguntándome: ¿Se puede volver a confiar después de una traición así? ¿O es mejor aprender a vivir sola y no esperar nada de nadie?
¿Vosotros qué haríais? ¿Perdonaríais o seguiríais adelante solos?