Un sábado cualquiera en el Mercadona: Cuando la soledad pesa más que la compra
—¿Señora, va a pagar en efectivo o con tarjeta? —La voz de la cajera me sacudió como un cubo de agua fría. Miré mi monedero, temblando, mientras la cola detrás de mí crecía y los susurros aumentaban.
No era la primera vez que iba al Mercadona de la esquina, pero sí la primera vez que me sentía tan expuesta. Había cogido pan, leche, un poco de jamón cocido y unas manzanas. Nada más. Pero cuando vi el total en la pantalla —17,35 euros— y conté las monedas, supe que no llegaba. Me faltaban dos euros y veinte céntimos.
—Perdón… —musité, intentando no mirar a nadie—. Creo que no tengo suficiente…
La cajera, una chica joven llamada Lucía (lo sé porque lleva la placa con su nombre), suspiró y miró hacia atrás. Un hombre mayor, con barba blanca y cara de pocos amigos, bufó impaciente. Una madre con su hijo pequeño murmuró algo sobre «la gente que viene sin mirar lo que lleva».
Sentí cómo se me encogía el pecho. No era sólo vergüenza; era una tristeza antigua, esa que se instala cuando te das cuenta de que ya no tienes a nadie a quien llamar si necesitas ayuda. Mi hija, Laura, vive en Valencia y apenas me llama. Mi marido, Antonio, murió hace seis años. Desde entonces, mi piso en el barrio de Chamberí es un museo de silencios y fotos antiguas.
—Si quiere, puede dejar algo —dijo Lucía, intentando ser amable.
Miré mis compras: ¿qué podía dejar? ¿El pan? ¿Las manzanas? Todo era necesario. Sentí las lágrimas subir por mi garganta.
—Deje el jamón —dije al final, casi sin voz.
Mientras Lucía retiraba el paquete, escuché a alguien detrás de mí decir:
—Venga, mujer, que tampoco es para tanto…
Me giré y vi a una señora de mi edad, pelo corto teñido de rubio, ojos cansados pero cálidos. Me sonrió y sacó una moneda del bolso.
—Tome, señora. No pasa nada —me dijo—. Hoy por usted, mañana por mí.
Quise negarme, pero no tuve fuerzas. Cogí la moneda con manos temblorosas y murmuré un «gracias» que apenas salió de mis labios. La señora me guiñó un ojo y siguió con su compra.
Salí del supermercado con las bolsas pesando más que nunca. No por el peso físico, sino por la humillación y la sensación de haber cruzado una línea invisible: la de la dependencia.
En la calle, el aire olía a primavera y a coches. Caminé despacio hasta mi portal. Carmen, mi vecina del tercero, estaba sentada en el banco de la entrada fumando un cigarro.
—¿Qué tal las compras, Pilar? —me preguntó.
No supe qué decirle. Dudé un segundo antes de sentarme a su lado.
—Hoy he sentido que ya no soy capaz —le confesé—. Que estoy sola de verdad.
Carmen me miró con ternura y apagó el cigarro.
—No digas tonterías. Estamos solas muchas veces, sí… pero aún nos tenemos unas a otras. ¿Por qué no subes luego a tomar un café?
Asentí, aunque sabía que ese café sería sólo un parche en una herida mucho más profunda.
Subí a casa y dejé las bolsas en la cocina. Me senté en la mesa y miré el móvil: ningún mensaje nuevo. Laura no había llamado en semanas. Pensé en escribirle, pero me dio miedo molestarla. «Está ocupada», me repetí.
Me puse a preparar una tostada cuando sonó el timbre. Era Carmen, con una bandeja de magdalenas caseras.
—He pensado que mejor merendamos juntas —dijo sonriendo—. Así no te comes sola esos pensamientos tristes.
Nos sentamos en el salón y hablamos de todo: de nuestros nietos lejanos, de los precios que suben cada día, de los vecinos nuevos que no saludan nunca. Carmen me contó que también había tenido días como el mío en el supermercado; días en los que sentía que sobraba en el mundo moderno.
—Antes éramos el centro de la familia —dijo ella—. Ahora somos como muebles viejos: útiles sólo cuando hace falta algo.
Reímos amargamente. Pero esa risa compartida alivió algo dentro de mí.
Al caer la tarde, Carmen se despidió con un abrazo fuerte. Me quedé sola otra vez, pero ya no era exactamente igual: había una pequeña llama encendida por esa solidaridad silenciosa entre quienes compartimos la misma soledad.
Esa noche no pude dormir bien. Pensaba en Lucía, la cajera; en la señora que me ayudó; en Carmen; en Laura… ¿En qué momento dejamos de mirar a los mayores como personas y empezamos a verlos como estorbos? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda o aceptar una moneda?
Quizá mañana vuelva al Mercadona y vea a esa señora otra vez. Quizá le devuelva su moneda o simplemente le dé las gracias con una sonrisa más segura.
Pero hoy sólo puedo preguntarme: ¿Cuántos más como yo sienten este peso invisible cada día? ¿Cuándo aprenderemos a mirar más allá de nuestras prisas y ver al ser humano detrás de cada historia?