Cuando mi marido suplicó mi perdón, pero ya era demasiado tarde: una historia de traición y decisiones imposibles

—¿Por qué, Luis? ¿Por qué me has hecho esto? —grité, con la voz rota y las manos temblando mientras sostenía el móvil, con los mensajes aún brillando en la pantalla.

Luis no supo qué decir. Se quedó allí, en medio del salón, con la cara pálida y los ojos llenos de lágrimas. Yo no podía dejar de mirar el teléfono, como si las palabras que había leído pudieran borrarse si lo miraba lo suficiente. Pero no. Seguían ahí: las promesas, las caricias escritas, los planes secretos con otra mujer.

Mi nombre es Carmen y llevo veinte años casada con Luis. Vivimos en un piso modesto en el barrio de Chamberí, en Madrid. Tenemos dos hijos: Marta, que acaba de empezar la universidad, y Sergio, que aún va al instituto. Siempre pensé que nuestra vida era normal, incluso feliz. Pero esa noche, todo se rompió.

—Carmen, por favor… No sabes lo arrepentido que estoy —susurró Luis, acercándose como si temiera que yo fuera a romperme en mil pedazos.

—¿Arrepentido? ¿Ahora? ¿Después de meses mintiéndome? —le escupí las palabras como si fueran veneno.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Afuera llovía y las gotas golpeaban los cristales como si quisieran entrar a consolarme. Sentí que me ahogaba. Pensé en mis hijos, en mi madre —que siempre me decía que el matrimonio era para toda la vida— y en mi hermana Lucía, que nunca confió del todo en Luis.

Esa noche no dormí. Me senté en la cocina, con una taza de café frío entre las manos, repasando cada detalle de los últimos meses: las ausencias de Luis, sus excusas absurdas, los mensajes que nunca contestaba delante de mí. ¿Cómo no lo vi antes? ¿En qué momento dejamos de hablarnos de verdad?

A la mañana siguiente, Marta bajó a desayunar y me miró con preocupación.

—Mamá, ¿has dormido algo? Tienes mala cara.

No supe qué decirle. No quería arrastrarla a este abismo. Pero Sergio escuchó la discusión de la noche anterior y entró en la cocina con los ojos rojos.

—¿Es verdad lo que le gritaste a papá? —preguntó, con la voz quebrada.

No pude mentirles. Les conté la verdad, o al menos una parte. Marta se levantó furiosa y salió dando un portazo. Sergio se quedó sentado a mi lado, sin decir nada, solo apoyando su mano sobre la mía.

Los días siguientes fueron un infierno. Luis intentaba hablar conmigo a todas horas. Me dejaba notas por la casa, mensajes en el móvil, flores marchitas en la mesa del comedor. Mi madre vino a verme y me abrazó fuerte.

—Hija, nadie puede decidir por ti. Pero recuerda que una familia es lo más importante —me dijo, con esa voz suya tan firme.

Lucía, mi hermana, fue más directa:

—Carmen, no le debes nada a nadie. Si te quedas con él solo por miedo o por costumbre, acabarás destrozada.

Las opiniones se multiplicaban: amigas que me decían que perdonara por los niños; otras que me animaban a empezar de cero. Yo solo sentía un vacío inmenso y una rabia sorda que no me dejaba respirar.

Una tarde, Luis llegó antes del trabajo y me encontró sentada en el sofá, mirando fotos antiguas.

—Carmen… —se arrodilló delante de mí—. Te juro que fue un error. No significa nada para mí. Solo te quiero a ti. Dame otra oportunidad… Por favor.

Vi el miedo en sus ojos. El miedo a perderlo todo: su familia, su casa, su vida cómoda. Pero también vi el hombre al que amé durante tantos años y sentí una punzada de dolor tan fuerte que tuve que apartar la mirada.

—No sé si puedo perdonarte —le dije al fin—. No sé si quiero hacerlo siquiera.

Luis lloró como nunca le había visto llorar. Me abrazó las piernas y yo sentí lástima… pero también una extraña liberación.

Las semanas pasaron entre silencios incómodos y discusiones a media voz para no despertar a los niños. Marta apenas hablaba con su padre; Sergio se encerraba en su cuarto con los cascos puestos todo el día. La casa se llenó de fantasmas: recuerdos felices mezclados con reproches y sospechas.

Una noche salí a caminar por el barrio. Pasé por delante del colegio donde llevábamos a los niños cuando eran pequeños; por el parque donde Luis y yo nos besábamos cuando aún éramos novios. Todo parecía tan lejano…

Me encontré con Ana, una vecina del bloque de al lado. Me invitó a tomar un café y acabé contándole todo entre lágrimas.

—Carmen —me dijo—, nadie puede vivir tu vida por ti. Pero no te olvides de ti misma. No eres solo madre o esposa: eres tú.

Aquella frase me acompañó durante días. Empecé a pensar en lo que quería yo, más allá del miedo al qué dirán o al dolor de mis hijos. Empecé a imaginarme sola… y no me asustó tanto como pensaba.

Finalmente tomé una decisión. Una mañana reuní a Luis y a los niños en el salón.

—He decidido separarme —dije con voz firme—. No puedo seguir viviendo así. Os quiero mucho a todos, pero necesito pensar en mí también.

Luis rompió a llorar otra vez; Marta me abrazó fuerte; Sergio salió corriendo al balcón para esconder sus lágrimas. Fue el momento más duro de mi vida… pero también el más honesto.

Hoy vivo sola en un piso pequeño cerca del Retiro. Mis hijos vienen a verme los fines de semana; Luis y yo hablamos solo lo justo para organizarnos por ellos. A veces me siento sola… pero también libre. He vuelto a estudiar —algo que siempre quise hacer— y he conocido gente nueva.

A veces me pregunto si podría haber hecho algo diferente; si habría sido capaz de perdonar y reconstruir nuestra familia. Pero sé que tomé la decisión correcta para mí.

¿Es posible volver a confiar después de una traición así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrarse? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?