El abrazo perdido: Historia de una abuela española

—No, mamá, no puedes venir hoy. Lucía tiene deberes y no quiero que la distraigas —me dijo Marta al teléfono, con esa voz fría que se ha vuelto habitual desde hace dos años.

Colgué despacio, sintiendo cómo el silencio de mi piso en Vallecas se hacía aún más pesado. Me llamo Carmen, tengo sesenta y ocho años, y desde que mi hija decidió apartarme de su vida, los días se me hacen eternos. Antes, los domingos eran sagrados: cocinaba cocido madrileño, Lucía corría por el pasillo y mi yerno, Álvaro, me ayudaba a poner la mesa. Ahora sólo me acompaña el reloj y el eco de los recuerdos.

No sé exactamente cuándo empezó todo. Quizás fue aquella tarde en la que Lucía se cayó en el parque mientras jugábamos. Marta llegó corriendo, me miró con reproche y desde entonces empezó a dudar de mí. «Mamá, no tienes la cabeza para cuidar de una niña», me soltó una noche, después de una discusión absurda sobre si Lucía podía comer chocolate antes de cenar. Yo sólo quería consentirla un poco, como hacen todas las abuelas.

Desde entonces, cada intento de acercamiento ha sido un fracaso. Marta no responde a mis mensajes, y cuando lo hace, es para ponerme límites: «No vengas sin avisar», «No le compres más regalos», «No le cuentes esas historias antiguas». Siento que todo lo que soy le molesta, como si mi forma de ser fuera una amenaza para la educación moderna que ella quiere darle a su hija.

A veces pienso que la culpa es mía. Quizás he sido demasiado insistente, demasiado tradicional. Marta siempre fue más independiente que yo; estudió en Salamanca, viajó por Europa, y cuando volvió a Madrid ya no era la niña que yo crié sola tras la muerte de su padre. Me cuesta entender su mundo: los móviles, las redes sociales, la prisa constante. Yo crecí en otro tiempo, donde la familia era lo primero y las abuelas éramos el pilar de la casa.

El otro día vi a Lucía de lejos, saliendo del colegio con su madre. Me escondí detrás de un árbol para no incomodarlas. Lucía ha crecido tanto… Me pregunté si aún se acordará de las canciones que le cantaba o de los cuentos sobre mi infancia en un pueblo de Segovia. Sentí un nudo en la garganta al pensar que quizás ya soy sólo un recuerdo borroso para ella.

Mi vecina Pilar intenta animarme: «Carmen, dale tiempo a Marta. Las hijas a veces necesitan alejarse para valorar lo que tienen». Pero yo temo que el tiempo sólo agrande la distancia. En el portal, los vecinos hablan de sus nietos con orgullo; yo sonrío y finjo normalidad, pero por dentro me muero de envidia.

Una tarde recibí una carta manuscrita. Era de Lucía:

«Querida abuela,

Te echo de menos. Mamá dice que estás ocupada pero yo sé que no es verdad porque te veo desde la ventana a veces. ¿Podemos vernos pronto? Me gustaría jugar contigo como antes.

Te quiero mucho,
Lucía»

Leí la carta una y otra vez, llorando como una niña. ¿Cómo podía negarme a ese deseo? Decidí llamar a Marta una vez más.

—Marta, por favor, sólo quiero ver a Lucía un rato. No voy a discutir ni a interferir en tu manera de educarla. Sólo quiero abrazarla —le supliqué.

—Mamá, no entiendes… No es tan fácil —me respondió ella, con voz cansada—. No quiero que Lucía se confunda ni que piense que puede saltarse mis normas porque tú se lo permites.

—¿De verdad crees que soy una mala influencia? —pregunté, sintiendo cómo se me rompía el corazón.

—No es eso… Es que tú y yo somos muy diferentes —dijo ella tras un silencio largo—. A veces siento que no me entiendes ni me respetas como madre.

Me quedé callada. Quizás tenía razón: siempre he querido protegerla, incluso cuando ya era adulta. Pero ¿acaso no es ese el papel de una madre?

Esa noche no dormí. Pensé en mi propia madre, en cómo discutíamos cuando yo era joven y quería irme a Madrid a buscar trabajo. Ella tampoco entendía mis decisiones y yo la juzgaba sin piedad. Ahora veo mi reflejo en Marta y siento miedo: ¿estamos condenadas a repetir los mismos errores generación tras generación?

Al día siguiente fui al parque donde solíamos ir con Lucía. Me senté en el banco y observé a las familias jugando juntas. Una niña se acercó corriendo: era Lucía.

—¡Abuela! —gritó, abrazándome fuerte—. Mamá está hablando con una amiga ahí —señaló hacia una cafetería cercana—. ¿Por qué ya no vienes a casa?

La abracé con todas mis fuerzas, conteniendo las lágrimas.

—A veces los mayores nos enfadamos y nos cuesta pedir perdón —le susurré—. Pero te prometo que siempre voy a estar aquí para ti.

Marta nos vio desde lejos y vino corriendo, preocupada.

—Lucía, ven aquí ahora mismo —ordenó con voz dura.

Lucía se soltó de mi mano y fue hacia su madre. Marta me miró con rabia y tristeza al mismo tiempo.

—Mamá, esto no puede seguir así —dijo entre dientes—. Si quieres ver a Lucía, tiene que ser bajo mis condiciones.

Asentí en silencio. No quería perder otra oportunidad.

Desde entonces, veo a Lucía una vez al mes bajo la atenta mirada de Marta. No es lo mismo que antes, pero al menos puedo abrazarla y contarle historias. A veces pienso que nunca recuperaré del todo la confianza de mi hija, pero sigo luchando cada día por demostrarle que el amor de una abuela nunca desaparece.

¿Es posible curar las heridas del pasado? ¿O estamos condenados a vivir separados por nuestros miedos y diferencias? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?