Hermana, no te dejaré sola: secretos y culpas en una familia española

—¡No puedes irte, Diego!— gritó mi hermana Lucía desde el pasillo, su voz temblorosa y rota por la fiebre. Yo tenía la maleta en la mano y el corazón hecho trizas. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del piso de Vallecas como si quisiera entrar y arrastrarme lejos de allí. Pero las palabras de mi madre, apenas una semana antes de morir, seguían clavadas en mi pecho: “Hijo, cuida de tu hermana. No la dejes sola.”

Lucía y yo siempre fuimos inseparables. Ella, dos años mayor, era la que me defendía en el colegio cuando los chicos del barrio se metían conmigo por ser el empollón. Pero todo cambió cuando cumplió veintisiete y le diagnosticaron esclerosis múltiple. Mi padre ya no estaba —se fue con otra mujer a Alicante cuando yo tenía quince años— y mi madre, agotada por años de trabajo en la panadería y noches sin dormir, apenas podía con su propio cuerpo.

La enfermedad de Lucía lo trastocó todo. Yo acababa de terminar la carrera de arquitectura en la Politécnica de Madrid y tenía una oferta para irme a trabajar a Barcelona, un sueño que había perseguido desde niño. Pero la promesa a mi madre me ató a esta casa oscura y llena de recuerdos.

—No puedo quedarme aquí toda la vida —le susurré a Lucía una noche, mientras le cambiaba el gotero—. No es justo para ninguno de los dos.

Ella me miró con esos ojos grandes y tristes que siempre parecían pedir perdón por existir.

—Lo sé, Diego. Pero si te vas… ¿qué será de mí?

La culpa me devoraba. Mis amigos se fueron alejando poco a poco; nadie quería quedar con el chico que siempre tenía una excusa para no salir. Mi novia, Carmen, aguantó un año antes de dejarme. “No puedo competir con tu familia”, me dijo entre lágrimas en el Retiro.

Las facturas médicas se acumulaban y el dinero de la pensión de mi madre apenas alcanzaba para lo básico. Yo hacía trabajos esporádicos desde casa: planos para reformas, algún diseño para un primo lejano… Pero cada vez que veía fotos de mis compañeros inaugurando edificios o viajando por Europa, sentía que mi vida se había detenido.

Un día, mientras le daba la medicación a Lucía, escuché una conversación entre mi tía Rosario y mi madre antes de morir, grabada sin querer en el móvil:

—Rosario, prométeme que si yo falto, Diego no dejará sola a Lucía. No puede irse como su padre…

—Hermana, no puedes cargarle esa cruz al chaval…

—No hay otra opción.

Esa grabación me persiguió durante meses. ¿Era justo que yo sacrificara mi vida por una promesa? ¿O era egoísta siquiera pensarlo?

El tiempo pasaba y Lucía empeoraba. A veces gritaba por las noches, presa del dolor o del miedo. Yo me sentaba a su lado y le cantaba las nanas que mi madre nos cantaba de pequeños. Pero dentro de mí crecía una rabia sorda: contra mi padre por habernos abandonado, contra mi madre por cargarme con esta responsabilidad, contra Lucía por necesitarme tanto.

Una tarde de invierno, después de una crisis especialmente dura, llamé a mi padre. No hablábamos desde hacía años.

—Papá… necesito ayuda —le dije con voz quebrada.

—Diego, yo ya tengo otra familia… No puedo volver atrás —respondió él, frío como siempre.

Colgué y rompí a llorar como un niño. Lucía me abrazó como pudo desde su silla de ruedas.

—Perdóname —susurró—. Si pudiera elegir, te dejaría libre.

Pero yo no podía dejarla. No después de todo lo que habíamos pasado juntos.

Los años siguieron pasando. Vi cómo mis sueños se desvanecían uno a uno: nunca fui a Barcelona, nunca construí nada más allá de los muros invisibles que nos protegían del mundo exterior. Mi vida se redujo a rutinas: medicinas, médicos, papillas y noches en vela.

A veces pensaba en rebelarme: dejarlo todo e irme sin mirar atrás. Pero cada vez que veía a Lucía sonreírme agradecida por un gesto pequeño —un vaso de agua fresca, una canción en la radio— sentía que quizás ese era mi destino.

Ahora Lucía ya no está. Se fue una mañana tranquila de primavera mientras yo le leía un poema de Machado junto a la ventana. El piso está vacío y silencioso; solo quedan las fotos amarillentas y el eco de las promesas incumplidas.

Me pregunto si alguien más habría hecho lo mismo que yo. ¿Es justo sacrificar tu vida por los demás? ¿O es solo cobardía disfrazada de amor? ¿Qué habríais hecho vosotros?