Entre la culpa y el amor: Mi vida cuidando a mi abuelo
—¡Lucía! ¿Dónde estás? —La voz de mi abuelo retumba por el pasillo, temblorosa pero insistente. Son las siete de la mañana y apenas he dormido tres horas. Me levanto a trompicones, con los ojos pegados y la espalda dolorida.
—Ya voy, abuelo, ya voy… —respondo, intentando que no se note el cansancio en mi voz.
Entro en su habitación y lo encuentro con la mirada perdida en el techo. Sus manos tiemblan sobre la manta. Me acerco y le acomodo la almohada.
—¿Has dormido bien? —le pregunto, aunque sé la respuesta.
—No mucho, hija. Me duele todo —susurra, y siento una punzada de culpa porque anoche me quedé dormida antes de darle el calmante.
Hace un año, mi abuelo Antonio era un hombre fuerte, de esos que nunca se quejan. Pero desde la caída en el baño —ese maldito resbalón en las baldosas frías— todo cambió. Ahora depende de mí para todo: comer, asearse, incluso para girarse en la cama. Y yo… yo me siento cada día más pequeña frente a esa responsabilidad.
Mis padres murieron hace años y mi hermano Sergio vive en Barcelona, demasiado lejos para ayudar más allá de una llamada rápida los domingos. Así que aquí estoy, en nuestro piso de Vallecas, con las paredes llenas de fotos antiguas y el aire cargado de recuerdos y olor a medicinas.
A veces me sorprendo deseando que todo esto termine. Y entonces la culpa me golpea con fuerza. ¿Cómo puedo pensar algo así de la persona que me crió? ¿Qué clase de nieta soy?
El teléfono suena. Es Marta, mi mejor amiga:
—¿Lucía? ¿Vas a venir hoy al café?
—No puedo, Marta. Ya sabes cómo está la cosa…
—Tienes que salir un poco, aunque sea media hora. No puedes seguir así.
Pero no puedo. No quiero dejar solo a mi abuelo ni un minuto. La última vez que lo hice, se asustó tanto que estuvo llorando hasta que volví. Desde entonces, no me atrevo a salir más allá del supermercado de la esquina.
Las horas pasan lentas. Le doy de comer puré con una cuchara pequeña, le cambio los pañales con manos torpes y le cuento historias del barrio para distraerlo del dolor. A veces sonríe y me mira con esos ojos azules tan vivos que tenía cuando era joven.
—¿Te acuerdas cuando íbamos al Retiro a dar de comer a los patos? —me pregunta un día.
—Claro que sí, abuelo. Siempre te enfadabas porque yo les daba todo el pan y luego no quedaba para ti —le respondo, forzando una sonrisa.
Pero hay días en los que no puedo más. Días en los que grito en silencio mientras limpio manchas imposibles del colchón o cuando él me llama por el nombre de mi madre y me pregunta cuándo va a volver.
Una tarde, mientras le cambio la vía del suero, exploto:
—¡No puedo hacerlo todo sola! —grito al vacío, mientras las lágrimas me caen por las mejillas.
Mi abuelo me mira asustado, como si fuera una niña pequeña otra vez. Me siento fatal al instante.
—Perdona, abuelo… es que estoy cansada —susurro.
Él me acaricia la mano con sus dedos frágiles.
—Lo sé, hija. Gracias por cuidarme…
Esa noche no duermo. Me quedo sentada junto a su cama, escuchando su respiración entrecortada y pensando en todo lo que he perdido: mi trabajo como profesora de primaria (tuve que pedir una excedencia), mis amigos, incluso mi propia vida. Pero también pienso en lo que he ganado: una relación más profunda con él, momentos de ternura inesperados y una fuerza interior que no sabía que tenía.
Un día recibo una llamada del centro de salud. La trabajadora social me ofrece ayuda a domicilio unas horas a la semana.
—No quiero extraños en casa —dice mi abuelo cuando se lo cuento.
—Abuelo, yo sola no puedo… —le explico con voz temblorosa.
Discutimos. Él se siente una carga; yo me siento egoísta por querer un respiro. Al final accede, pero su mirada triste me persigue durante días.
La primera vez que viene Carmen, la auxiliar, siento vergüenza por el desorden y por mis ojeras eternas. Pero ella es amable y eficiente. Me obliga a salir a dar un paseo mientras cuida de mi abuelo.
Camino por el parque y respiro hondo por primera vez en meses. Veo niños jugando al fútbol y parejas paseando de la mano. Me siento invisible y al mismo tiempo libre.
Cuando vuelvo a casa, mi abuelo está dormido y Carmen me sonríe:
—Tienes que cuidarte tú también, Lucía.
Poco a poco empiezo a aceptar ayuda: vecinos que traen comida casera, amigas que me invitan a tomar un café rápido en la plaza del pueblo los domingos por la mañana. Aprendo a pedir lo que necesito sin sentirme menos valiosa por ello.
Pero la culpa nunca desaparece del todo. Cada vez que salgo o sonrío sin él, siento que le estoy fallando. Y cada vez que pierdo la paciencia o lloro delante de él, temo estar haciéndole daño sin querer.
Hoy mi abuelo cumple 95 años. Le he preparado su comida favorita: tortilla de patatas (sin cebolla, como le gusta). Le canto el cumpleaños feliz y le beso la frente arrugada.
—Gracias por estar conmigo —me dice con voz débil pero firme.
Y yo solo puedo abrazarlo fuerte y llorar en silencio.
¿Es posible cuidar bien de alguien sin perderse a uno mismo? ¿Cómo aprendemos a perdonarnos por no ser perfectos cuando amamos tanto? ¿Alguien más se siente así?