La mentira de mi cuñada: el embarazo fingido que rompió a mi familia

—¡No puede ser! —grité, con la carta del ginecólogo temblando entre mis manos—. ¿Cómo has podido hacernos esto, Lucía?

El eco de mi voz rebotó en las paredes del salón, donde aún flotaba el aroma del café de la mañana. Mi marido, Álvaro, me miraba con los ojos abiertos como platos, incapaz de articular palabra. Lucía, mi cuñada, se quedó sentada en el sofá, pálida, con las manos entrelazadas y la mirada clavada en el suelo. Nadie se atrevía a romper el silencio que se había instalado como una losa sobre nosotros.

Todo empezó hace seis meses, cuando Lucía apareció en nuestra puerta con una maleta y los ojos rojos de tanto llorar. Decía que su novio la había dejado y que no tenía a dónde ir. Álvaro, siempre tan generoso con su hermana pequeña, no dudó ni un segundo en ofrecerle nuestra casa. Yo también la recibí con los brazos abiertos; al fin y al cabo, la familia es lo primero, ¿no?

Al principio todo fue bien. Lucía ayudaba en casa, cocinaba y hasta se ofrecía a recoger a los niños del colegio. Pero a las pocas semanas, empezó a cambiar. Se pasaba el día en pijama, apenas salía de su habitación y evitaba cualquier conversación sobre buscar trabajo o independizarse. Cuando le preguntábamos, siempre tenía una excusa: “Estoy esperando una respuesta de una entrevista”, “Hoy no me encuentro bien”, “La situación está muy difícil”.

Un día, mientras preparaba la cena, Lucía entró en la cocina con una sonrisa nerviosa.
—Marisa, tengo que contarte algo…
—¿Qué pasa? —le pregunté, dejando el cuchillo sobre la tabla.
—Estoy embarazada.

Me quedé helada. No sabía si abrazarla o preguntarle cómo pensaba sacar adelante a un bebé sin trabajo ni pareja estable. Pero la emoción pudo más que la razón y la felicité. Álvaro lloró de alegría al enterarse; siempre había soñado con ser tío.

A partir de ese momento, todo giró en torno al embarazo de Lucía. Le compramos vitaminas, le cedimos nuestra habitación más grande y hasta redecoramos una esquina del salón para poner una cuna. Mis hijos hablaban del futuro primo como si ya estuviera aquí. Pero algo no encajaba. Lucía nunca iba al médico, siempre tenía una excusa para no mostrar las ecografías y su barriga apenas crecía.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Lucía hablando por teléfono en el balcón:
—No te preocupes, nadie sospecha nada… Sí, claro que sigo aquí… No pienso volver a trabajar ni loca…

El corazón me dio un vuelco. ¿A quién le hablaba? ¿Qué estaba ocultando? Decidí no decir nada hasta tener pruebas.

Empecé a observarla más de cerca. Noté que salía poco y cuando lo hacía volvía con bolsas llenas de comida basura y refrescos. Nunca tenía náuseas ni antojos extraños. Un día le pregunté por el nombre del ginecólogo para acompañarla a una revisión y cambió de tema rápidamente.

La gota que colmó el vaso llegó cuando encontré en su bolso un sobre abierto con el membrete de un centro médico privado. Dentro había una carta dirigida a otra persona y un folleto sobre pruebas de fertilidad. Nada cuadraba.

Esa noche esperé a que Álvaro llegara del trabajo y le conté todo. Al principio no me creyó; pensó que estaba exagerando o que era fruto del estrés. Pero cuando le mostré la carta y le recordé todas las incoherencias, su expresión cambió.

Decidimos enfrentarla juntos. La llamamos al salón y le pedimos que nos enseñara las ecografías o algún informe médico. Lucía se puso nerviosa, tartamudeó y finalmente rompió a llorar.
—¡No estoy embarazada! —confesó entre sollozos—. No sabía cómo decíroslo… Tenía miedo de quedaros sin casa… No quiero volver a trabajar en ese supermercado horrible…

El silencio fue absoluto. Sentí una mezcla de rabia, tristeza y compasión. Habíamos construido castillos en el aire alrededor de una mentira.

Álvaro se levantó sin decir palabra y se encerró en el baño. Yo me quedé mirando a Lucía, incapaz de reconocer a la persona que tenía delante.
—¿Por qué nos has hecho esto? —le pregunté con voz rota—. ¿No confías en nosotros?

Lucía no supo qué responder. Solo lloraba y pedía perdón una y otra vez.

Esa noche no dormí. Pensé en mis hijos, en cómo les explicaría que su tía les había mentido. Pensé en Álvaro, destrozado por la traición de su hermana. Y pensé en mí misma: ¿en qué momento dejamos de ver lo que teníamos delante?

Al día siguiente le pedimos a Lucía que se marchara. Le ofrecimos ayuda para buscar trabajo y un lugar donde quedarse temporalmente, pero ella lo rechazó todo. Se fue sin mirar atrás.

Han pasado tres meses desde entonces y la herida sigue abierta. Mis hijos aún preguntan por su tía y yo no sé qué decirles. Álvaro apenas habla del tema; creo que todavía no ha perdonado a Lucía… ni a sí mismo por haber confiado ciegamente.

A veces me pregunto si podríamos haber hecho algo diferente. ¿Hasta dónde llega el deber de ayudar a la familia? ¿Cuándo hay que poner límites aunque duela?

¿Vosotros qué haríais si alguien tan cercano os traicionara así? ¿Se puede volver a confiar después de algo así?