«No eres tan guapa, hija» – Las palabras de mi madre que marcaron mi vida

—No eres tan guapa, hija.

La voz de mi madre resonó en el pasillo, fría y cortante como el viento de enero en Madrid. Tenía siete años y acababa de llegar del colegio, con las mejillas encendidas y las trenzas deshechas. Me miraba desde la cocina, con el delantal manchado de tomate y una expresión que no supe descifrar entonces.

—¿Por qué dices eso, mamá? —pregunté, con la ingenuidad de quien aún cree que el mundo es un lugar seguro.

Ella suspiró, como si le pesara el alma.

—Porque es mejor que lo sepas desde pequeña. Así no te harás ilusiones. La vida es más dura para las chicas como tú.

Aquella frase se me quedó grabada a fuego. No entendía por qué mi madre, Carmen, siempre encontraba defectos en mí: que si la nariz torcida como la de mi abuelo Paco, que si los dientes separados, que si el pelo tan liso que ni las horquillas aguantaban. Mientras mis primas presumían de ojos verdes y piel de porcelana, yo me escondía detrás de los libros y evitaba los espejos.

En el colegio, las cosas no eran mejores. Marta y Elena, las populares de la clase, se reían de mis zapatos ortopédicos y de mis gafas gruesas. «Pareces una abuela», decían entre risas. Yo me refugiaba en la biblioteca, donde la señora Rosario me dejaba leer novelas de aventuras y soñar con ser otra persona.

Mi padre, Antonio, apenas estaba en casa. Trabajaba de taxista y llegaba tarde, cansado y con olor a tabaco. Cuando le conté lo que mamá me había dicho, solo murmuró:

—Tu madre quiere lo mejor para ti, Lucía. No le des más vueltas.

Pero yo le daba vueltas. Cada noche repasaba mi reflejo en el cristal de la ventana y me preguntaba si algún día sería suficiente para alguien. Mi hermana pequeña, Laura, era la favorita: rubia, risueña y con hoyuelos en las mejillas. Mi abuela decía que era «una muñeca». Yo era «la lista», la que sacaba buenas notas pero no salía en las fotos.

A los catorce años, empecé a odiar los cumpleaños familiares. Mi tía Mercedes siempre soltaba algún comentario:

—Lucía tiene una inteligencia especial… Menos mal, porque la belleza no lo es todo.

Y todos reían. Menos yo.

En el instituto, conocí a Sergio. Era callado y leía poesía en los recreos. Un día me regaló un poema escrito a mano:

«Tus ojos son refugio,
tu risa, mi consuelo,
y aunque el mundo no lo vea,
tu luz me salva del duelo.»

Por primera vez sentí que alguien me miraba de verdad. Pero cuando se lo conté a mamá, su respuesta fue un jarro de agua fría:

—No te hagas ilusiones, Lucía. Los chicos se aburren rápido de las chicas como tú.

Me rompió el corazón. Empecé a evitar a Sergio y a todos los que se acercaban demasiado. Me convencí de que no merecía amor ni admiración.

Los años pasaron entre exámenes, silencios y una soledad que pesaba más cada día. En la universidad, estudiando Filología Hispánica en Salamanca, me encontré con gente distinta: Irene, una sevillana extrovertida; Pablo, un gallego sarcástico; Nuria, una manchega feminista que me enseñó a cuestionar todo lo aprendido.

Una tarde de otoño, después de una charla sobre literatura y belleza en el arte español, Nuria me preguntó:

—¿Por qué te escondes siempre detrás del pelo?

Me encogí de hombros.

—No soy guapa. Mi madre siempre lo dice.

Nuria me miró con rabia contenida.

—¿Y qué? ¿Desde cuándo la belleza es solo lo que se ve? ¿Has leído a Carmen Laforet? ¿A Ana María Matute? Ellas tampoco eran modelos y cambiaron la literatura española.

Esa noche lloré mucho. Pero algo dentro de mí empezó a cambiar. Empecé a escribir mis propios relatos y a leerlos en público. Al principio temblaba tanto que apenas podía sostener las hojas. Pero la gente escuchaba. Algunos lloraban conmigo. Otros me abrazaban al final.

En uno de esos recitales conocí a Javier, un profesor de historia del arte. Me invitó a tomar café en una terraza cerca de la Plaza Mayor.

—Tienes una voz especial —me dijo—. Y unos ojos que cuentan historias sin hablar.

Por primera vez en mi vida creí que podía ser suficiente tal como era.

Volví a casa por Navidad y encontré a mi madre más envejecida y cansada. Mientras preparábamos juntas el turrón, me atreví a preguntarle:

—Mamá… ¿Por qué siempre me dijiste que no era guapa?

Ella dejó caer la cuchara y me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Porque tenía miedo de que sufrieras —susurró—. Yo también fui la fea de mi familia. Pensé que si te preparaba para lo peor, te dolería menos… Pero quizá me equivoqué.

La abracé por primera vez en años. Sentí compasión por ella y por mí misma.

Hoy tengo treinta años y trabajo como editora en una pequeña editorial madrileña. Sigo sin ser portada de revista ni modelo de Instagram. Pero he aprendido a quererme con mis cicatrices y mis rarezas. Javier sigue a mi lado; juntos reímos de nuestras inseguridades y celebramos cada pequeño logro.

A veces me pregunto cuántas mujeres en España han crecido escuchando frases como la mía. ¿Cuántas heridas invisibles arrastramos por palabras dichas sin pensar? ¿Cuándo aprenderemos a mirar más allá del espejo?

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que no eras suficiente por culpa de lo que otros decían? ¿Qué harías tú para romper ese ciclo?