En el cruce de los sentimientos: La lucha de Iván entre la lealtad y la tentación
—¿Dónde has estado, Iván?— La voz de María me atravesó como un cuchillo nada más abrir la puerta. Eran las once y media de la noche y yo, con el corazón acelerado, apenas podía mirarla a los ojos. Tenía el abrigo empapado por la lluvia y las manos temblorosas, pero lo que más pesaba era el secreto que llevaba dentro.
—Se nos ha alargado una reunión en la oficina, cariño. Lo siento— mentí, sintiendo cómo la culpa me quemaba por dentro.
María me observó en silencio, sus ojos oscuros buscando una verdad que yo no estaba dispuesto a darle. En ese momento supe que algo se había roto entre nosotros, aunque ella aún no lo supiera.
Todo empezó hace dos meses, cuando Lucía llegó a la empresa. Era de esas personas que llenan la sala con su risa, que te miran como si fueras el único en el mundo. Al principio solo compartíamos cafés y charlas sobre proyectos, pero poco a poco las conversaciones se volvieron más personales. Hablábamos de nuestros sueños, de lo que nos faltaba en la vida. Yo le conté sobre mis frustraciones, sobre cómo sentía que María y yo nos habíamos convertido en dos extraños que compartían techo y rutina.
Una tarde, después de una jornada especialmente dura, Lucía me invitó a tomar algo en un bar cerca del Retiro. Madrid estaba envuelto en esa luz dorada de finales de otoño y yo, por primera vez en años, sentí que alguien me escuchaba de verdad.
—¿Nunca has sentido que te falta el aire en tu propia casa?— me preguntó Lucía mientras jugaba con su copa.
—A veces— respondí sin pensar demasiado. —Pero supongo que es normal después de tantos años juntos.
Ella me sonrió con tristeza y apoyó su mano sobre la mía. Ese simple gesto encendió algo dentro de mí que creía apagado para siempre.
Desde entonces, empecé a buscar excusas para quedarme más tiempo en la oficina o salir a tomar algo después del trabajo. María empezó a sospechar. Notaba su mirada inquisitiva cuando llegaba tarde o cuando evitaba sus preguntas. Nuestra hija pequeña, Paula, apenas tenía seis años y ya percibía la tensión en casa. Una noche la escuché llorar en su habitación y sentí una punzada de vergüenza.
—Papá, ¿por qué mamá está triste?— me preguntó al día siguiente mientras desayunábamos.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña que su padre estaba traicionando todo lo que había prometido?
La relación con Lucía nunca llegó a cruzar ciertos límites físicos, pero emocionalmente yo ya había cruzado una línea invisible. Me sentía vivo y miserable al mismo tiempo. Cada vez que veía a María esforzándose por mantener la familia unida, sentía que no merecía nada de lo que tenía.
Una noche, mientras cenábamos en silencio, María dejó caer los cubiertos y me miró fijamente.
—Iván, ¿hay otra mujer?
El silencio se hizo eterno. Podía oír el tictac del reloj del salón y el leve murmullo de la televisión encendida en el fondo.
—No— mentí otra vez, pero esta vez mi voz sonó hueca incluso para mí.
María se levantó de la mesa y se encerró en el baño. Escuché cómo sollozaba tras la puerta cerrada. Me quedé sentado, incapaz de moverme, sintiendo que cada mentira era un ladrillo más en el muro que nos separaba.
Pasaron los días y las noches se hicieron insoportables. Lucía empezó a notar mi distancia y un día decidió poner fin a nuestra amistad especial.
—No quiero ser la causa de tu desgracia ni de la de tu familia— me dijo con lágrimas en los ojos. —Tienes que decidir qué quieres realmente.
Me quedé solo con mi culpa y mi cobardía. Intenté acercarme a María, pero ella ya no era la misma. Había aprendido a vivir sin esperar nada de mí. Paula seguía creciendo entre silencios incómodos y abrazos forzados.
Un domingo por la tarde, mientras paseábamos por el parque del Oeste, Paula se soltó de mi mano para correr hacia los columpios. María y yo nos quedamos solos en un banco. El viento arrastraba hojas secas y yo sentí que era el momento de confesarlo todo.
—María, te he fallado. No físicamente, pero sí en todo lo demás. Me he dejado llevar por algo que no debía y he mentido demasiadas veces.
Ella me miró largo rato antes de responder.
—No sé si podré perdonarte, Iván. Pero al menos ahora sé con quién comparto mi vida.
Desde ese día hemos intentado reconstruir lo nuestro, aunque sé que nada volverá a ser igual. La confianza es como un jarrón roto: puedes pegar los pedazos, pero las grietas siempre estarán ahí.
A veces me pregunto si merezco una segunda oportunidad o si simplemente estoy pagando el precio de mis propias decisiones. ¿Puede realmente salvarse el amor cuando la confianza se ha perdido? ¿O solo aprendemos a convivir con las heridas?