¿De verdad soy una mala abuela?
—¡Carmen, te lo digo en serio! Si vuelves a darle chucherías a Lucía, no volverá a venir a tu casa. —La voz de Rubén retumbó en la cocina, tan fría como el mármol de la encimera. Yo me quedé quieta, con las manos aún manchadas de azúcar glas, mirando la bandeja de rosquillas que acababa de sacar del horno. Lucía, mi nieta, me miraba con esos ojos grandes y oscuros, entre el miedo y la tristeza.
No supe qué decir. ¿Cómo explicarle a mi yerno que para mí, darle un dulce a Lucía era como darle un trocito de mi infancia, de esas tardes en que mi madre me dejaba rebañar la olla del arroz con leche? ¿Cómo hacerle entender que no era solo azúcar, sino amor, recuerdos, tradición?
Rubén recogió a Lucía y se marchó sin despedirse. Mi hija, Marta, ni siquiera me miró. Sentí el portazo como un latigazo en el pecho. Me quedé sola, con el olor a canela flotando en el aire y el corazón encogido.
Esa noche no pude dormir. Me preguntaba si de verdad había hecho algo tan malo. En la tele hablaban de la obesidad infantil, de los peligros del azúcar, de cómo los abuelos malcriamos a los niños. Pero yo solo quería ver a Lucía feliz, con las mejillas sonrosadas y la boca manchada de chocolate, como cuando era pequeña y venía corriendo a abrazarme después del colegio.
Al día siguiente, fui al mercado como siempre. Las vecinas cuchicheaban, porque en un pueblo pequeño todo se sabe. —Dicen que Rubén no te deja ver a la niña —me susurró Pilar, la del estanco. Yo asentí, tragando saliva. —No te preocupes, Carmen. Los jóvenes ahora se creen que lo saben todo —añadió, dándome una palmadita en el hombro.
Pero yo sí me preocupaba. Porque Lucía era mi alegría, mi razón para levantarme cada mañana. Desde que mi marido, Antonio, murió hace tres años, ella era la única que conseguía arrancarme una sonrisa. ¿De verdad podía perderla por unas simples golosinas?
Pasaron los días y el silencio de mi casa se hizo insoportable. Miraba las fotos de Lucía en la pared, su carita sonriente en la feria del pueblo, el vestido de volantes que le cosí para la fiesta de San Isidro. Me preguntaba si algún día volvería a oír sus risas por el pasillo.
Una tarde, Marta vino sola. Se sentó frente a mí, con los ojos rojos de tanto llorar. —Mamá, Rubén está muy enfadado. Dice que no entiendes lo importante que es la salud de Lucía. Que no puedes seguir dándole dulces cada vez que viene.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunté, con la voz temblorosa.
—No lo sé, mamá. Yo solo quiero que estemos bien. Pero Rubén está muy cerrado en esto. Dice que si no respetas sus normas, no volverás a ver a Lucía.
Sentí una rabia sorda. ¿Desde cuándo los abuelos somos un peligro para nuestros nietos? ¿Acaso no hemos criado a nuestros hijos con menos medios y más cariño? ¿No es peor que los niños estén pegados a una pantalla todo el día?
Pero también sentí culpa. Quizá me había pasado. Quizá no supe ver que los tiempos han cambiado y que ahora todo se mide, se pesa, se controla. ¿Dónde queda el instinto, el amor?
Esa noche, llamé a mi hermana Rosario. —¿Tú qué harías? —le pregunté, entre sollozos.
—Yo hablaría con Rubén. Le diría lo que sientes. Pero también intentaría entenderle. Al final, todos queremos lo mejor para Lucía —me respondió.
Me armé de valor y fui a casa de Marta. Rubén me abrió la puerta, serio. —Solo quiero hablar —le dije.
Nos sentamos en el salón. Lucía estaba en su cuarto, dibujando. —Rubén, sé que te preocupas por la salud de Lucía. Yo también. No quiero hacerle daño. Pero para mí, darle un dulce es una forma de mostrarle cariño, de compartir con ella lo que aprendí de mi madre y mi abuela. No quiero que pienses que no respeto tus normas. Solo te pido que no me apartes de su vida por esto.
Rubén suspiró. —Carmen, entiendo lo que dices. Pero hoy en día los niños tienen muchos problemas de salud por culpa del azúcar. No quiero que Lucía pase por eso. Si prometes que solo será algo puntual, y no cada vez que venga, podemos intentarlo.
Sentí un alivio inmenso. —Te lo prometo. Solo en ocasiones especiales. Y si quieres, podemos cocinar juntas algo más sano.
Esa tarde, Lucía salió corriendo a abrazarme. —Abuela, ¿me enseñas a hacer bizcocho de zanahoria? —me preguntó, con una sonrisa traviesa.
La vida siguió, distinta pero también llena de nuevas oportunidades. Aprendí a hacer dulces con menos azúcar, a disfrutar de las pequeñas cosas y a respetar los límites de los padres, aunque a veces me costara.
Ahora, cuando veo a Lucía reír en mi cocina, pienso en todas las abuelas que sienten que ya no tienen sitio en la vida de sus nietos. ¿De verdad somos un peligro? ¿O solo queremos dejarles un poco de nuestro amor, envuelto en azúcar y recuerdos?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Dónde está el límite entre cuidar y malcriar? ¿Deberíamos las abuelas cambiar o son los padres los que deberían confiar más en nosotras?