¿Solo soy un cajero automático? – La lucha de una madre española por recuperar su vida y el respeto de su familia
—¿Mamá, me has hecho la transferencia? —La voz de Lucía, mi hija mayor, retumba en el altavoz del móvil, cortante, impaciente. Ni siquiera un “hola”, ni un “¿cómo estás?”. Solo la pregunta de siempre, la que me recuerda que, para ellas, soy poco más que un cajero automático con acento andaluz.
Estoy sentada en la cocina del pequeño piso que alquilo en Lyon, mirando por la ventana cómo la lluvia golpea los cristales. Hace diecisiete años que salí de Córdoba, dejando atrás el olor a azahar y las risas de mis hijas pequeñas. Me prometí entonces que todo este sacrificio valdría la pena. Que algún día volvería a casa y ellas me abrazarían con gratitud. Pero ahora, cada vez que escucho sus voces al otro lado del teléfono, siento que he perdido algo más que tiempo: he perdido el derecho a ser madre.
—Sí, Lucía. Ya está hecha —respondo, intentando que no se note el temblor en mi voz.
—Vale. Es que lo necesito para la matrícula. Y para el alquiler. Y para… —Su voz se va apagando mientras enumera necesidades. No pregunta si yo tengo suficiente para vivir este mes, si me siento sola, si echo de menos España. Solo exige, como si fuera mi obligación eterna.
Cuelgo y me quedo mirando el móvil. Un mensaje de Marta, la pequeña: “Mamá, ¿me puedes mandar algo más este mes? Se me ha roto el portátil”. Ni un “gracias”, ni un “te quiero”. Solo otra petición más.
Me levanto y abro la nevera: medio cartón de leche, algo de queso francés barato y una manzana arrugada. Me río por no llorar. Trabajo limpiando casas de familias francesas desde hace años. Ellos me saludan con cortesía, a veces hasta me invitan a sentarme a la mesa. Pero yo siempre digo que no, porque no quiero acostumbrarme a una calidez que no es mía.
Recuerdo cuando Lucía y Marta eran pequeñas. Cómo corrían por el patio de la abuela en Córdoba, cómo me abrazaban al volver del colegio. Entonces yo era su mundo. Ahora soy solo una cuenta bancaria con nombre propio.
El teléfono vuelve a sonar. Es mi hermana, Carmen.
—María, ¿cómo estás? —su voz es suave, pero percibo la preocupación.
—Bien, Carmen. Lo de siempre —respondo, intentando sonar fuerte.
—¿Has hablado con las niñas?
—Sí. Me han pedido dinero otra vez.
Carmen suspira al otro lado.
—Tienes que poner límites, María. No puedes seguir así toda la vida.
—¿Y si dejo de ayudarles? ¿Y si piensan que ya no las quiero?
—No eres solo una cartera con patas. Eres su madre. Tienen que aprenderlo.
Cuelgo y me quedo pensando en sus palabras. ¿De verdad soy solo eso para ellas? ¿Un cajero automático?
Esa noche apenas duermo. Doy vueltas en la cama, recordando los cumpleaños perdidos, las Navidades solitarias en Lyon mientras ellas celebraban en Córdoba con su padre y los abuelos. Todo lo hice por ellas. Para que estudiaran, para que tuvieran lo que yo nunca tuve: oportunidades.
Al día siguiente, en el trabajo, la señora Lefèvre me pregunta si tengo hijos.
—Sí —respondo con una sonrisa forzada—. Dos hijas preciosas.
—¿Y las ve mucho?
—No tanto como quisiera —admito.
Ella asiente con comprensión y me ofrece una taza de café.
—A veces los hijos no entienden los sacrificios de sus padres hasta que son mayores —dice.
Vuelvo a casa esa tarde con el corazón encogido. Abro el portátil y veo las fotos de mis hijas en Instagram: Lucía en una fiesta universitaria, Marta en la playa con amigas. Sonríen, parecen felices. Pero yo no estoy en ninguna parte de sus vidas.
Decido escribirles un mensaje diferente esta vez:
“Lucía, Marta: sé que siempre estoy aquí cuando necesitáis algo. Pero también necesito sentirme vuestra madre, no solo vuestro banco. Echo de menos hablar con vosotras de verdad, saber cómo estáis, compartir algo más que transferencias.”
No recibo respuesta esa noche. Ni al día siguiente.
El domingo por la tarde suena el teléfono. Es Lucía, pero esta vez su voz es distinta.
—Mamá… He leído tu mensaje. No sabía que te sentías así.
—Es la verdad, hija. Os echo mucho de menos.
Silencio al otro lado.
—Perdona… Supongo que a veces solo pienso en mis problemas y olvido los tuyos.
Se me saltan las lágrimas al escucharla decir eso por primera vez en años.
—Solo quiero ser parte de vuestra vida —le digo—. No quiero sentirme invisible.
Marta también llama esa noche. Hablamos largo rato sobre tonterías: sus estudios, sus amigas, incluso sobre aquel gato callejero que adoptamos un verano en Córdoba. Por primera vez en mucho tiempo siento que soy algo más que una fuente de dinero.
Pero sé que esto no se arregla en un día. El dinero sigue siendo necesario; las heridas tardan en cicatrizar. Sin embargo, he dado un paso: he puesto palabras a mi dolor y he dejado claro que también tengo derecho a ser querida.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres como yo hay repartidas por Europa? ¿Cuántas han sacrificado todo por sus hijos y ahora sienten que solo valen lo que pueden enviar cada mes? ¿No merecemos también amor y respeto?
¿Y vosotros? ¿Creéis que es posible recuperar el cariño perdido cuando todo parece reducido a números y transferencias?