Hasta que no lo deje, no recibirá ni un euro: Confesión de una madre española

—¡Mamá, no me hagas esto! —gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, mientras yo apretaba los labios para no llorar también.

Era la tercera vez esa semana que venía a casa, buscando consuelo, buscando ayuda. Pero esta vez, yo ya había tomado una decisión. No podía seguir alimentando su sufrimiento, no podía seguir siendo cómplice de su desgracia. Mi hija estaba atrapada en un matrimonio que la consumía, y yo, Carmen, su madre, tenía que hacer algo. ¿Pero qué puede hacer una madre cuando ve a su hija marchitarse y no puede salvarla?

Lucía siempre fue una niña alegre. Recuerdo cuando corría por el parque del Retiro con sus trenzas al viento, riendo a carcajadas. Pero desde que se casó con Sergio, todo cambió. Al principio pensé que era el estrés del trabajo, la rutina, la vida adulta. Pero pronto empecé a notar cosas: llamadas a deshoras, mensajes que no podía leer delante de él, moratones en el alma y en la piel que intentaba ocultar bajo mangas largas incluso en agosto.

—No puedo más, mamá —me confesó una noche mientras cenábamos tortilla de patatas—. Pero tampoco sé cómo salir de esto.

Sergio era encantador de puertas afuera. En las reuniones familiares sonreía, traía flores y hacía bromas. Pero yo veía el miedo en los ojos de mi hija cada vez que él levantaba la voz. Veía cómo se encogía cuando él la corregía por cualquier tontería: la sal en la comida, el orden de los cojines del sofá, el color del pintalabios.

Intenté hablar con ella muchas veces:

—Lucía, hija, ¿estás bien? ¿Te pasa algo con Sergio?

Ella siempre negaba con la cabeza, pero sus manos temblaban y su mirada se perdía en algún punto lejano.

La situación se volvió insostenible cuando Lucía perdió el trabajo. Sergio le prohibió buscar otro. «No hace falta que trabajes, yo te mantengo», le decía. Pero lo que realmente quería era aislarla de todos: de sus amigas, de su familia, de sí misma.

Un día vino a casa con el labio partido. Dijo que se había caído en la ducha. No le creí. Esa noche no dormí. Me levanté mil veces para mirar su foto en la mesilla y preguntarme dónde me había equivocado como madre.

Hablé con mi hermana Pilar:

—No puedo más, Pili. Si sigo ayudándola económicamente, solo le doy excusas para quedarse con él. Pero si le quito la ayuda… ¿y si le pasa algo?

—Carmen, tienes que ser fuerte —me dijo Pilar—. A veces hay que dejar que toquen fondo para que puedan salir a flote.

Así que tomé una decisión terrible: le retiré toda ayuda hasta que dejara a Sergio. Le dije que no podía seguir manteniéndola mientras siguiera con él. Que la quería más que a mi vida, pero que no podía salvarla si ella no quería salvarse.

—¿Me estás echando? —me preguntó Lucía entre sollozos.

—No te estoy echando, hija —le respondí con la voz rota—. Te estoy tendiendo una mano para cuando decidas salir de ese infierno. Pero mientras sigas ahí dentro… no puedo ayudarte más.

Los días siguientes fueron un tormento. Me llamaba por las noches suplicando ayuda. Yo lloraba en silencio después de colgar. Mi marido Antonio me decía que era lo mejor para ella, pero yo sentía que me arrancaban el corazón.

Una tarde recibí una llamada del hospital Gregorio Marañón. Lucía había tenido un ataque de ansiedad en plena calle. Fui corriendo a verla. Estaba pálida, temblorosa, pero viva.

—Mamá… —me susurró—. Tengo miedo.

La abracé como cuando era pequeña y le prometí que todo iría bien si daba el paso. Esa noche se quedó en casa y hablamos hasta el amanecer.

—¿Y si nunca soy capaz de dejarlo? —me preguntó con voz quebrada.

—Entonces tendrás que aprender a vivir con ese dolor —le respondí—. Pero yo siempre estaré aquí cuando decidas salir.

Pasaron semanas de silencio y angustia. Hasta que un día apareció en casa con una maleta y los ojos hinchados pero decididos.

—He terminado con Sergio —me dijo simplemente.

La abracé tan fuerte como pude y lloramos juntas durante horas.

Ahora Lucía está reconstruyendo su vida poco a poco. Ha vuelto a trabajar en una librería del barrio y ha retomado contacto con sus amigas. A veces todavía tiene pesadillas y días malos, pero ya no está sola.

Me pregunto cada noche si hice lo correcto como madre. ¿Hasta dónde debe llegar una madre para salvar a su hija? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?