¿Por qué te quedas con una mujer enferma?

—¿Por qué te quedas con una mujer enferma, hijo? —La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Yo estaba sentada en el sofá del salón, con la manta hasta la barbilla, fingiendo que no escuchaba. Pero cada palabra era un cuchillo que se clavaba más hondo que la quimioterapia.

Mi marido, Luis, no contestó de inmediato. Se quedó de pie, con la espalda tensa, mirando por la ventana hacia la calle de nuestro barrio en Vallecas. Afuera llovía, pero dentro de casa la tormenta era otra. Carmen insistió:

—Todavía eres joven. No tienes hijos. No tienes por qué cargar con esto…

«Esto» era yo. Yo y mi cáncer. Yo y mis noches de vómitos, mis días de debilidad, mi pelo cayendo en mechones sobre la almohada. Yo y mi miedo a convertirme en una carga.

Luis suspiró y se giró hacia su madre:

—Mamá, basta ya. No voy a dejar a Laura porque esté enferma. ¿Tú dejarías a papá si le pasara algo?

Carmen apretó los labios. Su marido había muerto hacía años, pero nunca estuvo enfermo. Ella siempre fue fuerte, siempre fue la que mandaba. Y ahora no soportaba verme débil en su casa, ocupando un espacio que, según ella, no me correspondía.

No era la primera vez que escuchaba ese tipo de comentarios. Desde que me diagnosticaron cáncer de mama hace dos años, Carmen había cambiado conmigo. Antes me llamaba «hija», me invitaba a comer cocido los domingos y me preguntaba por mi trabajo en la biblioteca municipal. Ahora apenas me miraba a los ojos y evitaba tocarme, como si pudiera contagiarle mi desgracia.

Mis padres viven en Salamanca y no pueden venir a Madrid tan a menudo como quisieran. Así que dependía de Luis para casi todo: para ir al hospital, para hacer la compra, para ayudarme a ducharme los días malos. Y cada vez que Carmen venía a casa —demasiado a menudo últimamente— sentía que tenía que justificar mi existencia.

Una tarde, mientras Luis estaba en el supermercado, Carmen se sentó frente a mí con una taza de café.

—Mira, Laura —empezó, bajando la voz—. No quiero que me malinterpretes. Pero tienes que entender que mi hijo tiene derecho a ser feliz. No es justo para él… ni para ti.

Me mordí el labio para no llorar. ¿No era justo para mí? ¿Acaso yo había elegido estar enferma? ¿No tenía derecho a luchar por mi vida y por mi matrimonio?

—Carmen —le respondí con voz temblorosa—, Luis y yo nos casamos para lo bueno y para lo malo. Esto es lo malo. Pero seguimos juntos porque nos queremos.

Ella negó con la cabeza.

—El amor no lo es todo, Laura. La vida es larga y dura. No quiero ver a mi hijo atado a una mujer que… —se detuvo antes de decir «que se va a morir».

Me levanté del sofá como pude y fui al baño a vomitar. No sé si fue por la quimio o por sus palabras.

Esa noche, cuando Luis volvió y le conté lo ocurrido, me abrazó fuerte.

—No le hagas caso —me susurró—. Yo estoy contigo.

Pero las palabras de Carmen seguían resonando en mi cabeza durante días. Empecé a preguntarme si realmente merecía el amor de Luis o si solo era una carga para él. Empecé a notar cómo evitaba hablar del futuro conmigo, cómo se le escapaban miradas tristes cuando pensaba que yo no le veía.

Un día, después de una revisión especialmente dura en el hospital Gregorio Marañón, le pregunté directamente:

—Luis… Si pudieras volver atrás, ¿me elegirías otra vez?

Él me miró sorprendido y luego bajó la mirada.

—No digas tonterías…

Pero no respondió con un sí rotundo. Y eso dolió más que cualquier aguja.

La enfermedad no solo me estaba robando el cuerpo; también me estaba robando la confianza en mí misma y en los demás. Empecé a aislarme, a dejar de llamar a mis amigas, a rechazar las visitas de mis padres para no preocuparles más.

Una tarde de otoño, mientras veía caer las hojas desde la ventana del salón, Carmen entró sin llamar. Me encontró llorando en silencio.

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó con impaciencia.

No pude más y exploté:

—¿Por qué me odias tanto? ¿Por qué crees que no merezco estar aquí?

Por primera vez vi un atisbo de duda en sus ojos. Se sentó a mi lado y suspiró.

—No te odio, Laura… Tengo miedo. Miedo de perder a mi hijo si tú… si tú faltas. Miedo de verle sufrir. Miedo de quedarme sola otra vez.

Me sorprendió su sinceridad. Por primera vez entendí que su crueldad venía del miedo y no del desprecio.

—Yo también tengo miedo —le confesé—. Pero no quiero vivir mis últimos días (si son los últimos) sintiéndome culpable por estar enferma.

Nos quedamos calladas un rato largo. Afuera seguía lloviendo.

Con el tiempo, Carmen empezó a cambiar poco a poco. Me acompañó alguna vez al hospital y hasta me trajo flores un día cualquiera. Nunca pidió perdón abiertamente, pero sus gestos hablaban por ella.

Luis y yo seguimos juntos. La enfermedad sigue ahí, pero también el amor y las ganas de luchar.

A veces me pregunto: ¿Cuántas personas enfermas se sienten así de solas? ¿Cuántos matrimonios se rompen por miedo y prejuicio? ¿De verdad una enfermedad puede borrar todo lo bueno que hemos vivido juntos?

¿Y vosotros? ¿Creéis que el amor puede sobrevivir al peso del miedo y la enfermedad?