Cuando el amor tiene precio: La historia de Lucía y Álvaro

—¿Y entonces qué, Lucía? ¿Vas a seguir fingiendo que aquí no pasa nada? —La voz de Álvaro retumbó en la cocina, mientras yo apretaba los puños sobre la mesa de madera, la misma donde tantas veces habíamos reído con nuestros hijos.

No podía creer lo que acababa de escuchar. Álvaro, mi marido desde hacía diez años, el padre de mis hijos, me miraba con una frialdad desconocida. —Quiero que me devuelvas todo el dinero que he gastado en esta casa desde que dejamos de trabajar los dos. No es justo, Lucía. Yo he puesto todo y tú… tú solo has estado aquí.

Sentí cómo se me encogía el estómago. ¿Solo he estado aquí? ¿Acaso criar a nuestros hijos, cuidar de su madre enferma cuando vivía con nosotros, hacer malabares con la compra y las facturas, no cuenta como trabajo? Recordé las tardes en las que renuncié a entrevistas de trabajo porque los niños tenían fiebre o porque la abuela necesitaba ir al médico. Recordé cómo, hace años, Álvaro y yo habíamos decidido juntos que yo dejaría mi puesto en la gestoría para dedicarme a la familia.

—¿De verdad crees que todo esto es tan simple? —le pregunté, con la voz temblorosa.

—No es simple, Lucía. Es justo. Yo he sacrificado mis sueños también. Pero ahora estoy cansado de cargar con todo. Quiero lo que es mío —respondió él, sin mirarme a los ojos.

Esa noche no dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj del pasillo y pensaba en mis hijos, en cómo les afectaría todo esto. ¿Cómo les explicaría que su padre y yo ya no éramos un equipo? ¿Cómo les diría que el amor puede tener precio?

Al día siguiente, llamé a mi hermana Carmen. Ella siempre había sido mi refugio. —No puedes dejar que te humille así, Lucía. Has dado tu vida por esa familia —me dijo, indignada.

Pero yo no quería una guerra. Quería entender en qué momento habíamos dejado de ser nosotros para convertirnos en dos extraños negociando facturas y cuentas bancarias.

Los días siguientes fueron un infierno. Álvaro empezó a dejarme notas con cifras: “Luz: 120€, Agua: 45€, Colegio: 300€…”. Las pegaba en la nevera como si fueran recordatorios de mi deuda. Me sentí pequeña, invisible. Empecé a dudar de mí misma: ¿Y si realmente no valía nada sin un sueldo?

Una tarde, mientras recogía los juguetes del salón, mi hijo Marcos se me acercó y me abrazó fuerte. —Mamá, ¿por qué estás triste? —me preguntó con esos ojos grandes que siempre buscan respuestas.

No supe qué decirle. Solo lo abracé más fuerte y lloré en silencio.

La tensión crecía cada día. Álvaro apenas me hablaba. Yo evitaba mirarle a los ojos. Las cenas eran un desfile de silencios incómodos y miradas bajas. Mis padres vinieron a visitarnos un domingo y notaron el ambiente helado. Mi madre me llevó aparte y me susurró: —Lucía, hija, no puedes dejar que te pisoteen así. Tu trabajo en casa vale tanto como el suyo fuera.

Empecé a buscar información sobre mis derechos. Descubrí que en España, aunque no hubiera trabajado fuera de casa durante años, tenía derecho a una compensación si nos separábamos. Pero más allá de lo legal, estaba mi dignidad.

Una noche, después de acostar a los niños, me armé de valor y enfrenté a Álvaro:

—¿De verdad crees que puedes ponerle precio a todo lo que hemos vivido? ¿A las noches sin dormir cuando Marcos tenía asma? ¿A los cumpleaños organizados con ilusión? ¿A los abrazos cuando perdiste tu trabajo y yo te sostuve?

Él bajó la mirada por primera vez en semanas.

—No sé qué nos ha pasado, Lucía… —susurró.

—Nos ha pasado la vida —le respondí—. Pero si quieres convertir nuestro amor en una factura, adelante. Yo también puedo hacer cuentas: ¿Cuánto vale una familia? ¿Cuánto cuesta el tiempo perdido?

Esa noche dormí sola en el sofá. Al día siguiente, Álvaro se fue temprano y no volvió hasta tarde. La distancia entre nosotros era ya un abismo.

Pasaron semanas así. Un día recibí una carta: Álvaro había iniciado los trámites de separación y reclamaba una compensación económica por todos esos años.

Me sentí devastada, pero también liberada. Por primera vez en mucho tiempo pensé en mí misma: en mis sueños olvidados, en mi carrera aparcada, en la mujer que fui antes de ser solo madre y esposa.

Con ayuda de Carmen y una abogada del centro de la mujer del barrio, empecé a reconstruir mi vida. Encontré un trabajo a media jornada en una gestoría pequeña; no era mucho, pero era mío. Los niños lo notaron todo, claro. Hubo lágrimas y preguntas difíciles.

Una tarde, mientras preparaba la cena con Marcos y Sofía, mi hija pequeña me miró seria:

—Mamá, ¿por qué papá dice que le debes dinero?

Me agaché a su altura y le respondí:

—Porque a veces los mayores nos olvidamos de lo importante y pensamos que todo se puede comprar o vender. Pero hay cosas que no tienen precio: como el amor o la familia.

Hoy sigo luchando cada día por mis hijos y por mí misma. No sé si algún día podré perdonar del todo a Álvaro ni si volveré a confiar plenamente en alguien. Pero sí sé algo: nadie debería ponerle precio al amor ni al sacrificio silencioso de tantas mujeres como yo.

¿De verdad hemos llegado a un punto en el que el valor de una persona se mide por su nómina? ¿Cuándo dejamos de ser compañeros para convertirnos en enemigos?