Entre dos silencios: La hija invisible
—Lucía, ¿puedes venir un momento? —La voz de mi madre retumba desde el pasillo, cortando el silencio de la tarde como un cuchillo. Dejo el libro sobre la mesa y suspiro. Sé lo que viene: otra urgencia, otro favor, otra vez yo.
Bajo las escaleras del piso antiguo en el centro de Valladolid, con las paredes llenas de fotos familiares en las que apenas sonrío. Mi madre está en la cocina, con el delantal manchado de tomate y una mirada que mezcla cansancio y exigencia.
—¿Qué pasa ahora, mamá?
—Tu hermano ha tenido otra discusión con su jefe. Dice que no puede más, que va a dejar el trabajo. ¿Puedes hablar con él? Tú eres la única que le escucha.
Mi hermano, Sergio, es el favorito. Siempre lo ha sido. El niño brillante, el que jugaba al fútbol y sacaba buenas notas. Yo era la callada, la responsable, la que no daba problemas. La que recogía los platos después de las comidas familiares mientras los demás reían en el salón.
Subo al cuarto de Sergio. Está tumbado en la cama, mirando el móvil. Ni siquiera levanta la vista cuando entro.
—¿Qué te pasa ahora? —pregunto, intentando sonar comprensiva.
—Nada, déjame en paz —responde, pero sé que espera que insista. Siempre es así: primero el muro, luego la confesión.
Me siento a su lado y espero. Al final, suspira y empieza a hablar. Me cuenta lo de su jefe, lo injusto que es todo, lo mucho que le pesa la vida. Yo escucho, asiento, le doy consejos. Cuando termina, me mira por primera vez.
—Gracias, Luci. Eres la mejor hermana del mundo.
Pero sé que mañana volverá a ignorarme delante de sus amigos, como si yo no existiera.
Bajo otra vez a la cocina. Mi madre me mira con esa mezcla de alivio y culpa.
—¿Ves? Solo tú sabes cómo calmarle —dice mientras remueve el puchero.
—¿Y quién me calma a mí? —pregunto en voz baja, pero ella no escucha o no quiere escuchar.
Las semanas pasan entre favores y silencios. Mi padre apenas está en casa; desde que se jubiló pasa más tiempo en el bar con sus amigos que con nosotros. Cuando vuelve, se sienta frente al televisor y gruñe si alguien le molesta.
Un domingo cualquiera, durante una comida familiar, mi tía Carmen comenta lo bien que le va a su hija Marta en Madrid. Todos la felicitan y mi madre sonríe orgullosa.
—Lucía también está trabajando mucho —dice mi tía—. ¿No nos cuentas nada?
Abro la boca para hablar de mi nuevo proyecto en la biblioteca municipal, pero mi madre me interrumpe:
—Sí, pero Lucía siempre está ocupada. Apenas tiene tiempo para nosotros.
Las risas llenan la mesa. Yo me hundo un poco más en mi silla. Nadie pregunta nada más.
Esa noche, mientras recojo los platos sola en la cocina, escucho a mi madre hablando con mi tía en el salón:
—Lucía es buena chica, pero es tan reservada… A veces pienso que no siente nada.
Me muerdo los labios para no llorar. ¿Cómo explicarles que siento demasiado? Que cada vez que me llaman para solucionar un problema me siento útil, sí, pero también invisible. Que darlo todo por ellos me está dejando vacía.
Una tarde de otoño decido irme a caminar por el Campo Grande. Las hojas caen y crujen bajo mis pies. Me siento en un banco y saco mi cuaderno. Escribo una carta que nunca entregaré:
«Querida familia,
No soy solo quien resuelve vuestros problemas. También tengo sueños, miedos y ganas de ser vista. No quiero ser solo la hija útil; quiero ser Lucía. ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo estoy yo?»
Guardo la carta y vuelvo a casa. Esa noche, mi madre me espera despierta.
—¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.
—Solo necesitaba estar sola —respondo.
Ella me mira como si no entendiera nada. Y quizá no entiende. Quizá nunca entenderá.
Los días se suceden iguales hasta que un día recibo una llamada del hospital: mi padre ha tenido un infarto leve. Corro al hospital y allí están todos: mi madre llorando, Sergio sin saber qué hacer. Yo organizo turnos para acompañarle, hablo con los médicos, tranquilizo a todos.
Cuando por fin me siento junto a la cama de mi padre, él abre los ojos y me mira con una ternura desconocida.
—Gracias por estar aquí, Lucía —susurra—. Siempre estás tú…
Le aprieto la mano y siento una mezcla de rabia y alivio. Sí, siempre estoy yo. Pero ¿hasta cuándo podré seguir sosteniendo a todos sin caerme yo misma?
Esa noche escribo en mi diario:
«¿Cuándo dejarán de necesitarme solo para los problemas? ¿Cuándo seré suficiente solo por ser yo?»
¿Os habéis sentido alguna vez así? ¿Sois también los invisibles imprescindibles de vuestra familia?