Treinta años y una nota: El día que todo cambió

—¿Por qué no suena el clic de la puerta? —me pregunté, dejando las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina. El silencio era tan denso que podía cortarse con el cuchillo del pan que acababa de comprar. Chus, mi perra, ni siquiera se levantó del sofá; parecía saber algo que yo aún no había descubierto.

Fue entonces cuando la vi: una nota blanca, doblada con prisa, sujeta bajo la taza de café que Tomás usaba cada mañana. «No puedo más. Lo siento. Cuídate. Tomás». Nada más. Ni una explicación, ni un reproche, ni siquiera un adiós digno de treinta años juntos.

Me quedé de pie, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies. Treinta años. Tres décadas de rutinas compartidas, de cenas frente a la televisión, de veranos en la playa de Benidorm con los niños cuando aún eran pequeños. ¿Cómo podía caber todo eso en una nota tan corta?

El teléfono sonó. Era mi hija, Lucía.

—Mamá, ¿has visto a papá? No me coge el móvil.

—Se ha ido —respondí, y mi voz sonó extraña, como si hablara desde muy lejos.

—¿Cómo que se ha ido? ¿A dónde?

—No lo sé. Solo ha dejado una nota.

Hubo un silencio al otro lado. Luego escuché un sollozo ahogado.

—Voy para allá —dijo Lucía antes de colgar.

Me senté en la mesa y leí la nota una y otra vez, buscando alguna pista oculta entre las palabras. Pero no había nada más que vacío. El reloj del salón marcaba las seis y media; a esa hora Tomás solía volver del trabajo, dejar el abrigo en el perchero y preguntarme qué había para cenar. Ahora solo quedaba el eco de esas costumbres.

Cuando Lucía llegó, traía los ojos rojos y el ceño fruncido.

—¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido?

Negué con la cabeza.

—No. Esta mañana estaba normal. Hablamos del recibo de la luz y de que el grifo del baño gotea otra vez. Nada más.

Lucía se dejó caer en una silla.

—¿Y ahora qué hacemos?

No supe qué responderle. ¿Qué se hace cuando tu vida entera se desmorona en un instante? ¿Cuando el hombre con el que has compartido todo decide marcharse sin mirar atrás?

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces, esperando oír el clic de la cerradura, imaginando que todo había sido un malentendido y que Tomás volvería a entrar por la puerta con alguna excusa absurda. Pero no volvió.

Los días siguientes fueron una sucesión de llamadas: mi hermana Carmen, siempre tan directa, me soltó:

—Algo habrás hecho, Mercedes. Los hombres no se van así porque sí.

Mi madre, desde su residencia en Salamanca, lloró al teléfono:

—Ay hija, con lo buena esposa que has sido…

Pero nadie tenía respuestas. Ni siquiera yo.

Empecé a revisar los cajones buscando alguna señal: facturas extrañas, mensajes en el móvil, algo que explicara su huida. Encontré solo rutinas: su colonia medio gastada, camisas perfectamente dobladas, una foto nuestra en la boda de Lucía donde aún sonreíamos juntos.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, vi a mi vecina Pilar asomada al balcón.

—¿Qué tal estás, Merche? —preguntó con esa mezcla de curiosidad y compasión tan típica del barrio.

—Tirando —respondí sin ganas de dar explicaciones.

—Si necesitas algo…

Asentí y me metí en casa antes de que pudiera seguir preguntando.

Las semanas pasaron y la ausencia de Tomás se hizo más real. Aprendí a hacer cosas que nunca había hecho: arreglar el grifo que goteaba, bajar al garaje sola cuando saltaba el automático, cenar sin poner dos platos en la mesa. Pero también aprendí a convivir con los recuerdos: las risas en las sobremesas familiares, las discusiones por tonterías, los silencios cada vez más largos de los últimos años.

Un día recibí una carta sin remite. Era de Tomás:

«Mercedes,
Sé que no hay palabras suficientes para explicar lo que he hecho ni para pedirte perdón. No me he ido por otra mujer ni por falta de cariño. Me he ido porque hace tiempo que no soy feliz y no he sabido decírtelo. Me he sentido invisible en mi propia casa y he tenido miedo de hablarlo contigo. No quiero que pienses que es culpa tuya; es algo mío, algo roto por dentro desde hace años. Espero que algún día puedas perdonarme.
Tomás»

Leí la carta varias veces hasta que las lágrimas me impidieron ver las letras. ¿Cómo no me di cuenta? ¿En qué momento dejamos de hablarnos de verdad?

Lucía vino a verme esa tarde y le enseñé la carta.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Seguir adelante, supongo. No queda otra.

Pero dentro de mí sentía una mezcla extraña de dolor y alivio. Dolor por lo perdido; alivio porque al menos ya tenía una respuesta, aunque fuera incompleta.

Empecé a salir más: a caminar por el Retiro, a tomar café con Pilar aunque sus preguntas me incomodaran, a apuntarme a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Poco a poco fui descubriendo partes de mí misma que había olvidado bajo capas de rutina y resignación.

Un domingo por la mañana, mientras pintaba un bodegón torpe pero colorido, sentí por primera vez en mucho tiempo una chispa de alegría. No era felicidad completa —esa palabra me parecía demasiado grande— pero sí una pequeña luz entre tanta sombra.

A veces pienso en Tomás y me pregunto si él también habrá encontrado esa luz o si sigue perdido en sus propios laberintos. No sé si algún día podré perdonarle del todo ni si quiero hacerlo realmente. Pero sé que ahora camino sola y eso, aunque da miedo, también es una forma nueva de empezar.

¿De verdad conocemos a quienes tenemos al lado? ¿Cuántas cosas callamos por miedo a romper lo que creemos seguro? Me gustaría saber si vosotros también habéis sentido alguna vez ese vacío o si habéis tenido que reinventaros tras perderlo todo.