Entre el amor de madre y la lealtad a mi esposa: El día que todo se rompió
—¿Por qué lo has hecho, Pablo? ¿Por qué me has mentido?— La voz de Lucía temblaba, pero no de miedo, sino de esa rabia contenida que sólo se siente cuando te traiciona alguien a quien amas.
Me quedé parado en medio del salón, con mi madre sentada en el sofá, la mirada baja, y mi hija Martina jugando ajena a la tensión que llenaba el aire. El reloj de pared marcaba las seis y media, pero el tiempo parecía haberse detenido justo en ese instante.
No supe qué responder. ¿Cómo explicarle a Lucía que llevaba meses soñando con este momento? Que mi madre, Carmen, había insistido tantas veces en conocer a su nieta, y yo, atrapado entre dos amores imposibles de conciliar, había cedido al fin. Pero lo hice mal. Lo hice a escondidas.
—Lucía, por favor…— intenté decir algo, pero ella me cortó.
—¿Por favor qué? ¿Que entienda que tu madre puede venir aquí cuando le dé la gana, aunque yo te haya pedido que no lo hagas sin avisarme? ¿Que acepte que sigues siendo el niño de mamá y no el hombre con el que me casé?
La voz de mi madre se alzó entonces, suave pero firme:
—No es culpa de Pablo. Yo le insistí. Sólo quería ver a mi nieta…
Lucía la miró con una mezcla de dolor y cansancio. —Señora Carmen, usted siempre consigue lo que quiere, aunque sea a costa de los demás.
Sentí cómo se me encogía el corazón. Mi madre nunca aceptó del todo a Lucía. Desde el principio, cuando la llevé a casa en Salamanca para presentarla, Carmen la miró como si fuera una intrusa. «Las chicas de ciudad no saben cuidar de una familia», decía entre dientes. Y aunque Lucía se esforzó por agradarle, por integrarse en nuestras costumbres —las comidas largas de los domingos, los veranos en el pueblo—, siempre había un reproche velado, una crítica sutil.
Cuando nació Martina, pensé que todo cambiaría. Que una nieta uniría lo que parecía imposible. Pero Carmen se ofendió porque no la llamamos para estar en el parto. «Las cosas importantes se viven en familia», me reprochó por teléfono mientras yo intentaba calmar a Lucía, exhausta tras horas de hospital.
Así pasaron los meses. Carmen llamaba cada semana preguntando cuándo podría ver a Martina. Lucía ponía excusas: que la niña estaba resfriada, que teníamos mucho trabajo. Yo me sentía como un traidor cada vez que colgaba el teléfono.
Hasta que hace dos semanas, Carmen me llamó llorando. «Pablo, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué me apartáis de mi nieta?» Su voz me partió el alma. Así que planeé la visita en secreto. Le dije a Lucía que tenía una reunión en el trabajo y llevé a Carmen a casa durante la siesta de Martina.
Pero ese día Lucía volvió antes de lo previsto. Entró y vio a su suegra sentada en nuestro sofá, con Martina en brazos. El silencio fue absoluto durante unos segundos eternos.
Ahora todo estaba roto. Lucía no me hablaba; dormía en la habitación de Martina y apenas me miraba. Mi madre volvió al pueblo al día siguiente, dolida y ofendida: «Nunca pensé que mi propio hijo tendría que esconderme como si fuera una ladrona».
En el trabajo no podía concentrarme. Mis compañeros notaron mi mal humor. «¿Todo bien en casa?», preguntó Javier, mi jefe. Asentí sin ganas.
Una tarde encontré a Lucía llorando en la cocina. Me acerqué despacio.
—Lo siento —susurré—. No quería hacerte daño.
Ella levantó la vista, los ojos rojos.—No entiendes nada, Pablo. No es sólo tu madre. Es que nunca me eliges a mí primero. Siempre tienes miedo de decepcionarla.
Me quedé sin palabras. ¿Era cierto? ¿Seguía siendo el niño asustado que buscaba la aprobación materna?
Esa noche llamé a Carmen.—Mamá, tenemos que hablar.—Su voz sonó fría.—No quiero problemas con Lucía.—Lo sé. Pero tienes que entender que esta es mi familia ahora.—¿Y yo qué soy? ¿Un estorbo?—No, mamá… Pero necesito que respetes mis decisiones.—
Colgamos sin despedirnos.
Los días pasaron lentos y pesados. Martina preguntaba por qué mamá estaba triste y papá dormía solo. No supe qué decirle.
Un domingo por la tarde, Lucía se sentó frente a mí.—¿Vas a seguir escondiéndote detrás de tu madre o vas a luchar por nosotras?—
La miré largo rato.—Quiero luchar por vosotras.—Entonces demuéstralo.—
Desde entonces intento reconstruir lo que rompí: poner límites a Carmen sin dejar de quererla; pedir perdón a Lucía cada día; ser un padre presente para Martina.
Pero aún me pregunto: ¿Por qué es tan difícil conciliar el amor por nuestros padres con la lealtad hacia nuestra pareja? ¿Merece la familia tanto sacrificio si sólo nos causa dolor?