Alas rotas: El combate de Marta por su propia vida
—¿Otra vez llegas tarde, Marta? —La voz de Ricardo retumbó en el pasillo, mezclada con el olor a tabaco y la cena fría sobre la mesa.
No contesté. Dejé las llaves en el cuenco de cerámica que me regaló mi madre y me quité los zapatos. El cansancio me pesaba en los hombros como una losa. Había salido del hospital después de doce horas de guardia y aún tenía que repasar los deberes de Lucía, nuestra hija, y poner una lavadora. Pero lo peor era esa sensación de caminar sobre cristales cada vez que cruzaba la puerta de casa.
—¿Me oyes? —insistió Ricardo, levantando la voz—. Siempre igual, Marta. Ni para cuidar de tu familia sirves.
Sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que me lo decía. Ni sería la última. Me mordí el labio para no llorar delante de Lucía, que asomaba la cabeza desde el salón con los ojos grandes y asustados.
—Papá, ¿puedo ver un poco más la tele? —preguntó ella, intentando desviar la atención.
—No —respondió él seco—. A la cama ya.
Lucía bajó la mirada y se fue a su cuarto. Yo recogí los platos sin decir palabra. El silencio era mi escudo, pero también mi prisión.
Esa noche apenas dormí. Me preguntaba en qué momento había dejado de reconocerme. ¿Cuándo se había roto mi vida? Recordé los primeros años con Ricardo: las risas en las fiestas del barrio de Chamberí, los paseos por el Retiro, las promesas de amor eterno. Pero todo eso se había ido desvaneciendo, sustituido por reproches, gritos y un control asfixiante.
En el hospital, mis compañeras notaban mi tristeza. Carmen, mi amiga desde la universidad, me miró un día a los ojos mientras tomábamos café en la sala de descanso.
—Marta, no puedes seguir así —me dijo en voz baja—. No eres la misma. ¿Por qué no te separas?
Me encogí de hombros. ¿Separarme? ¿Y Lucía? ¿Y si Ricardo se ponía peor? Mi madre siempre decía que una familia debía permanecer unida, que las mujeres tenemos que aguantar por nuestros hijos. Pero yo ya no podía más.
Las discusiones se hicieron más frecuentes. Ricardo empezó a revisar mi móvil, a llamarme cada hora para saber dónde estaba. Un día llegó al hospital y montó una escena delante de mis compañeras porque no le contesté un mensaje.
—¡Eres una egoísta! —me gritó—. ¡Solo piensas en ti!
Me sentí humillada, pequeña, invisible. Esa noche dormí en el sofá, abrazada a una manta y a mis propias lágrimas.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba el desayuno para Lucía, mi hermana Ana llamó al timbre. Hacía semanas que no venía a casa porque no soportaba ver cómo Ricardo me trataba.
—Marta, tienes que salir de aquí —me susurró mientras recogíamos los juguetes del suelo—. Esto no es vida.
La miré con rabia y vergüenza. ¿Por qué era tan difícil tomar una decisión? ¿Por qué sentía culpa por pensar en mí?
Esa tarde, después de otra discusión violenta, Ricardo salió dando un portazo. Lucía vino corriendo y se abrazó a mí.
—Mamá, ¿por qué papá te grita tanto?
No supe qué decirle. Solo la abracé fuerte y lloré en silencio.
Esa noche tomé una decisión. Abrí el portátil y busqué información sobre ayuda psicológica y recursos para mujeres en situaciones como la mía. Descubrí que no estaba sola, que había miles de Martas en España luchando por salir adelante.
Al día siguiente hablé con Carmen y le pedí ayuda para encontrar un piso pequeño donde empezar de nuevo con Lucía. También llamé a Ana y le conté mi decisión. Ella lloró conmigo al teléfono.
Cuando se lo dije a Ricardo, su reacción fue violenta. Rompió un jarrón contra la pared y me insultó como nunca antes. Pero yo ya no tenía miedo. Había tocado fondo y solo podía subir.
Conseguí mudarme a un piso modesto en Vallecas gracias a la ayuda de mis amigas y mi hermana. Los primeros días fueron duros: Lucía lloraba por las noches preguntando por su padre y yo sentía un vacío inmenso en el pecho. Pero poco a poco fui recuperando fuerzas.
Empecé terapia psicológica y aprendí a poner límites. Volví a reírme con mis compañeras del hospital y a disfrutar de los pequeños momentos con Lucía: una tarde en el parque, una película bajo una manta, un desayuno sin gritos ni reproches.
Mi madre tardó en entenderlo. Al principio me llamó egoísta y me dijo que estaba destrozando a la familia. Pero con el tiempo vio cómo cambiaba mi mirada, cómo Lucía volvía a sonreír.
Hoy, dos años después, sigo luchando cada día por mantenerme firme. A veces dudo, a veces tengo miedo al futuro. Pero sé que tomé la decisión correcta.
¿De verdad merecemos vivir con miedo solo por no romper una familia? ¿Cuántas Martas hay aún esperando dar el paso? Ojalá mi historia sirva para que alguna encuentre el valor de volar con sus propias alas.