Entre el amor y la sangre: cuando mi abuela se convirtió en mi mayor obstáculo
—¿Vas a traer otra vez a ese chico? —La voz de mi abuela Carmen retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Ni siquiera lo miró cuando Pablo cruzó la puerta, solo apretó los labios y se giró hacia mí—. Si por mí fuera, ni pisaba esta casa.
Sentí cómo la vergüenza me subía por las mejillas, pero Pablo, con esa paciencia infinita que siempre le ha caracterizado, me apretó la mano. Yo solo quería que ese domingo fuera como los de antes: risas, tortilla de patatas y el aroma del cocido llenando la casa. Pero desde que le presenté a Pablo a mi abuela, todo cambió.
Mi abuela Carmen siempre fue el pilar de nuestra familia. Viuda desde joven, sacó adelante a mi madre y a mis tíos en un barrio obrero de Madrid. Su palabra era ley. Pero nunca imaginé que esa fortaleza se volvería contra mí.
—Abuela, por favor, se llama Pablo —le dije una vez más, con voz temblorosa—. Es mi prometido, no «ese chico».
Ella ni se inmutó. Se limitó a remover el guiso con fuerza, como si cada vuelta fuera una forma de expulsar su rabia.
—Tu madre nunca me dio estos disgustos —murmuró—. Pero claro, ahora las niñas hacéis lo que os da la gana.
Pablo intentó romper el hielo:
—Señora Carmen, ¿quiere que le ayude con algo?
Ella lo ignoró por completo. Ni una mirada. Ni una palabra. Solo ese silencio cortante que llenaba la cocina y me partía el alma.
No era solo cuestión de orgullo. Mi abuela nunca aceptó que Pablo viniera de otra ciudad —de Sevilla, para más inri— y que su familia no tuviera «buen apellido» ni tierras ni nada que ella considerara digno para su nieta. Para ella, yo merecía algo mejor. Pero ¿qué es mejor que el amor?
Las semanas pasaron y cada visita era una batalla. Mi madre intentaba mediar:
—Mamá, déjate de tonterías. Lucía es feliz con Pablo.
Pero mi abuela solo respondía:
—Mientras yo viva en esta casa, aquí mando yo. Y si quiero, lo echo y no vuelve a entrar.
La tensión se colaba en cada comida familiar. Mis primos evitaban hablar del tema; mis tíos hacían bromas incómodas para desviar la atención. Pero yo sentía cómo mi familia se resquebrajaba.
Una tarde de abril, después de otra comida en silencio, exploté. Cerré la puerta de la cocina y encaré a mi abuela:
—¿Por qué lo odias tanto? ¿Qué te ha hecho?
Ella me miró con esos ojos grises que tantas veces me habían consolado de niña.
—No lo odio, Lucía. Pero no es para ti. No es de los nuestros. No sabes lo que es sufrir por amor…
Me quedé helada. Por primera vez vi miedo en su mirada. Miedo a perderme, quizás. O miedo a que repitiera sus errores.
—Abuela —le susurré—, yo te quiero. Pero también lo quiero a él. ¿Por qué tengo que elegir?
No respondió. Solo se giró y siguió fregando los platos con manos temblorosas.
Esa noche lloré en brazos de Pablo.
—No puedo más —le confesé—. Siento que si sigo contigo voy a perder a mi familia… pero si te dejo, me pierdo a mí misma.
Él me abrazó fuerte:
—Lucía, yo no quiero separarte de los tuyos. Pero tampoco puedo ser invisible para siempre.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi abuela dejó de hablarme; solo me dirigía la palabra para cosas prácticas: «La compra está hecha», «Recoge tu cuarto»… Como si yo tuviera quince años otra vez.
Mi madre me animaba a tener paciencia:
—Tu abuela es así… Se le pasará.
Pero no se le pasaba. Al contrario: cada vez era más dura. Un día incluso le dijo a Pablo delante de todos:
—Tú aquí eres un invitado y si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.
Pablo se levantó y se fue sin decir nada. Yo salí corriendo tras él, dejando atrás las miradas atónitas de toda la familia.
Esa noche dormí en su piso. Lloramos juntos hasta quedarnos dormidos.
Pasaron semanas sin hablar con mi abuela. Me llamaba mi madre cada día para preguntarme si iba a volver a casa, si iba a dejarlo estar… Pero yo ya no podía más.
Un domingo cualquiera decidí volver. Llamé al timbre con el corazón encogido. Mi abuela abrió la puerta y me miró como si fuera una extraña.
—¿Vienes sola o con tu… ese chico?
Respiré hondo.
—Vengo sola porque quiero hablar contigo —le dije—. Pero tienes que escucharme.
Nos sentamos en la mesa del salón, donde tantas veces habíamos jugado al parchís o tomado café con leche y galletas María.
—Abuela —empecé—, sé que tienes miedo. Sé que quieres protegerme. Pero Pablo es bueno conmigo. Me hace feliz. Y si tú no puedes aceptarlo…
Me temblaba la voz pero seguí:
—…tendré que alejarme de ti.
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas por primera vez en años.
—No quiero perderte —susurró—. Pero tampoco sé cómo aceptar algo que no entiendo.
Nos abrazamos llorando como dos niñas asustadas.
No fue fácil después de eso. Mi abuela tardó meses en pronunciar el nombre de Pablo; aún hoy a veces lo llama «ese chico» cuando está enfadada o nerviosa. Pero poco a poco fue cediendo terreno: le dejó ayudar en la cocina, le preguntó por su trabajo… Incluso un día le sirvió un trozo extra de tarta diciendo: «Para ti, Pablo».
Aún hay heridas abiertas en mi familia; aún hay silencios incómodos y miradas esquivas en las reuniones familiares. Pero he aprendido que el amor —el verdadero amor— no siempre es fácil ni cómodo. A veces hay que luchar por él incluso contra quienes más quieres.
¿Vale la pena sacrificar parte de tu familia por seguir tu propio camino? ¿O hay formas de sanar las heridas sin renunciar a ti misma? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?