La noche en que me convertí en padre de mis sobrinos
—¡No pienso volver a esa casa, tío! —gritó Lucía, con los ojos enrojecidos y el pelo pegado a la frente por la lluvia. Su hermano pequeño, Diego, se aferraba a mi pierna como si fuera su último refugio. La puerta del portal retumbó tras nosotros, aislándonos del estruendo de la tormenta y del eco de los gritos que aún resonaban en mi cabeza.
No era la primera vez que mi hermana Marta perdía el control, pero sí la primera que sus hijos huían en plena noche para buscarme. Yo, Andrés, soltero de cuarenta y dos años, profesor de literatura en un instituto público de Madrid, nunca imaginé que tendría que convertirme en padre de la noche a la mañana. Pero allí estaban ellos: empapados, temblando y con una mirada que mezclaba miedo y esperanza.
—Tranquilos, aquí estáis seguros —intenté sonar firme, aunque por dentro sentía un vértigo insoportable.
Mientras les preparaba chocolate caliente, recordé la última conversación con Marta. Había sido hace dos semanas, cuando me llamó llorando porque su marido, Sergio, la había dejado. Desde entonces, todo fue cuesta abajo: discusiones, insultos, portazos… y dos niños atrapados en medio de una guerra que no era la suya.
Esa noche no dormimos. Lucía se negaba a soltar el móvil por si su madre llamaba. Diego se acurrucó en el sofá y no dijo ni una palabra. Yo solo podía pensar en cómo explicaría esto a mis padres. Ellos siempre defendieron a Marta, incluso cuando era evidente que no podía con todo. «La familia es lo primero», decían. Pero ¿qué pasa cuando la familia es precisamente el problema?
A la mañana siguiente, llamé al colegio para avisar de que los niños no irían. Luego marqué el número de mis padres.
—Andrés, no puedes meterte en esto —dijo mi padre con voz seca—. Son cosas de Marta y Sergio. No es tu responsabilidad.
—¿Y si fueran mis hijos? ¿También miraríais hacia otro lado?
Mi madre lloraba al fondo. «Pobres niños», repetía una y otra vez. Pero nadie movía un dedo. Así empezó mi nueva vida: entre deber y amor, entre miedo y coraje.
Los primeros días fueron un caos. Lucía apenas comía y se encerraba en el baño durante horas. Diego mojaba la cama cada noche y me miraba como si esperara que yo también le fallara. Yo intentaba mantener la rutina: desayunos, deberes, parque… Pero cada gesto era una batalla contra el dolor invisible que traían consigo.
Una tarde, mientras ayudaba a Lucía con matemáticas, explotó:
—¿Por qué no nos quiere mamá? ¿Por qué papá se fue?
No supe qué responder. Solo pude abrazarla y prometerle que yo no me iría nunca.
Las semanas pasaron y las heridas empezaron a cicatrizar muy despacio. Pero la presión social no tardó en llegar. Los vecinos cuchicheaban en el portal: «Ese es el hermano raro de Marta, el que vive solo». En el colegio me miraban con desconfianza: «¿Eres tú el tutor legal?». Hasta los servicios sociales vinieron a casa para asegurarse de que los niños estaban bien.
Marta apareció una tarde de domingo, descompuesta y arrepentida.
—Andrés, devuélveme a mis hijos —suplicó—. He cambiado, te lo juro.
Lucía se escondió detrás de mí. Diego rompió a llorar.
—No puedo obligarles —le dije—. Tienes que demostrarles que pueden confiar en ti otra vez.
Mi madre me llamó traidor por enfrentarme a mi hermana. Mi padre dejó de hablarme durante semanas. Yo solo pensaba en los niños: ¿qué era lo correcto? ¿Devolverles a una madre rota o luchar por darles una vida estable?
El conflicto llegó al límite cuando recibí una citación judicial: Marta quería recuperar la custodia. Aquella noche no dormí. Miré a Lucía y Diego mientras dormían juntos en mi cama y sentí un miedo atroz a perderlos.
En el juicio, Marta lloró ante el juez. Yo conté toda la verdad: los gritos, las huidas nocturnas, el miedo de los niños. El juez escuchó a Lucía:
—Solo quiero estar donde me sienta segura —dijo ella con voz firme.
El juez decidió que los niños seguirían conmigo hasta que Marta demostrara estar preparada para cuidarles.
Hoy han pasado ocho meses desde aquella noche de tormenta. Lucía sonríe otra vez; Diego duerme tranquilo. Mis padres han aceptado mi decisión, aunque aún les cuesta entenderla. Marta va a terapia y nos visita cada semana.
A veces me pregunto si he hecho lo correcto o si he robado a mis sobrinos la oportunidad de reconciliarse con su madre. Pero cuando veo cómo han vuelto a ser niños, aunque sea por momentos, sé que valió la pena arriesgarlo todo.
¿Dónde termina la obligación y empieza el amor verdadero? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?