Entre las paredes del bloque: Cuando la ayuda se convierte en carga
—Carmen, ¿puedes quedarte con Lucía esta tarde?—. La voz de Pilar, mi vecina del tercero, sonó urgente al otro lado de la puerta. Apenas eran las cuatro y yo acababa de sentarme a tomar un café tras una jornada agotadora en la gestoría. Miré a Lucía, la niña de seis años que se escondía tímida tras las piernas de su madre.
—Claro, Pilar, no te preocupes— respondí, aunque por dentro sentí una punzada de cansancio. No era la primera vez. Desde que su marido se marchó y ella empezó a trabajar dobles turnos en el hospital, las peticiones se habían vuelto casi diarias.
Al principio, todo era natural. Yo también fui madre soltera y sé lo que es necesitar ayuda. Pero poco a poco, la línea entre solidaridad y abuso se fue desdibujando. Lucía empezó a pasar más tiempo en mi casa que en la suya. Hacíamos los deberes juntas, cenaba conmigo y hasta dormía en mi sofá cuando Pilar no llegaba a tiempo.
Una tarde, mientras ayudaba a Lucía con los deberes de matemáticas, escuché a mi hijo Sergio discutir por teléfono desde su habitación.
—Mamá, ¿otra vez la niña aquí?— me espetó después, cerrando la puerta con fuerza. —Ya no tenemos intimidad. Esto no es justo.
Me dolió escucharle. Sergio tiene diecisiete años y está preparando la selectividad. Nuestra casa siempre fue un refugio para los dos tras el divorcio. Ahora sentía que le estaba fallando.
Intenté hablar con Pilar varias veces. Una noche, mientras recogíamos los platos tras otra cena improvisada, le dije:
—Pilar, últimamente estoy muy cansada y Sergio necesita tranquilidad para estudiar. Quizá podrías buscar otra solución algunos días…
Ella me miró con ojos vidriosos y voz temblorosa:
—Carmen, no tengo a nadie más. Si no fuera por ti, no sé qué haría…
Me sentí egoísta por querer recuperar mi espacio. ¿Cómo negarme ante una madre desesperada? Pero el peso de la responsabilidad ajena empezaba a ahogarme.
Las cosas empeoraron cuando Lucía enfermó una mañana. Pilar estaba de guardia y no podía salir del hospital. Me tocó llevarla al centro de salud, esperar horas entre toses y llantos, comprarle medicinas y quedarme despierta toda la noche vigilando su fiebre.
Al día siguiente, llegué tarde al trabajo y mi jefe me llamó la atención:
—Carmen, últimamente estás distraída y faltas mucho. ¿Pasa algo en casa?
Mentí. Dije que era por mi hijo. No podía explicar que estaba criando a la hija de mi vecina.
La tensión creció en casa. Sergio dejó de traer amigos y empezó a encerrarse más en su cuarto. Una noche le oí llorar bajito. Me senté a su lado y le acaricié el pelo como cuando era pequeño.
—Perdona, hijo. No quería que esto te afectara tanto…
Él me miró con rabia contenida:
—Siempre ayudas a todos menos a mí.
Sentí un nudo en el estómago. ¿En qué momento había dejado de ser madre para convertirme en salvadora del bloque?
Un sábado por la mañana, mientras barría el descansillo, escuché a otras vecinas cuchichear:
—Carmen es demasiado buena… Al final se aprovechan de ella.
Me ardieron las mejillas de vergüenza y rabia. ¿Era eso lo que pensaban todos? ¿Que era una tonta útil?
Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama repasando cada decisión, cada favor concedido por miedo al qué dirán o por no romper la paz del bloque. Recordé a mi madre diciéndome: “En esta vida hay que saber decir basta”.
Al día siguiente, reuní el valor para hablar con Pilar con firmeza:
—Pilar, necesito que busques otra alternativa para Lucía algunos días. No puedo seguir así. Mi hijo me necesita y yo también necesito cuidar de mí misma.
Vi cómo se le caía el mundo encima. Lloró y me suplicó, pero esta vez no cedí. Le ofrecí ayudarle a buscar una niñera o hablar con otras madres del colegio para organizar turnos.
Durante semanas, el ambiente fue tenso en el bloque. Pilar apenas me saludaba y algunas vecinas me miraban con desaprobación. Pero poco a poco, empecé a sentirme más ligera. Sergio volvió a sonreír y nuestras cenas recuperaron la calma perdida.
Hoy, meses después, sigo pensando si hice lo correcto. A veces veo a Lucía jugando sola en el patio y siento una punzada de culpa. Pero también sé que aprendí una lección dolorosa sobre los límites y el derecho a decir no.
¿Hasta dónde debe llegar la solidaridad? ¿Dónde termina la ayuda y empieza el abuso? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?